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Opinión: Parientes somos

En la Orinoquía, ser “pariente” también incluye a la naturaleza. Un territorio clave para el país que hoy lucha por conservar su riqueza.

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Sofía Rincón*
10 de julio de 2025 - 09:00 p. m.
La abundancia de la Orinoquía Colombiana se ha venido transformando a un ritmo alarmante. /Julián Manrique para WWF.
La abundancia de la Orinoquía Colombiana se ha venido transformando a un ritmo alarmante. /Julián Manrique para WWF.
Foto: Julián Manrique para WWF.
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Colombia es un país que conecta culturas, especies, ecosistemas, sonidos, personas. Parientes somos más allá de un apellido o lazos de sangre. Parientes somos aún si habitamos territorios distantes o hablamos distinto.

“¡Hola, pariente!” es un saludo que distingue a la Orinoquía, una región de más de 980.000 kilómetros cuadrados, repartidos entre Colombia y Venezuela, unida por la cultura de un territorio vivo. Allí la vida se mueve al ritmo del agua, de los cantos de vaquería y de los pasos silenciosos de jaguares y dantas que atraviesan las sabanas y los bosques.

Sus habitantes son orgullosos de su región. Y con razón. La Orinoquía Colombiana abarca una gran diversidad de ecosistemas: Páramos, bosques altoandinos, piedemonte, sabanas de altillanura e inundables y selvas de transición a la Amazonía. Se caracteriza por su riqueza hídrica, pues allí están el 48% de los humedales continentales y el 32,4% de las reservas de agua del país. Esta enorme diversidad permite a la región proveer agua, alimentos y almacenamiento de carbono, lo que la hace especialmente importante en la lucha contra el cambio climático.

Puede ver: La experiencia de Colombia en el monitoreo de su biodiversidad que será ejemplo en cita internacional

Esa riqueza también está en su gente, comunidades campesinas y llaneras mestizas y afrodescendientes y 17 pueblos indígenas; y en una cultura que hace parte de la identidad de Colombia. No solo su música, bailes y gastronomía hacen parte de lo que nos identifica como nación, sino también sus formas de ser, habitar y producir en el territorio.

Pero la abundancia de la Orinoquía Colombiana se ha venido transformando a un ritmo alarmante. Cada año cerca de 200.000 hectáreas de sabanas y bosques son convertidas en cultivos con sistemas de producción poco sostenibles –algo más que la extensión total del área urbana de Bogotá–. La deforestación y la conversión de las sabanas por la expansión desordenada de la frontera agrícola es la principal causa de pérdida de biodiversidad en la región. (Puede ver: Opinión | Naturaleza y desarrollo no son conceptos excluyentes)

Ante estos retos, desde hace más de dos décadas, las comunidades de la Orinoquía junto a WWF Colombia socios y aliados hemos trabajado promoviendo la conservación y uso sostenible de la Orinoquia Colombiana. Y en los últimos años, juntos, nuestras contribuciones han fortalecido los lazos en esta parte del país, mediante iniciativas como el proyecto GEF “Paisajes Integrados Sostenibles de la Orinoquía” (GEF Orinoquía). Así, logramos la firma de 113 acuerdos voluntarios con productores de la región, sumando a la conectividad de 74.000 hectáreas bajo manejo sostenible en Arauca, Vichada y Casanare. Definimos y adelantamos acciones en los corredores biológicos para el jaguar y la danta, en un área de 67.000 km². También fortalecimos 23 reservas naturales de la sociedad civil y apoyamos el registro de 35 nuevas. Y acompañamos cuatro bionegocios sostenibles —de abejas, cacao y copaiba— que generan ingresos y conservan biodiversidad.

Todo esto, potenciando el conocimiento y capacidades de comunidades indígenas, mujeres, jóvenes y familias desde una mirada intergeneracional. Su trabajo por la naturaleza y su balance entre producir para vivir dignamente y conservar es un ejemplo para el país. Para ellos y nosotros, parientes, contrario a lo que el término evoca en otros lugares de Colombia, no solo son las personas, sino todas las especies y ecosistemas que coexisten en este territorio gigante: Los árboles, los ríos, la danta, el jaguar, las familias y el ganado, las abejas y el cacao, los delfines y los peces. Ser y entender al territorio como un pariente, en el sentido más llanero de la palabra, es una lección de vida que nos deja la Orinoquía.

Porque parientes somos. y como colombianos, tenemos la responsabilidad de cuidar la megadiversidad de un país privilegiado.

*Coordinadora de la Región de la Orinoquía para WWF Colombia

Por Sofía Rincón*

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