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Colombia es, en teoría, un país rico en agua: el sexto del mundo con mayores reservas de agua dulce. Pero esa afirmación, repetida sin contexto, construye una ilusión peligrosa. Nos hace creer que el agua sobra, cuando en realidad lo que abunda es la desigualdad en su distribución y la falta de preparación para convivir con ella.
El promedio anual oculta una realidad mucho más incómoda: el agua en Colombia no está donde ni cuando se necesita. Colombia no vive un flujo constante, sino un vaivén marcado por abundancia y escasez. Hay temporadas en las que el invierno desborda ríos y anega municipios enteros, como ocurrió a inicios de este año con el río Sinú; y otras en las que, en ciudades como Bogotá, la sequía restringe el acceso al agua potable, dejando al descubierto la fragilidad de nuestros sistemas de abastecimiento y afectando con mayor fuerza a las comunidades más vulnerables.
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Esa oscilación no es una anomalía pasajera, es parte de nuestra realidad hidroclimatológica. Es decir, no es la excepción, es la regla que hemos decidido ignorar. Mientras celebramos la abundancia en los rankings, seguimos reaccionando en lugar de anticiparnos: Atendemos emergencias cuando abunda el agua y cuando falta, pero ¿qué tanto hemos anticipado y planificado para impedir que ambas realidades deriven en crisis?
El desafío no es de cantidad, sino de gestión y planificación. La riqueza hídrica, sin infraestructura adecuada, gobernanza efectiva y planeación de largo plazo, se convierte en vulnerabilidad. Se pierde, se desperdicia, se vuelve riesgo. Adaptarnos implica invertir en almacenamiento, fortalecer sistemas de distribución resilientes, proteger las cuencas y usar mejor la información climática. Pero, sobre todo, implica romper con una inercia peligrosa: la de un país que solo actúa cuando la crisis ya llegó.
Si no logramos desacoplar el ciclo de la emergencia del ciclo de la lluvia, seguiremos anclados en la paradoja de ser un país anfibio que, aun rodeado de agua, vive entre la sed y el desbordamiento.
(Lea Yuvelis Morales, la colombiana que ganó el Premio Goldman)
Es imposible ignorar lo que pasa en las costas de Colombia. Ciudades como Barranquilla, Cartagena y Santa Marta crecieron frente al mar sin asumir lo que implica convivir con él. Durante décadas construimos como si el mar fuera un adorno y la línea de costa un trazo fijo, no un límite vivo que se mueve.
En el Caribe, ese error está a la vista: hoteles y barrios sobre antiguas lagunas, carreteras trazadas sobre manglares talados como basura. Pero esos ecosistemas no eran decorativos: el manglar no era paisaje, era escudo; la laguna era esponja natural. Al eliminarlos, no ganamos tierra: perdimos protección. Y cuando el agua vuelve (porque siempre vuelve) lo leemos como un desastre, no como una consecuencia.
El cambio climático no creó el problema, solo lo agravó. Los eventos extremos nos generan mares de leva, erosión acelerada, infraestructuras que ceden una y otra vez. Cartagena lo ilustra bien: la vía al aeropuerto se deteriora, se repara y vuelve a fallar.
Cada vez que el agua salada invade barrios, inunda calles o rompe una carretera, la reacción es la misma: ayudas rápidas, costales de arena, dragado, muros de emergencia. Pasa la crisis y todo sigue igual, hasta la próxima. Casi nadie se pregunta si tiene sentido reconstruir donde el mar ya advirtió que no. Hablar de reubicar barrios, devolver manglares o cambiar la forma de crecer junto al agua sigue siendo políticamente incómodo.
La paradoja es evidente: Colombia tiene dos océanos y una extensa línea de costa, pero planifica como si el mar fuera un visitante ocasional. Nuestros planes urbanos siguen anclados en el clima de hace décadas, como si el nivel del mar no subiera y los huracanes siguieran siendo raros. El agua nos habla desde el páramo hasta la desembocadura, pero no queremos escucharla. Planificamos sin tenerla en cuenta y reaccionamos tarde. En las costas, justo donde la tierra termina y el mar comienza, esa derrota avanza en silencio. Así es difícil sostener que, en la práctica, estamos entendiendo los límites del territorio que habitamos.
*Instituto de Ambiente de Estocolmo
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