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En las últimas semanas, las imágenes de incendios se han vuelto más frecuentes. En España, por ejemplo, en lo que va del año se han quemado más de 265 mil hectáreas (un área más grande que la del departamento de Quindío), en Francia, más de 93.000, y en Canadá la situación ha sido más crítica: más de 4 millones de hectáreas afectadas, según Recursos Naturales de Canadá, el ministerio encargado de esta área.
En Colombia también se han empezado a reportar incendios. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) informó que entre el 16 de junio y el 6 de agosto de este año se han registrado 438 incendios forestales en 191 municipios de 19 departamentos, con una afectación aproximada de 7.153 hectáreas de cobertura vegetal.
La mayoría de los incendios se han concentrado en Tolima, con 140 eventos, seguido de Cundinamarca, con 89, y Valle del Cauca, con 43.
Lo más probable es que sigan ocurriendo. Actualmente hay 554 municipios con algún nivel de alerta por incendios. De estos, 181 municipios se encuentran en alerta roja, especialmente en Tolima, Nariño y Cundinamarca, según el informe más reciente del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam).
Esta situación responde, en gran parte, a los efectos del fenómeno de El Niño, que, de acuerdo con los monitoreos científicos, se está consolidando en la región. Según el Ideam, la probabilidad de que se trate de un fenómeno “muy fuerte” ya se encuentra en 81 %, lo que favorece las condiciones de sequías e incendios en el país.
El primer problema: el humo
Cuando ocurren estos eventos, uno de los principales problemas es el humo que se genera. La quema del material vegetal libera una mezcla de gases y partículas. Entre ellas las PM2.5, pequeñas partículas mucho más finas que un grano de arena, capaces de penetrar profundamente en los pulmones e incluso llegar al torrente sanguíneo.
“Las partículas pequeñas, de menos de 10 micrómetros de diámetro, son las que presentan mayores problemas”, afirma la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos. La exposición a dichas partículas puede afectar tanto a los pulmones como al corazón. Numerosos estudios científicos han relacionado la exposición a la contaminación por partículas con diversos problemas, como la muerte prematura en personas con enfermedades cardíacas o pulmonares, ataques cardíacos no mortales, arritmia, asma agravada o disminución de la función pulmonar.
Un estudio publicado en la revista científica Communications Earth & Environment, de Nature, en 2023, señala que los incendios son responsables del 90 % de las emisiones globales de PM2.5, y que, en el caso de la Amazonía brasileña, pueden dispersarse hasta 500 km desde el lugar del incendio durante un año.
Justo esta es una de las zonas más afectadas por los incendios forestales. Un análisis del Programa de Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP, por sus siglas en inglés) señala que en 2024 se quemaron 2.8 millones de hectáreas de bosques tropicales amazónicos. Por lo menos el 95% de los incendios se produjeron en dos países: Brasil y Bolivia.
Por esta razón, los investigadores del estudio de 2023 decidieron analizar durante una década (entre 2010 7 2019) los incendios registrados en los 772 municipios que conforman la Amazonía brasileña y que cubren el 58 % del territorio nacional y estimaron la cantidad de PM2.5 que liberaron a la atmósfera.
El estudio encontró que las partículas generadas por los incendios podían desplazarse hasta 500 kilómetros desde el lugar donde se originó el fuego durante un año. Dentro de esa zona de influencia, los investigadores estimaron una acumulación promedio de 889.882 microgramos de PM2.5, según los datos analizados entre 2010 y 2019.
El problema de fondo: la pérdida de bosque
Esa acumulación de contaminantes no es el único problema de los incendios. Estos eventos dejan otro problema de fondo: la pérdida de bosque. Y ahí comienza un círculo vicioso: el fuego libera partículas a la atmósfera, pero al mismo tiempo destruye la vegetación que puede ayudar a retenerlas.
Las hojas, ramas y otras superficies de los bosques pueden actuar como una especie de filtro natural. Las partículas suspendidas en el aire entran en contacto con ellas y se depositan sobre su superficie, contribuyendo así a la regulación de la contaminación.
En el caso de la Amazonía brasileña, los investigadores señalan que la selva amazónica de Brasil tiene la capacidad de absorber 26.376 toneladas de PM2.5 por año. El 27 % de esta capacidad de absorción se concentra en los territorios indígenas.
La capacidad mejora en los municipios con mayor superficie forestal y menor fragmentación, y se traduce en menos enfermedades respiratorias cardiovasculares cada año, y ahorros en costos de salud.
Durante 2010 y 2019, en la región se registraron casi 1,5 millones de casos de enfermedades respiratorias y cardiovasculares e infecciones relacionadas con incendios forestales. Solo en los territorios indígenas de la región se notificaron 168.663 casos, es decir, 227 por cada 100.000 habitantes.
“Nuestro modelo también indicó que por cada aumento de 1 kg de PM2.5, se notificaron 21 nuevas enfermedades e infecciones en toda la Amazonía brasileña y dos nuevas enfermedades e infecciones en los territorios indígenas”, se lee en el documento.
Además, señalan que deforestar el 1% de las áreas forestales en cada municipio podría generar 82 nuevas enfermedades e infecciones. Por esto, sugieren que, si se protegen los territorios indígenas de la Amazonía en Brasil, se pueden evitar más de 15 millones de casos respiratorios y cardiovasculares cada año.
Eso también se traduce en dinero ahorrado. Según los autores, el costo promedio por hospitalización y tratamiento para cada caso es de USD 132,28 (aproximadamente COP 414.000). “Esto significa que por cada kilogramo adicional de PM2.5 liberado a la atmósfera, existe un costo estimado de $2.777 USD cada año (más de COP 8 millones)”, señalan los investigadores, quienes revisaron los datos del Ministerio de Salud de Brasil para hacer las estimaciones.
En otras palabras, al mantener la protección de estos territorios, se podrían absorber 700.000 kg de PM2,5 cada año, con un ahorro de aproximadamente 2.000 millones de dólares estadounidenses solo en costos de salud.
Riesgos en la Amazonía
Aunque estas advertencias no son nuevas, cobran especial relevancia ante las condiciones que enfrenta actualmente la Amazonía. Los expertos advierten que el actual fenómeno de El Niño podría tener consecuencias más severas que las del anterior evento entre 2023 y 2024, cuando se perdieron las 2.8 millones de hectáreas de bosques tropicales amazónicos que señala el Programa de Monitoreo de la Amazonía Andina.
Hace unas semanas, Dolors Armenteras, investigadora del Instituto de Ciencias Forestales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, advertía que podríamos ver impactos del mismo orden o peores que los de 2024, sobre todo en el arco sur y suroriente de la Amazonía y “en las zonas de frontera agropecuaria de toda la cuenca, donde la combinación de deforestación reciente, degradación y (mal) uso del fuego amplifica la respuesta climática”, le dijo a El Espectador.
Sobre los incendios, puntualmente, explicó que se deben a una serie de efectos en cadena, pues, al haber temperaturas por encima de lo normal, hay menos humedad en el suelo y se facilitan las condiciones para el fuego.
“Los bosques húmedos tropicales no evolucionaron con la presencia permanente del fuego, como puede ser el caso en otros ecosistemas. Por eso carecen de rasgos funcionales para tolerarlo y basta una sequía severa para que pasen de ser no inflamables a altamente inflamables”, añadió Armenteras. Los árboles de la Amazonía dejan caer grandes cantidades de materia orgánica al suelo y que, al secarse, puede terminar volviéndose combustible.
Por esto, las recomendaciones de las autoridades para la comunidad en general, los turistas y caminantes, que visiten no solo la Amazonía sino otras regiones del país, apagar debidamente las fogatas y no dejar residuos tipo vidrio que sirvan como elementos concentradores de la radiación solar e igualmente reportar a las autoridades en caso de ocurrencia de incendios.
A los consejos departamentales y municipales, las autoridades ambientales regionales y locales, les piden mantener activos los planes de prevención y atención de incendios con el fin de evitar la ocurrencia y propagación de los mismos especialmente en áreas de reserva forestal y los Parques Nacionales Naturales.