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Opinión | Sabana de Bogotá: aguas con memoria, suelos con historia

Lo que está en juego no es solo paisaje, ni siquiera solo agua. Lo que se diluye es una forma de entender el territorio. Una ciudad-región que ignora las contribuciones de la naturaleza a las personas, termina comprometiendo su calidad de vida y su sostenibilidad.

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Omar Ruiz Nieto *
26 de junio de 2025 - 09:00 p. m.
Sabana de Bogotá.
Sabana de Bogotá.
Foto: Instituto Humboldt.
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Cada tanto, la Sabana de Bogotá nos da algo de qué hablar. A veces es un atardecer naranja sobre los cerros, otras son las alertas por inundación o por niveles críticos de agua en los embalses. Pero hay temas más silenciosos, esos que apenas se perciben cuando recorremos la zona periurbana y vemos cómo bosques sucesionales y suelos fértiles desaparecen bajo el concreto, el plástico y el asfalto. Bodegas, centros comerciales, conjuntos con nombres de árboles, invernaderos de flores y vías nos llevan a preguntarnos ¿cómo llegamos aquí? ¿Qué hemos hecho con este fértil, húmedo y biodiverso territorio sabanero?

La Sabana ha sido escenario de profundas transformaciones. Los procesos de deforestación, drenaje de humedales y modificación del cauce de los ríos dibujaron el paisaje para el control del agua y la expansión agropecuaria. Aun así, persistían suelos vivos, ecosistemas interconectados y prácticas agropecuarias que, entre saberes campesinos y adaptaciones, tejían una relación dinámica con la biodiversidad. Ya en el siglo XX, la promesa de modernización llevó al país a convertir esta región en un laboratorio agrícola: se fundaron centros de investigación agropecuaria, se introdujeron variedades mejoradas, pastos africanos, ganado europeo, maquinaria, fertilizantes e invernaderos para flores de exportación. Con esa ola tecnológica llegó también la urbanización acelerada. En el camino, múltiples formas de cultivar se fueron perdiendo, prácticas sostenibles que hoy podríamos necesitar más que nunca. Aun así, persisten relictos de bosque sucesional en cerros y veredas, que no solo resisten la transformación, también guardan la memoria vegetal de lo que fue posible.

Ahora bien, no es por claveles, vacas o apartamentos que nos hayamos olvidado del agua. El problema, quizá, es que dejamos de preguntarnos si las transformaciones de la Sabana son sostenibles. Nos fascinamos con divisas, grandes praderas y altas torres, y dejamos de ver lo que estábamos intercambiando o perdiendo.

Lo que está en juego no es solo paisaje, ni siquiera solo agua. Lo que se diluye es una forma de entender el territorio. Una ciudad-región que ignora las contribuciones de la naturaleza a las personas, termina comprometiendo su calidad de vida y su sostenibilidad. Y aquí es donde la historia ambiental importa. No como una lista de nostalgias, sino como una herramienta para comprender y explicar de dónde venimos y qué hemos dejado atrás. Nos ayuda a entender que los territorios son tejidos de relaciones entre las sociedades y el resto de la naturaleza. Nos recuerda que las aguas tienen memoria, que los suelos tienen historia, y que incluso los bosques en recuperación guardan señales del pasado y oportunidades para el futuro.

Este año el Instituto Humboldt cumple 30 años. Tres décadas en las que el estudio de los paisajes urbano-regionales como el de la Sabana de Bogotá ha sido clave para documentar, entender y hacer visible que la biodiversidad no es solo un tema para expertos, sino una base para tomar decisiones de ciudad y región.

Hoy, cuando todo parece urgente, tal vez podamos parar un momento y preguntar: ¿Qué memorias y saberes del territorio podrían ayudarnos a cuidarlo mejor? Porque el conocimiento no solo se produce, también se cuida, se hereda y se siembra otra vez.

* Instituto Humboldt.

Por Omar Ruiz Nieto *

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