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Durante décadas, para María Perpetua Calderón, una mujer campesina de Tumaco (Nariño), el cultivo de coca significó la fuente para alimentar a sus hijos y a su familia. A pesar de representar durante años un ingreso constante, el endurecimiento de las medidas del Estado colombiano contra estas producciones ilícitas después de los años 2000, con programas de erradicación y de fumigación, causó que se encontrara, junto con docenas de familias, sin un sustento fijo.
“A mis hijos y mi marido no les gustaba la idea de cultivar cacao, pero yo les dije, aquí no hay de otra, hay que sembrar, y desde entonces no hemos mirado atrás. La siembra del cacao, un cultivo ancestral para nosotros fue una transformación para nuestras vidas, se convirtió literalmente en paz”, relata Calderón. “Con el tiempo montamos nuestra asociación conformada por 12 personas, entre ellas 9 mujeres, la cual fue contactada por el Programa Rutas PDET, que nos ayudó a continuar e impulsar esta transformación del territorio”.
El caso de Calderón y su familia, ahora productores de cacao, es una prueba de cómo el Programa Rutas PDET está construyendo paz desde las bases. Al brindar oportunidades económicas y sociales a comunidades afectadas por el conflicto armado, este Programa no solo está transformando vidas, sino también los territorios, demostrando que la paz es posible a través del desarrollo sostenible.
Las mujeres han sido protagonistas clave en los procesos de transformación rural. Para reconocer su liderazgo y fortalecer sus capacidades, el Programa, financiado por el Fondo Europeo para la Paz, organizó un intercambio de experiencias en Morelia (Caquetá) del 27 al 28 de agosto. Este evento permitió compartir conocimientos, identificar buenas prácticas y analizar los retos que aún persisten en la búsqueda de una mayor equidad de género en las cadenas de cacao y lácteos.
Estos esfuerzos hacen parte integral del Programa Rutas PDET, una iniciativa implementada por la Red Nacional de Agencias de Desarrollo Local de Colombia (Red Adelco), Conexión - ICCO Cooperación, la Alianza de Bioversity International y el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), con el apoyo de la Agencia de Renovación del Territorio del Gobierno Nacional.
“Después de cuatro años de intervención, lo que queríamos era recoger las experiencias que han tenido las personas a lo largo de la implementación del Programa. En particular, queríamos poner en diálogo y visibilizar cómo esas experiencias productivas de las mujeres beneficiarias les permitieron tener hoy en día capacidades y visiones diferentes a las que tenían antes de participar en este proceso”, relata John Castañera, gerente del Programa Rutas PDET, quien asegura que el éxito de esta iniciativa ha sido darles confianza a las comunidades de su propio desarrollo.
El primer día del encuentro, las mujeres crearon una “mandala del cuidado”, un símbolo que representa la unidad, la armonía y el bienestar. Esta actividad propició una profunda reflexión sobre el autocuidado y la importancia de cuidar de las demás. Las participantes concluyeron que el empoderamiento está estrechamente ligado a la construcción de entornos seguros y de confianza, donde cada mujer pueda desarrollar su potencial y contribuir al bienestar colectivo.
Mary Luz Casamachin, representante de La Ruta del Chocolate, una finca agroturística en Orito (Putumayo), destaca que, si bien se han logrado avances significativos, aún persisten barreras culturales que limitan el empoderamiento de las mujeres. Las tradiciones y costumbres arraigadas en algunas comunidades dificultan la transformación de los roles de género. Como beneficiaria del programa, Casamachin ha sido testigo de estos desafíos y de la importancia de seguir trabajando para lograr una mayor equidad.
El segundo día del encuentro permitió comprender cómo el rol de las mujeres se ha transformado, asumiendo un papel más activo en sus comunidades y en las cadenas productivas. Sin embargo, como señala Mónica Chavarro, profesional de género de la Alianza de Bioversity International y el CIAT, aún persisten desafíos como los estereotipos de género y la sobrecarga de tareas de cuidado. Es necesario seguir trabajando en procesos de concientización y en la construcción de nuevas masculinidades para lograr una distribución más equitativa de las tareas domésticas y garantizar la plena participación de las mujeres.
Estos resultados se dan en medio de un contexto complejo para las zonas rurales en el país, en donde se concentran los sectores más afectados por el conflicto armado. Según cifras del Departamento Nacional de Estadística (DANE), una mujer rural trabaja en promedio 14 horas al día, pero solo recibe remuneración por cinco horas y media. Además, el 93 % de las mujeres rurales realizan actividades de trabajo no remunerado, su tasa de ocupación es apenas del 30,6 % y sus ingresos promedio son un 28,4 % inferiores a los de los hombres rurales.
Por esta razón, dentro de estos enfoques diferenciales del Programa, una de las principales apuestas ha girado en torno al acceso igualitario de las mujeres a las oportunidades; mejorar el empoderamiento económico de las mujeres optimizando sus ingresos y fortalecer la participación de las mujeres y la cualificación de sus liderazgos en escenarios públicos.
El programa empoderó a asociaciones, conformadas mayoritariamente por mujeres, quienes participaron activamente en diversas iniciativas. Desde la comercialización y la innovación de productos hasta la construcción de infraestructura vial, estas mujeres demostraron su capacidad para liderar el desarrollo de sus comunidades.
Para Casamachin, gracias al apoyo del Programa, ha logrado superar uno de sus mayores obstáculos: el miedo. Hoy, La Ruta del Chocolate es un referente demostrando que con determinación y apoyo es posible transformar una comunidad.
“Muchas mujeres, que antes tenían temor a enfrentar nuevos retos o a realizar actividades que antes solo realizaban los hombres, se han dado cuenta de que son capaces de hacer eso y mucho más. Para esto fue fundamental también la comunidad, pues el acompañamiento de seres cercanos es la única forma de ver buenos y constantes resultados en este cambio de mentalidad”.
Por su parte, Luisa Fernanda Amaya, administradora de la empresa Industrias Lácteos La Maporita (Caquetá), vinculada al Programa, explica que uno de los principales impactos del Programa Rutas PDET fue que le dio una suerte de “sacudón” para entender que las industrias colombianas siempre deben estar a la vanguardia del mercado.
“Con los TLC que hay en el país entendimos que tenemos que estar innovando y, también, ser eficientes para no volvernos obsoletos en el mercado”, explica Amaya. “En este proceso el Programa nos ayudó en varios elementos del fortalecimiento de toda la cadena de valor de la leche y el queso, así como en el desarrollo de nuevos productos”.
El Programa ha invertido en el conocimiento de las mujeres como una estrategia para empoderarlas. Luz Dary Renequé, campesina de la vereda Santo Domingo (Nariño), es un testimonio de ello. Gracias a las capacitaciones, aprendió a implementar buenas prácticas agrícolas sostenibles, mejorando la productividad de sus cultivos y fortaleciendo su rol en la comunidad.
“En un viaje que realizamos a Dabeiba (Antioquia) nos enseñaron, en un taller del CIAT que, si una mazorca de cacao se infectaba y no se retira, el 80 % también se podía ver afectados, lo que nos ayudó a mejorar la productividad. Creo que lo más bonito de todo esto es que muchas personas que antes cultivaban cosas ilícitas se pasaron al cacao por su rentabilidad, y eso es algo que nos alegra mucho en el territorio”, cuenta Renequé.
Estas capacitaciones también se han traducido en obras reales. Por ejemplo, este año, en la zona rural de Tumaco (Nariño), se inauguró un nuevo puente que fue construido por un grupo de 28 mujeres y 4 hombres jóvenes que hacen parte del Consejo Comunitario de Alto Mira y Frontera. Esta obra, que ya se encuentra en operación, beneficia a más de dos mil familias con mejores niveles de seguridad, fluidez y bienestar para la comunidad.
“En general, en el Programa Rutas PDET le hemos apostado a la equidad en los territorios, mostrando todas las capacidades que tienen las mujeres. En el caso de la obra, los mismos ingenieros nos contaban como ellas tienen ventajas sobre los hombres al ser más responsables, planificando mejor los recursos y, entre otras cosas, siendo más puntuales con sus turnos. Lo que mostró, ante sus comunidades, su valor agregado en este tipo de proyectos”, explicó Johana Quiñones, coordinadora del Programa Rutas PDET en Tumaco.
Con obras como esta, el Programa espera llegar a una inversión de más de 17 mil millones de pesos en obras de infraestructura, trabajando junto con las comunidades, y lograr su meta de 180 proyectos de mejoramiento vial en el país.
Los obstáculos en el camino
Estos resultados no estuvieron exentos de problemas y obstáculos que se presentaron en el camino. Amaya indica que en el campo del emprendimiento las mujeres aún tienen que abrirse paso en un mundo dominado por los hombres. “De las 19 empresas asociadas en la región, solo 3 son dirigidas por mujeres. Aun así, hay liderazgos femeninos y marcas cuya representación oficial es femenina, por lo que este apoyo no ayuda a tener una mejor participación en este sector”, indica.
Además de esto, los altos niveles de informalidad también representan un reto para el desarrollo productivo de las zonas afectadas históricamente por el conflicto. “El 60 % de la industria láctea está en la informalidad, por lo que sigue siendo un reto saldar esa deuda que el país tiene con la industria láctea del Caquetá, un sector icónico en la producción de la leche y quesos, en la que ganaderos, transportadores y productores, mantienen una cultura que no se detiene ningún día del año”, precisa Amaya.
En contextos de violencia como los de Caquetá, Putumayo y Nariño, los programas de empoderamiento femenino son una herramienta fundamental para la construcción de paz y la transformación social. Según Chavarro, el enfoque de género del programa es clave, ya que no solo busca reducir las brechas de género, sino que también previene la violencia contra las mujeres y fortalece su autonomía. Al empoderar a las mujeres, se contribuye a construir comunidades más justas, equitativas y resilientes.
Ahora, con el cierre de este ciclo del Programa Rutas PDET, los procesos productivos deberán demostrar su autonomía y las soluciones que se tejieron en estos años deben demostrar su viabilidad a largo plazo, pero el legado más importante es el tejido social fortalecido y el empoderamiento de las mujeres. Como señala Luz Dary Renequé, ser parte de este proceso de transformación y contribuir al bienestar de su comunidad es un gran orgullo.
*Contenido realizado en alianza con el Programa Rutas PDET.
