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La red que vigila el calentamiento global está en riesgo, advierten científicos

Cada diez días, miles de flotadores robóticos se sumergen hasta dos kilómetros bajo la superficie del océano para tomar el pulso térmico del planeta. Gracias a esa y otras tecnologías, los científicos pueden seguir la evolución del cambio climático. Pero una nueva investigación advierte que la red global que produce esos datos se encuentra bajo amenaza por recortes presupuestales y problemas de financiación.

Redacción Ambiente

31 de mayo de 2026 - 12:15 p. m.
Una foca elefante equipada con un sofisticado dispositivo de recolección de datos. Los instrumentos se desprenden durante la época de muda. /C McMahon/IMOS , CC BY-NC-ND
Foto: C McMahon/IMOS , CC BY-NC-ND

¿Se ha preguntado cómo saben los científicos que nuestro sistema climático está cambiando a velocidades que no habíamos detectado nunca? Aunque hay cientos de satélites que permiten observar la Tierra desde el espacio, una de las evidencias más sólidas se encuentra bajo la superficie del mar. Los océanos absorben más del 90 % del exceso de calor atrapado por los gases de efecto invernadero, por lo que seguir su temperatura es una de las formas más precisas de medir cuánto se está calentando realmente el sistema climático.

Pero, ¿cómo medimos o estudiamos los océanos? Ahí es donde entra el llamado Sistema Global de Observación Oceánica, una enorme red internacional formada por miles de instrumentos que monitorean constantemente el estado del mar. No es una tarea sencilla. Hay, por ejemplo, unos 4.000 flotadores robóticos autónomos de la red Argo, que cada diez días descienden hasta unos 2.000 metros de profundidad y luego ascienden a la superficie mientras registran datos de temperatura y salinidad. Una vez emergen, transmiten la información por satélite a centros científicos de todo el mundo. A ellos se suman sensores instalados en barcos, satélites, planeadores submarinos capaces de explorar corrientes y remolinos oceánicos, e incluso hay focas y elefantes marinos equipados con instrumentos científicos que recopilan datos bajo el hielo polar, en algunas de las regiones más difíciles de estudiar del planeta.

Gracias a esta red, los investigadores pueden seguir de cerca cuánto calor están absorbiendo los océanos y cómo evoluciona el cambio climático. En resumen, escribe en The Conversation Kevin Trenberth, profesor afiliado de Universidad de Auckland, este sistema “sustenta todo, desde las alertas por tormentas de mañana hasta los planes de adaptación al cambio climático del próximo siglo”. El problema es que está en riesgo. Trenberth y colegas encontraron que esta red internacional está bajo presión debido a restricciones presupuestales, cambios políticos y dificultades de financiación en varios países. Y se preguntan: ¿qué ocurriría si disminuye la cantidad de observaciones? Lo que encontraron se publicó esta semana en la revista Nature.

Su conclusión es que las consecuencias serían desvatadoras. Mediante simulaciones, encontraron que una reducción de los datos disponibles degradaría significativamente la capacidad de monitorear los cambios en el contenido de calor oceánico. En otras palabras, los científicos tendrían más dificultades para detectar con precisión cuánto se está calentando el planeta, distinguir tendencias reales de fluctuaciones temporales y evaluar la velocidad del cambio climático. El problema es especialmente importante porque el contenido de calor oceánico se ha convertido en uno de los indicadores más robustos del calentamiento global.

A diferencia de la temperatura atmosférica, que puede variar mucho de un año a otro por fenómenos naturales como El Niño o La Niña, el océano actúa como una enorme reserva de energía y ofrece una señal más estable de la acumulación de calor en el sistema.

Los autores sostienen que mantener esta red de observación no es simplemente una cuestión científica. Requiere cooperación internacional sostenida y compromisos financieros de largo plazo por parte de todos los gobiernos. Ningún país puede monitorear por sí solo todos los océanos del mundo, de modo que la calidad de la información climática global depende de que las naciones sigan colaborando para sostener estas mediciones. Ahora, ¿por qué surge esta preocupación? Trenberth escribe en The Conversation que su inquietud no es teórica: “Los recortes propuestos a la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) y a la Fundación Nacional de Ciencias en Estados Unidos amenazan precisamente esta contribución. En otros lugares, los sistemas de observación también están sometidos a una presión creciente, y los programas europeos se enfrentan a una creciente presión financiera”, agrega.

Mantener esta gigantesca red de observación oceánica no es barato, pero definitivamente sí es rentable. En su columna, el climatólogo Trenberth señala que el costo anual de operar el Sistema Global de Observación Oceánica, incluyendo todas sus plataformas y el personal involucrado en distintos países, ronda los 1.100 millones de dólares al año. Sin embargo, Trenberth argumenta que esa cifra debe ponerse en perspectiva. Como escribe, “una sola temporada de huracanes importantes puede costarle a Estados Unidos cientos de miles de millones de dólares”, mientras que las olas de calor marinas ya han provocado el colapso de pesquerías y episodios masivos de blanqueamiento de corales en distintas regiones del mundo.

Por eso sostiene que, frente a las pérdidas económicas asociadas a fenómenos extremos y a las alteraciones del clima vinculadas al calentamiento de los océanos, la observación oceánica constituye “una de las inversiones públicas más rentables disponibles”.

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La información que produce esta red permite mejorar los pronósticos meteorológicos, vigilar el avance del cambio climático y anticipar riesgos que pueden tener enormes costos humanos y económicos. De cara al futuro, Trenberth considera que la comunidad científica y los gobiernos deberán encontrar fórmulas para garantizar la sostenibilidad del sistema. En ese contexto, destaca que la conferencia internacional OceanObs’29, prevista para celebrarse en China en 2029, será una oportunidad para debatir y negociar un sistema global de observación oceánica más equilibrado y adaptado a las capacidades e intereses de los distintos países.

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