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¿Alguna vez se ha preguntado de dónde viene el pescado que come? ¿Cómo y dónde lo pescaron? O, ¿si el momento en el que lo hicieron era el adecuado? Puede que no sean preguntas frecuentes, pero las respuestas cobran cada vez más importancia. Aunque Colombia es el segundo país del mundo con mayor riqueza de peces de agua dulce con 1.727 especies, esta riqueza no es inagotable, y enfrenta diferentes presiones como la sobrepesca, la degradación de sus hábitats y la captura de ejemplares de tallas muy pequeñas que no se han reproducido la primera vez.
Estas presiones no son únicas de los ecosistemas de agua dulce. Las áreas marinas también enfrentan algunas amenazas que tienen en riesgo la sostenibilidad de las pesquerías, como menciona un estudio sobre los recursos hidrobiológicos en áreas marinas protegidas del Pacífico de Colombia, publicado en la revista Biota Colombiana en 2023. Entre estas están la contaminación marina, los eventos climáticos extremos como los fenómenos de El Niño y La Niña, y otras consecuencias del cambio climático, como el aumento de la temperatura y el nivel del mar.
El riesgo que representan estas amenazas no es menor. En el mundo, las pesquerías de agua dulce, por ejemplo, proporcionan alimentos a 200 millones de personas y son el sustento para 60 millones, de acuerdo con el informe Peces olvidados en el mundo, del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), publicado en 2021.
En el caso de Colombia, de las más de 1.700 especies de agua dulce, “173 tienen valor económico por ser fuente de alimento, recreación y empleo para millones de compatriotas”, sostiene Saulo Usma, especialista de Agua Dulce de WWF Colombia.
En el río Magdalena, por ejemplo, de las más de 233 especies de peces que se han identificado, 65 son usadas como fuente de alimento directo para los humanos. Pese a ser un lugar estratégico para la seguridad alimentaria del país, sabemos que la producción pesquera en el Magdalena ha venido disminuyendo. Entre 1975 y 2016 pasó de 81.653 toneladas a 26.132, según un estudio del Instituto Humboldt y la Universidad de Antioquia que analizó los peces de esta cuenca.
Las razones son varias, incluida la sobrepesca. En el Magdalena, esta es una actividad tradicional que involucra a más de 30.000 personas, de acuerdo con la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP). Dependiendo de la especie que se quiere capturar, las condiciones ambientales y la época del año, los pescadores modifican su arte de pesca, o en otras palabras, la manera cómo lo hacen.
Esto es importante porque no todos los métodos son sostenibles, y hay unos denominados indiscriminados o destructivos porque capturan individuos sin importar su especie o tamaño, o porque dañan sus hábitats. Entre estos está la pesca con dinamita o explosivos, y la pesca de arrastre que consiste en, justamente, arrastrar gigantescas redes por el fondo marino sin importar las especies que se capturen.
En contraste, hay tipos de pesca sostenible en el que se incluyen las prácticas artesanales a pequeña escala que usan artes de pesca de bajo impacto ambiental, evitando la sobreexplotación de las especies de peces y asegurando una mayor productividad y la conservación de los recursos pesqueros a mediano y largo plazo. “La pesca sostenible mantiene la salud de nuestros humedales y genera ingresos a las comunidades económicamente más vulnerables”, sostiene Usma de WWF.
Entre estas artes se puede mencionar la pesca artesanal que se caracteriza por utilizar métodos tradicionales que capturan solo las especies deseadas y permiten devolver al ecosistema las que no se necesitan. La pesca con palangre, la cual usa una línea principal con anzuelos colocados a diferentes profundidades, lo que permite capturar especies de diferentes tamaños y evita la captura accidental de especies no deseadas, y la pesca con caña acompañada con un anzuelo y cebo, que es el arte más usado en el turismo de pesca, de acuerdo con el especialista de WWF.
No siempre se puede pescar
Además de la manera cómo se hace, el momento también importa. Usma explica que los peces tienen uno o varios períodos en el año donde se reproducen sexualmente. Estas épocas reproductivas se relacionan con los períodos de lluvia que generan inundaciones y permiten que los ríos se conecten con sus lagunas y madreviejas aledañas (humedales formados por antiguos cauces de ríos).
Un buen ejemplo para entenderlo mejor es el bocachico (Prochilodus magdalenae), una de las especies con gran valor económico, por su alto aporte a la pesca comercial y de consumo, y una de las más investigadas del país. Desde que nacen, estos peces pasan el tiempo confinados en los humedales. Cuando llegan las lluvias y estos ecosistemas se conectan con el río, los individuos salen hacia allí y comienzan la “subienda de pescado” buscando parejas para reproducirse. Si se pescan en esta época disminuye la posibilidad de que las poblaciones se renueven naturalmente.
Por esto, en Colombia, y prácticamente en todos los países donde hay actividad pesquera, estos periodos de reproducción se protegen a través de las vedas, una medida en la que se prohíbe la pesca comercial, almacenamiento, transporte y comercialización, una o varias veces al año, de una o varias especies en un territorio específico.
En el caso del bagre rayado (Pseudoplatystoma magdaleniatum), especie endémica de Colombia, este solo se encuentra en la cuenca del Magdalena. En Colombia, está prohibido capturar y comercializar esta especie entre el 1 y el 30 de mayo, y entre el 15 de septiembre y el 15 de octubre. Es decir, tiene dos periodos de veda.
Otras vedas no se centran solo en una especie sino en un ecosistema completo. Por ejemplo, en la Orinoquia actualmente (desde el 6 de abril y hasta el 31 de mayo) está activa la veda para los recursos pesqueros de consumo y ornamental extraídos de las poblaciones naturales en ríos de la Orinoquía, que incluye los departamentos de Arauca, Vichada, Casanare, Meta, Guainía y Guaviare.
Según la Resolución 2663 de 2022, hay una excepción. Su comercialización sólo podrá llevarse a cabo dentro del mismo municipio donde fueron capturados estos recursos, directamente por los pescadores, y únicamente con fines de subsistencia (5 kilogramos diarios máximo).
“En la Orinoquía la pesca es fundamental para el desarrollo de las comunidades. La veda tiene como objetivo la protección de la reproducción de más del 80% de las especies de interés comercial”, explica Carlos Andrés Cuervo Carvajal, ingeniero pesquero de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Económico de la Gobernación del Vichada.
El aporte de los consumidores
Además de la manera en cómo se pesca y el tiempo en el que se hace, hay otro factor a tener en cuenta. Volvamos al ejemplo del bagre rayado: cada pez capturado de esta especie debe medir mínimo 80 cm de longitud estándar, es decir, desde la cabeza hasta donde inicia su cola.
Las especies tienen una medida en la que alcanzan la madurez sexual. Si se capturan peces más pequeños, que todavía no se han reproducido, se reduce la capacidad que tienen las poblaciones para recuperarse. Por esto, tienen una talla mínima de captura (como se puede ver en el gráfico). Esta es una de las pocas maneras que tienen los consumidores para hacer parte de un consumo responsable.
“Actualmente, no es fácil para un consumidor identificar los peces que provienen de los diferentes tipos de pesca. La trazabilidad de nuestros recursos pesqueros es un reto que debemos mejorar para poder apoyar los distintos tipos de pesca sostenible”, menciona Usma, de WWF Colombia.
Por esto, informarse sobre los periodos de veda y averiguar la talla mínima, no solo de los pescados, sino de otros recursos pesqueros como los camarones o las langostas, es clave para apoyar los tipos de pesca que benefician a las comunidades, y que además, aseguran la salud de los ecosistemas acuáticos y las especies que los habitan.
