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En el siguiente artículo Posada nos presenta sus conclusiones de las conversaciones, las cuales pueden consultar en las 8 conferencias en el YouTube de banrecultural>>>
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Sé lo que dicen todos los ríos. Tienen el mismo idioma que yo tengo. En las tierras salvajes el Orinoco me habla y entiendo, entiendo historias que no puedo repetir. Hay secretos míos que el río se ha llevado, y lo que me pidió lo voy cumpliendo poco a poco en la Tierra.
Pablo Neruda
Desde el aire, un río aparece como un trazo indistinto, casi insignificante. Pero sobre el terreno, el caudal, no importa su extensión o anchura, se convierte en un imán irresistible. Un imán que a lo largo de la historia humana ha impulsado toda clase de preguntas y conjeturas, filosofías y religiones, paradojas, literatura, y naturalmente, investigaciones científicas.
¿Qué tienen los ríos para desplegar ante nosotros semejante poder totémico? Quizás es porque su eterno fluir los convierte en entidades tan misteriosas como subyugantes. De hecho, para las culturas antiguas, los afluentes no eran necesariamente rasgos geográficos sino divinidades. Y puesto que un río siempre se está moviendo, nunca será, como decía Heráclito, el mismo río. La hermosa alegoría le sirvió al filósofo para proponer que nada en el cosmos material es estático, y que en el universo las cosas son lo que son porque son fluidas… algo que los físicos de partículas habrían de comprobar siglos después.
Tampoco es una sorpresa que los fundadores de religiones o nuevas ciudades se encuentren en o junto a los ríos. O que las teorías del psicoterapeuta Carl Jung relacionen a los ríos con el inconsciente. En otras palabras, los caudales de agua son terreno fértil en todo sentido: en geografía, en sicología, en religión, en ciencia, en historia, en filosofía. Y por eso me gustó tanto haber tenido la oportunidad de conversar con las ocho mentes brillantes que componen esta serie de la Subgerencia Cultural del Banco de la República, apropiadamente titulada El río: territorios posibles.
Nos tomó varios meses de conocernos, cuadrar las entrevistas, hacer investigación sobre cada invitado e invitada, y finalmente, conversar por videollamada. A lo largo del proceso descubrí expertos sencillos y sensibles, y la química fluyó como los mismos afluentes sobre los cuales conversamos. Desde el nacimiento y desembocadura del Magdalena, hasta las aguas salvajes de la Orinoquia o la fascinante historia social del Atrato, creo que tenemos una serie de conversaciones sólidas, amenas y altamente educativas, por no añadir emotivas.
La primera charla la sostuve con el carismático antropólogo cultural canadiense-colombiano Wade Davis. Como tantos de nosotros, cuenta, Davis le había dado la espalda al Magdalena. Durante sus visitas a Colombia viajaba por todo el país cruzando el río, sin dedicarle un solo pensamiento, tomarle una foto o apenas si mencionarlo en otros escritos. Pero entonces aceptó una comisión para escribir un artículo sobre el icónico Magdalena, y eso lo cambió todo. “Fue cuando entendí que la historia de Colombia es la historia del Magdalena”.
Este caudal color melcocha no solo es fuente de comercio y poemas, música, plegarias o literatura, dice. También es el medio por el cual Colombia existe como nación. “La nación fue un regalo para el río, y el río es un símbolo del país”. Así, en cinco posteriores años de viajes por el Magdalena, Davis acumuló historias que le fueron contadas por la gente que vive y convive con el río, “y la hebra común que hallé es que para todas esas personas la esencia de lo que somos es el río. Y que para limpiar nuestras almas debemos limpiar el río. En mi mente, eso es un muy poderoso símbolo de esperanza”.
¿Cómo lograr que los colombianos pensemos en el Magdalena como los egipcios piensan en su Nilo, por ejemplo? El Magdalena es nuestro Nilo. Nuestra espina dorsal. Un dador de vida y de historia; debería ser un río sagrado, mimado y amado con conocimiento de causa. “Los indígenas piensan en el agua como en una esencia sagrada en la que bautizamos a los niños, pero en tantos lugares la hemos convertido en una letrina”, reflexiona Davis. La buena noticia es que los ríos, como los niños enfermos, tienen un gran poder de recuperación. Sólo hay que ver ejemplos como el Hudson o el Támesis, este último un caudal que anteriormente fuera declarado como biológicamente muerto y sin oxígeno, y que ahora tiene 125 especies de criaturas nadando bajo sus puentes.
“Limpiar el río Bogotá es una de las claves para limpiar el Magdalena. Y limpiar el Magdalena es limpiar el alma del país”.
Pero si el Magdalena es el alma de Colombia, sus riñones y pulmones son las cuencas de la Orinoquía y la Amazonía, donde la compleja telaraña de venas y alvéolos nutre a las selvas gigantes como sangre bendita. Con el ecólogo y biólogo marino Fernando Trujillo conversamos largamente sobre los espectaculares delfines que se adaptaron hace dos millones de años a vivir en esas aguas turbias y poderosas.
“Desde que Jacques Cousteau me dijera que nadie en Colombia estaba estudiando delfines de río, quedé condenado a que mi vida se transformara en un proyecto para conservar los ríos, a través de los delfines”, dice. Entonces los indígenas le decían “omacha” y se reían: «nosotros creemos que usted es un delfín que se volvió gente, para ayudar a los delfines». “Fue muy bonito que pensaran eso porque cuando establecí la Fundación Omacha, lo hice con el concepto de que nuestra misión es ponernos en la piel de una especie para hacer algo por ella”.
En ese sentido, las dos especies de delfines que existen en Amazonas y Orinoco son los embajadores de estos ecosistemas. Así, Omacha y sus socios han recorrido 47,000 km de ríos en seis países, habiendo entrenado más de 400 personas, incluyendo científicos, indígenas, guardaparques, funcionarios de gobierno, etc. Y ahora tienen un diagnóstico del estado de estos cauces. No es un diagnóstico bonito.
“Algo está pasando”, dice Trujillo. “Se están deteriorando los ríos de una manera impresionante. Hace dos años se disparó la alarma, y ambas especies de delfines están en categoría peligro. Porque hay más de 40 millones de personas viviendo en la Amazonía, de los cuales solo 3.5 son indígenas. Las tasas de deforestación, los incendios, la sobrepesca, la minería: por todas estas causas estamos perdiendo no solo a los delfines, sino a los grandes bagres, el pirarucu y otras magníficas criaturas., La situación es crítica”.
Y advierte: “el Ganges es un espejo para el futuro del Amazonas o el Orinoco. Es un río super impactado, con millones de personas en sus orillas. El Yangtze en China, lo mismo. Estamos perdiendo la vida en los grandes ríos. Y aunque en Suramérica todavía existe la esperanza de poder mantener la integridad de nuestros ríos, las amenazas son gigantescas”. Eso incluye la sombra negra de la minería ilegal del oro y su derroche de mercurio.
En el otro extremo de Colombia, a orillas del río Atrato, en el Chocó, la lideresa comunitaria Ana Luisa Ramírez sabe lo que es vivir bajo esa sombra. “En la parte alta del Atrato ejercen la minería y eso nos afecta mucho a las mujeres: cuando nos bañamos sentimos picazón en nuestras partes íntimas, y es por todo eso que hay disuelto en el agua”, dice. “Además, el pescado ya no abunda. ¿De qué nos sirve el oro si nosotros no comemos eso?”
Su mirada como mujer es importante: “las mujeres vemos al río de forma distinta al hombre. Yo voy a diario a él a lavar los platos y limpiarme y me encuentro con mis vecinas y hablamos de todos los problemas que tenemos”. Pero sus logros como líder, lo son aún más: “en 2016 logramos que declararan al Atrato como Sujeto de Derecho, porque ese río es como una persona. Pero, aunque agradecemos esa herramienta legal, queremos que el gobierno entienda que quienes vivimos a orillas de Atrato merecemos una vida digna. Es que ni siquiera contamos con un acueducto”.
Al igual que todos los entrevistados en esta serie, Ramírez también entiende la importancia de las historias para guardar la memoria de su río, y está recopilando valiosas experiencias tanto dolorosas como simpáticas de lo que les ha sucedido a otras personas a orillas del hermoso Atrato.
Otro que cuenta historias es el simpático artista plástico Alberto Baraya, aunque lo hace de forma radicalmente diferente. Con exquisita ironía, Baraya se describe a sí mismo como un “naturalista artificial”. Un naturalista que anda por el mundo, no recogiendo muestras de plantas reales al mejor estilo de Humboldt o Mutis, sino coleccionando todas esas flores de eternos colores, hojas de plástico tieso siempreverde o pétalos de tela “made in China”. En su extenso “Herbario de plantas artificiales” hay miles de plantas montadas sobre cartones y papeles, cada una de sus partes descritas como si se tratara de las láminas de botánica de siglos pasados.
“Es un reto. Una provocación”, explica Baraya. “Con esas plantas, no me queda más sino evidenciar que hay copias de la realidad. Lo que es real pero no es real. Están diseñadas para engañar nuestra visión de la naturaleza. Porque el arte, después de todo, es una interpretación de la realidad. Me interesa ese galimatías de cuál es la realidad y dónde está”.
Para el libro Río Magdalena, territorios posibles, el artista creó varias bellas ilustraciones que muestran su gran sentido del humor y de lo realista. Cosas al principio incongruentes como un auto Mercedes Benz sobre un primitivo ferry que transporta vacas. “Creo que el río son muchas culturas y yo soy una de ellas. Y que el papel del artista frente al Magdalena, por ejemplo, debe reflejar la situación social de Colombia, pero al mismo tiempo construir apropiación: decir ‘yo también soy río’”.
Mi quinta conversación me arrancó del arte y me regresó a la ciencia, llevándome hasta la desembocadura del Magdalena. Esta vez, mi guía fue el doctor en ciencias del mar y profesor de la Universidad del Norte Juan Camilo Restrepo.
Bauticé a Restrepo como “el vaquero de Bocas de Ceniza”: él y su equipo de osados --y a veces mareados-- estudiantes cabalgan rutinariamente sobre las olas más altas y locas que se crean en cualquier desembocadura del mundo. En efecto, el intimidante chorro final de nuestro Magdalena es como una descomunal manguera a presión. Esas aguas descargan en el mar Caribe toda la personalidad de Colombia. Son una radiografía antropológica y cultural del país; el reflejo de todo lo que hacemos, para bien o para mal. “Entre los sedimentos que nos llegan uno ve cosas lamentables, plásticos, basura de toda clase, colchones, muebles, chancletas. El río no distingue: transporta todo lo que le llega”.
Gracias a las investigaciones de Restrepo, el Magdalena comienza a hablar. Habla de la deforestación rampante que hay cauce arriba. Y de lo que eso significa para todos nosotros: “la gente piensa en la deforestación en términos de biodiversidad y otras cosas, pero lo que pocos saben es que la deforestación está acabando con el oxígeno del agua, no solo del aire. La biodiversidad es solo la punta del témpano”.
Gracias a Restrepo, el Magdalena es parte de un importante proyecto mundial llamado Global Rivers Observatory, el cual usa datos de los grandes ríos del mundo para saber cuál es su capacidad para lidiar con el cambio climático.
Esta capacidad se refleja, entre otras cosas, en lo que sucede con los habitantes más conspicuos de un río, es decir, los peces. Y es aquí donde entra a jugar un papel Luz Fernanda Jiménez, vicerrectora de investigaciones de la Universidad de Antioquia. Le pregunto cómo estamos en Colombia en cuanto a peces de agua dulce. Y responde “estamos bien y estamos mal. Somos el segundo país en riqueza de especies a nivel global, por nuestra geología y clima. Por ejemplo, más del 60% de las especies del Magdalena son endémicas, es decir que no existen en ninguna otra parte. Pero a la vez tenemos una gran responsabilidad en protegerlos. Y eso es lo que está mal porque los humanos somos una especie terrestre y no alcanzamos a comprender el daño que les estamos haciendo a los ambientes acuáticos”.
Si no usáramos a los peces como comida, no tendríamos ni idea qué sucede bajo la superficie de cualquier tío. Algo así como ‘Ojos que no ven, corazón que no siente’. La charla con la vicerrectora fue muy educativa; entre otras cosas, explica cómo se cuentan los peces hoy en día, y cuál es ese intenso detrás de cámaras del trabajo de campo. También habló del impacto de los embalses y represas hidroeléctricas en los peces y los ríos, y las interesantes diferencias entre los peces según la altitud a la que se encuentren.
Conversamos a calzón quitado de pesca deportiva, la trucha como pez no nativo de nuestros ríos, y el horror de las bolsas plásticas acumuladas en las playas cercanas a los estuarios. “Un mensaje que me gustaría dar es que no tenemos que esperar a conocerlo todo para poder cambiar nuestras costumbres. Si no cambiamos nuestras actitudes ante los ríos y las ciénagas, estos ecosistemas van a verse modificados de tal manera, que nos van a afectar profundamente”.
El amor por los ríos de Carlos Lasso, investigador senior del Instituto Humboldt, donde lidera el programa de conservación y biodiversidad, también comenzó con los peces. Solo que a él le atrajeron las profundidades --aun inexploradas de los ríos--, especialmente la del gran Orinoco, que en algunos tramos alcanza 60 metros de profundidad. Son zonas permanentemente oscuras donde viven animales fantásticamente especializados.
“Me gusta indagar estos ecosistemas desconocidos, crípticos”, dice Lasso. “Y no solo los ríos, sino cosas como los humedales de las cavernas, porque son lugares donde habitan los extremófilos. Su área de estudio durante los últimos dos años va desde Puerto Carreño, en el Vichada colombiano, hasta Puerto Ayacucho, en Venezuela. “Aquí el Orinoco comienza a formar una planicie de inundación en medio de las rocas del escudo guyanés. No solo hay peces sino moluscos, crustáceos, esponjas y un nuevo hallazgo, gusanos poliquetos, que tradicionalmente son de mar. Pero hay que destacar los peces cuchillo o eléctricos, de la familia del temblón, que desarrollaron un sistema de comunicación a través de la generación de campos eléctricos, como hace un tiburón con sus sistemas sensoriales”.
Hay mucho por trabajar, añade Lasso. Desde el punto de vista de los peces la cuenca que está mejor estudiada en el país es la del Madalena-Cauca. La Amazonía y la Orinoquía son las menos conocidas, junto con el Pacífico. “Y no hay que olvidar las lagunas altoandinas. Su mensaje: ver los ríos desde una visión no solo científica sino más amplia, colaborativa, como una red de inclusividad. Y claro, aprender de los indígenas.
Para una visión amplia y que mezcla en arte con la ciencia, conviene terminar este gran resumen de la serie El río: territorios posibles con la charla que sostuvimos con Ignacio Piedrahita. Eso, porque Piedrahita es geólogo y escritor. También tiene alma de filósofo. Y sus puntos de vista son fascinantes:
Geológicamente hablando, explica, un río nunca se sobrecarga: es decir, el agua transporta lo que puede, en la medida de la fuerza que tenga, desde un grano de arena, hasta un colchón --como bien atestigua Juan Camilo Restrepo. “Es decir, que para ser feliz, como dijo Demócrito, simplemente carga con lo que puedes. Esa es una gran lección que nos dan los ríos. He aquí otra lección: el río existe como individualidad general, pero no con sus partes. Y eso nos habla de la humanidad: la humanidad es un río, pero cada uno de nosotros no debería tener tanto protagonismo. Lo importante es que, como el río, la humanidad logre ese cometido de hacer un mundo mejor”.
Pregunto si puede la literatura salvar un rio. “Sí. Definitivamente. El Escamandro, en la literatura griega, se salvó por eso. Nosotros podemos hacer lo mismo con nuestros ríos, a través de los relatos. Podemos, y necesitamos hacer que Colombia se enamore de sus ríos. Crear una serie de relatos que tengan como espina dorsal al Magdalena, por ejemplo. Entender que nos une geográficamente de una manera insospechada, y que no lo tenemos claro. Colombia está poblada en su gran mayoría en la zona andina. Las ciudades de Colombia reciben agua de sus afluentes. Más que una montaña, la espina dorsal de Colombia es un río”.
Piedrahita termina con una linda verdad geológica: “río, rivera, rivales, son palabras con el mismo origen. Somos rivales porque estamos en riveras diferentes. Pero cuando ese cauce cambia, uno puede encontrar con que los que estaban en orillas opuestas, los que eran rivales, están ahora en la misma orilla. Hay que aprender a vivir en esa misma orilla. Eso es lo que tiene que hacer Colombia: la oposición es importante, pero hay que aprender a vivir en una serie de matices cuando estamos en una misma orilla”.
Tanto que nos dan los ríos, tan poco que les devolvemos. Si para proteger algo hay que quererlo primero, para protegerlo hay que conocerlo antes. Estas ocho personas nos están dando a conocer los ríos de Colombia como nunca antes, a través de los sentidos, el intelecto y el corazón. Quizás, como decía Sócrates, hay sabiduría en pensar en el río como algo divino. Algo hosco, indómito y maravillosamente ingobernable, con alma líquida y corazón de arena. Algo que debemos proteger a toda costa porque si su vida depende de nosotros, la nuestra también depende de la suya.
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