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Descubren en Galápagos un pequeño pulpo que vive a casi 1.800 metros de profundidad

Un equipo de científicos de la Fundación Charles Darwin anunció el hallazgo de una nueva especie de pulpo de aguas profundas encontrada cerca de las Islas Galápagos. El descubrimiento, publicado en la revista Zootaxa, podría cambiar parte de lo que se sabía sobre una familia de octópodos que hasta ahora se asociaba con aguas frías del hemisferio sur.

Redacción Ambiente

25 de mayo de 2026 - 09:14 a. m.
Uno de los aspectos que más llamó la atención fue su coloración. El animal presenta lo que los científicos llaman “contrasombreado inverso”: la parte dorsal del cuerpo es casi blanca y sin pigmentación visible, mientras que la parte ventral tiene tonos púrpura y marrón mucho más intensos. / Fundación Charles Darwin
Foto: Fundación Charles Darwin

Científicos de la Fundación Charles Darwin anunciaron el hallazgo de una nueva especie de pulpo de aguas profundas encontrada cerca de la isla Darwin, en Galápagos, a 1.773 metros de profundidad. La especie fue bautizada como Microeledone galapagensis y pertenece a la familia Megaleledonidae, un grupo de pulpos del que, dicen los científicos, todavía se conoce muy poco y que hasta ahora se asociaba principalmente con especies grandes del océano Austral.

El hallazgo se publica en la revista Zootaxa. Allí, los autores explican que este ejemplar rompe varias de las ideas previas sobre esta familia de pulpos desde hace muchos años. A diferencia de otros megaleledónidos, esta nueva especie es pequeña, tiene brazos cortos y pocas ventosas, además de rasgos anatómicos particulares como piel lisa y casi sin pigmentación en la parte dorsal. También carece de estructuras como saco de tinta y ciertas membranas internas, características que ayudaron a diferenciarlo de especies conocidas anteriormente.

Antes de continuar, hay que recordar que las Islas Galápagos están ubicadas en el Pacífico oriental, a aproximadamente unos 1.000 kilómetros de la costa continental de Ecuador, y son consideradas uno de los ecosistemas marinos más biodiversos y singulares del planeta. Sus aguas profundas y relativamente poco exploradas han permitido el hallazgo de especies desconocidas para la ciencia, especialmente en ambientes submarinos extremos.

Este hallazgo llevó a los científicos a reconsiderar la definición misma de la familia Megaleledonidae, ya que hasta ahora se describía como un grupo de pulpos grandes y exclusivos de aguas frías del hemisferio sur. La presencia de esta especie tropical en el Pacífico profundo, se lee en la investigación, podría sugerir entonces que estos animales podrían tener una distribución geográfica mucho más amplia y diversa de lo que se pensaba hasta ahora.

Según se detalla en la revista, el espécimen fue recolectado en 2015 durante una expedición del buque de investigación Nautilus dentro de la Reserva Marina de Galápagos. Un vehículo operado remotamente lo encontró en una zona de sedimentos y rocas basálticas. Tras su captura, el ejemplar fue preservado y analizado mediante técnicas avanzadas de microtomografía computarizada, que permitieron estudiar su anatomía interna sin destruir el cuerpo, algo especialmente importante porque solo se cuenta con un ejemplar conocido.

El pulpo tiene un manto de apenas 31,5 milímetros de longitud, brazos relativamente cortos y entre 29 y 33 ventosas por brazo. Para entenderlo, el cuerpo principal del animal tendría un tamaño similar al de una pelota de ping pong pequeña o una nuez grande, algo muy distinto a los grandes pulpos de aguas frías con los que tradicionalmente se relacionaba esta familia.

Uno de los aspectos que más llamó la atención fue su coloración. El animal presenta lo que los científicos llaman “contrasombreado inverso”: la parte dorsal del cuerpo es casi blanca y sin pigmentación visible, mientras que la parte ventral tiene tonos púrpura y marrón mucho más intensos. También había pigmentos concentrados alrededor de los ojos y hacia el extremo posterior del cuerpo. Según los autores, este patrón podría ser una adaptación a la vida en aguas profundas y ayudaría a ocultarse de depredadores o presas bioluminiscentes. Los investigadores encontraron además evidencia de madurez reproductiva. El ejemplar, una hembra, tenía 13 huevos ováricos visibles dentro de la cavidad del manto, algunos de hasta 11 milímetros de longitud. A pesar de ello, no mostraba señales claras de envejecimiento avanzado, algo que los autores consideran relevante para entender su ciclo de vida.

Los autores plantean una hipótesis evolutiva: los brazos cortos y el bajo número de ventosas podrían estar relacionados con un proceso llamado heterocronía, es decir, cambios en el ritmo del desarrollo biológico. Esto, sugieren, podría permitir que el animal destine más energía a la reproducción y ocupe nichos ecológicos distintos dentro del ecosistema profundo.

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