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Colombia tiene sol, agua y viento en cantidades que muchos países envidiarían. Es uno de los territorios con mayor potencial de generación renovable del continente, con cuencas hidrográficas que han sostenido el sistema eléctrico durante décadas y con un gran potencial por ser desarrollado. Posee además una irradiación solar potente en buena parte del territorio y vientos fuertes en la región caribe por encima del promedio mundial. Aun así, el sector eléctrico enfrenta retrasos en la entrada de nuevos proyectos, que presionan la oferta frente a una demanda creciente; así como una gran incertidumbre regulatoria que, sumada a la deuda estructural con el sector, genera inquietudes en los inversionistas.
Desde Isagen llevamos más de treinta años generando energía renovable, aportando cerca del 20% de la energía anual. Conocemos el entorno para desarrollar un proyecto: años de trabajo, inversión sostenida, relacionamiento sólido e instituciones funcionales y oportunas. Cuando ese entorno se traba (cuellos de botella regulatorios, largos procesos de licenciamiento, señales de política pública cambiantes) los megavatios que el país necesita simplemente no llegan. Y las consecuencias las pagamos todos los colombianos.
La hidroelectricidad con embalse sigue entregando confiabilidad: aporta firmeza cuando las fuentes intermitentes no pueden y puede extender su vida útil por décadas. Complementarla con nueva oferta renovable es la dirección correcta, pero se requiere mayor estabilidad y reglas claras. Los sistemas de almacenamiento de energía abren una nueva frontera y la transformación digital fortalece la competitividad operativa. El sector tiene con qué responder.
Lo que Colombia necesita es que el entorno institucional acompañe ese ritmo. Que las decisiones regulatorias lleguen con la misma urgencia con que llega la demanda. Que los proyectos listos para construirse puedan hacerlo. Los sistemas de almacenamiento de energía, por ejemplo, podrían transformar la forma en que el país gestiona su matriz: suavizan la intermitencia de las renovables, fortalecen la confiabilidad del sistema y abren una nueva frontera de inversión. Pero su desarrollo también depende de señales regulatorias claras. Y ahí está precisamente la paradoja de la abundancia: no hay escasez de recursos naturales, ni de tecnología, ni de capital. Los inversionistas están atentos y dispuestos a apostar por Colombia, pero las señales tienen que ser sostenidas en el tiempo. La inversión llega donde hay reglas estables y voluntad política de cumplirlas. El potencial está, el capital está, las empresas con capacidad técnica y vocación de largo plazo también. La transición energética no puede seguir siendo un horizonte: Colombia tiene todo para convertirla en una agenda concreta de ejecución, y el sistema eléctrico no puede seguir esperando.