Si siente que concentrarse en algo ahora es más difícil, puede que no sea casualidad. Las ciudades están cada vez más pobladas , y con ello, hay más contaminación, luz artificial, estrés y sobreestimulación, elementos que impactan negativamente nuestra salud y cognición. Amy S McDonnell, investigadora en neurociencia del departamento de Psicología de la Universidad de Utah, en Estados Unidos, lo resume así en un estudio que publicó en la revista Scientific Report: “Estamos obligados a cambiar nuestra atención de una cosa a otra con poco tiempo para recuperarnos”.
Y es que en un contexto donde el 56 % de la población mundial ya vive en zonas urbanas, y donde se espera que en 2050 este porcentaje aumente al 68 %, la urbanización tiene grandes retos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta dinámica se asocia con altas tasas de depresión, ansiedad y problemas de salud mental. Sin mencionar las enfermedades no transmisibles, como las cardiopatías, el asma, el cáncer y la diabetes, que se ven agravadas por condiciones de vida y trabajo poco saludables, la escasez de espacios verdes y la contaminación (tanto acústica como del agua y el suelo).
Parte de la solución para los temas relacionados a la salud, tanto física como mental, está relacionado con uno de los aspectos que menciona la OMS: la necesidad de más espacios verdes, y en general, de más naturaleza en las ciudades.
En los años 80, la pareja de esposos y psicólogos Rachel y Stephen Kaplan, profesores de psicología en la Universidad de Michigan, propusieron la Teoría de la Restauración de la Atención, que básicamente expone que los entornos urbanos bombardean nuestros sentidos, exigiendo constantemente a nuestros sistemas atencionales.
Partiendo de esto, los psicólogos, que se centraron en estudiar la interacción entre el funcionamiento humano y los impactos ambientales, propusieron que pasar tiempo en la naturaleza permite que el cerebro descanse y recupere la atención dirigida. Su teoría dice que ciertas características únicas de la naturaleza —como las nubes, los árboles, el agua y los paisajes— pueden ser restauradoras al reclutar una atención más espontánea e involuntaria.
Para que esto suceda plantearon cuatro requisitos. Primero, el entorno debe ser compatible con los objetivos de la persona que lo experimente, es decir, una persona con miedo a la oscuridad no obtendría esa “tranquilidad” acampando al aire libre en la noche. Segundo, el entorno debe permitir la sensación de estar lejos, ya sea física o mentalmente, de la situación que exige atención y genera estrés. Tercero, el entorno debe tener amplitud. Y cuarto, debe existir cierto nivel de interacción, que Kaplan denomina “fascinación suave”, es decir, que estimule los sentidos de forma ascendente. Por ejemplo, el movimiento lento de las nubes, las puestas de sol y el sonido del agua involucran los sentidos sin esfuerzo.
“Estos cuatro requisitos para la reparación son características de los entornos naturales, lo que permite que la naturaleza sirva como un lugar para descansar y reponer nuestros recursos atencionales”, explica McDonnell, de la U. de Utah, en su estudio publicado en 2024.
Ejercicio verde para la salud
Pero hay otro aspecto que también tiene amplios beneficios: el ejercicio al aire libre o “ejercicio verde”. Este concepto se refiere a la actividad física realizada en entornos naturales, como áreas cubiertas de césped, parques con vegetación o campos deportivos al aire libre. De por sí, la actividad física “consistente y frecuente es una de los principales hábitos o estilos de vida que protegen a las personas frente a enfermedades crónicas, y que permiten disfrutar de una buena salud”, como menciona Laura Rodríguez, docente de la Universidad Industrial de Santander (UIS), quien se ha dedicado a investigar la salud ambiental.
Realizar estas actividades como caminar, trotar o montar bicicleta en entornos naturales, incluso si están dentro de la ciudad, trae mejores beneficios. Una investigación publicada en la revista científica Frontiers in Public Health, analizó 15 estudios que evaluaron los efectos del ejercicio en espacios verdes urbanos sobre los resultados en la salud mental.
La investigación solo se concentró en espacios verdes urbanos, pues consideraban que estas zonas se ajustan más a las rutinas diarias de los residentes de las ciudades.
Sus resultados mostraron un efecto positivo del ejercicio en estas áreas sobre la salud mental de los adultos. La actividad de baja intensidad en zonas verdes, en sesiones de 20 a 60 minutos, una o dos veces por semana, puede producir mejoras significativas en la salud mental. “Las intervenciones con tres o más sesiones por semana, cada una de 20 minutos aproximadamente, también produjeron mejoras”, señalan los autores.
Según este estudio, el ejercicio en espacios verdes urbanos mejora la salud mental por dos aspectos principalmente. Por un lado, la actividad física por sí sola ayuda a liberar endorfinas, lo cual reduce el estrés y genera sensación de bienestar, mejora la calidad del sueño y ayuda al equilibrio del ritmo circadiano. Esto también puede ocurrir si se hace ejercicio en un lugar cerrado, como un gimnasio.
Pero, la naturaleza, al brindar los beneficios que explicaba Rachel y Stephen Kaplan, como reducir la fatiga mental, y disminuir el estrés de forma “pasiva”, es decir, sin esfuerzo consciente, ayuda a potenciar los beneficios propios del ejercicio. De esta manera, la actividad física activa procesos fisiológicos y la naturaleza reduce la sobrecarga cognitiva y el estrés, haciendo una especie de trabajo en equipo que como resultado acelera la recuperación mental, mejora más la atención y reduce de mejor manera el estrés.
Espacios verdes para un mejor rendimiento académico
Todos estos beneficios también se pueden reflejar en el ámbito académico. Hace unas semanas, la revista Frontiers in Psychology, una de las más grandes y citadas en el campo de la psicología, publicó un estudio en el que un grupo de investigadores analizó la relación entre el ejercicio al aire libre, la conexión con la naturaleza y el agotamiento académico entre estudiantes de diez universidad de China.
Según los autores, la investigación sobre el ejercicio en contacto con la naturaleza se ha centrado principalmente en resultados como el estado de ánimo general, el estrés o la ansiedad, mientras que su asociación específica con el agotamiento académico no se había investigado a fondo.
“Los estudiantes que experimentan agotamiento académico a menudo se sienten exhaustos, pierden interés en sus cursos y cuestionan su capacidad para tener éxito académico. Este agotamiento no solo perjudica el bienestar emocional de los estudiantes, sino que también se asocia con un menor rendimiento académico, un mayor ausentismo y un mayor riesgo de abandono escolar”, mencionan los autores del estudio.
Su investigación indica que el ejercicio en contacto con la naturaleza es un factor protector eficaz contra el agotamiento académico. Dentro de los marcos de reducción del estrés, el ejercicio promueve la recuperación emocional al mejorar la regulación fisiológica, el sueño y ayuda a las personas a desconectarse psicológicamente de los factores estresantes.
“Estos hallazgos resaltan la importancia de integrar oportunidades para la actividad física al aire libre y la interacción con la naturaleza en la vida estudiantil y el diseño del campus”, señala el estudio.
Esta recomendación coincide con las de Paula Rodríguez, especialista en ciudades, clima y biodiversidad de WWF Colombia, para el caso del diseño urbano. Desde su punto de vista, una ciudad bien planificada “incide en la salud mental, al ofrecer condiciones que invitan a caminar, montar en bicicleta y hacer actividad física; y, en consecuencia, mejora la salud física”.
Todas estas estrategias que se han planteado cobran más sentido si se tiene en cuenta que más de mil millones de personas en el mundo padecen trastornos de salud mental. De hecho, esta es la segunda causa de discapacidad prolongada. Las enfermedades no transmisibles como las cardiovasculopatías, el cáncer y la diabetes también generan alerta y están relacionadas con la falta de actividad física.
“Las ciudades deben brindar a los habitantes condiciones habilitantes para animarlos a caminar y hacer actividad física. Si solo hay vías para carros, hacer ejercicio resulta peligroso al inhalar la contaminación que generan carros, motos y buses. Es necesario que la ciudad cuente con áreas verdes conectadas con infraestructura”, agrega Rodríguez, de WWF.
Diferentes estudios han recomendado priorizar el diseño urbano adaptado al calor, una de las principales amenazas para el ejercicio al aire libre. Esto implica ampliar las redes de sombra conectadas, integrar elementos acuáticos y garantizar el acceso a espacios públicos asequibles y protegidos del clima para la actividad física, es decir, más espacios verdes.