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Los llamados “químicos eternos” ya contaminan delfines y ballenas en todo el mundo

Los PFAS, conocidos como los “químicos eternos” por su persistencia en el ambiente, están ampliamente distribuidos en los océanos y continúan acumulándose en delfines, orcas y otros cetáceos con dientes. El primer análisis global sobre estos contaminantes encontró que la especie, la región donde viven los animales, el sexo y la edad influyen en sus niveles de exposición, con las concentraciones más altas registradas en el océano Pacífico.

Redacción Ambiente

28 de junio de 2026 - 04:07 p. m.
Los individuos jóvenes o de menor tamaño tendían a presentar concentraciones más altas de estos químocos que los adultos.
Foto: PNN

¿Ha escuchado alguna vez de los PFAS? Básicamente, son un grupo de miles de compuestos sintéticos conocidos como los “químicos eternos” porque prácticamente no se degradan en el ambiente. Durante décadas se han utilizado en productos tan diversos y comunes como sartenes antiadherentes, espumas contra incendios, textiles impermeables, empaques de alimentos y numerosos procesos industriales. Como resultado de ese uso, hoy están presentes en prácticamente todos los ecosistemas del planeta y se acumulan en ríos, mares y océanos. Diversos estudios han asociado la exposición a algunos PFAS con efectos tóxicos, alteraciones hormonales y del sistema inmunológico, pero aún se conoce poco sobre cómo se distribuyen y qué factores explican su acumulación en organismos marinos.

Con el propósito de llenar ese vacío, un grupo de investigadores realizó la primera evaluación global de la contaminación por PFAS en odontocetos, el grupo de cetáceos que incluye delfines, orcas, marsopas, cachalotes y otras ballenas con dientes.

Los científicos explican que estos animales son considerados excelentes bioindicadores de la salud de los océanos porque viven durante muchos años, ocupan los niveles más altos de la cadena alimentaria y, al alimentarse de peces y calamares, integran en sus tejidos la contaminación acumulada en el ecosistema. Analizar su organismo permite entonces obtener una fotografía de la contaminación marina a lo largo del tiempo.

Para el estudio, los científicos reunieron información de 713 muestras de hígado pertenecientes a 33 especies de odontocetos procedentes de 13 países, recolectadas entre 2000 y 2023. Además de compilar datos publicados previamente, incorporaron nuevas muestras obtenidas en Australia. El análisis se centró en cinco PFAS ampliamente estudiados (PFNA, PFDA, PFUnDA, PFDoDA y PFOS), ya que el hígado es uno de los órganos donde estos compuestos tienden a acumularse con mayor facilidad debido a que se unen a proteínas presentes en este tejido. Después, utilizaron modelos estadísticos para evaluar cómo influían variables como el género biológico de la especie, la ubicación geográfica, el sexo, la etapa de vida y el año de muestreo sobre las concentraciones de PFAS.

Los resultados mostraron que los dos factores que más explican la cantidad de PFAS acumulada son la especie y el lugar donde viven los animales. Algunas especies presentaban niveles mucho mayores que otras, incluso cuando habitaban regiones similares, lo que sugiere, se lee en el estudio, que características biológicas y ecológicas como la dieta, el metabolismo, la longevidad o la posición en la cadena alimentaria desempeñan un papel importante en la acumulación de estos contaminantes.

A la vez, dicen los investigadores, las diferencias entre regiones fueron marcadas: las concentraciones más elevadas se registraron en el océano Pacífico, un patrón que probablemente refleja décadas de actividad industrial, descargas históricas de PFAS y el transporte de estos compuestos a través de las corrientes oceánicas.

El estudio también encontró diferencias relacionadas con el sexo y la edad de los animales. En promedio, los machos presentaban mayores concentraciones de PFAS que las hembras, un resultado consistente con un fenómeno conocido como transferencia materna, mediante el cual las hembras eliminan parte de estos contaminantes al transferirlos a sus crías durante la gestación y, especialmente, durante la lactancia. De esta manera, una fracción de la carga química pasa del organismo de la madre al de las crías.

Otro hallazgo llamativo fue que los individuos jóvenes o de menor tamaño tendían a presentar concentraciones más altas que los adultos. Aunque esto podría parecer contradictorio, los autores proponen dos explicaciones complementarias. La primera es que las crías ya nacen con una carga importante de PFAS debido a la transferencia materna. La segunda es el llamado efecto de dilución por crecimiento: a medida que el animal aumenta de tamaño, los contaminantes se distribuyen en una mayor cantidad de tejido, por lo que la concentración medida por gramo de hígado puede disminuir, aunque la cantidad total de PFAS presente en el organismo siga aumentando. Finalmente, el análisis de las muestras recolectadas durante más de dos décadas reveló una tendencia preocupante: las concentraciones de PFAS parecen haber aumentado con el paso del tiempo.

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Aunque algunos de estos compuestos han sido restringidos o prohibidos en varios países, continúan persistiendo durante décadas en el ambiente y, además, siguen utilizándose otros PFAS similares que también terminan llegando a los ecosistemas marinos.

“Si bien aún quedan interrogantes importantes sobre los efectos de los contaminantes persistentes en ballenas y delfines, la contaminación generalizada que hemos observado es motivo de gran preocupación. Debemos continuar con el monitoreo, al tiempo que reforzamos las regulaciones y trabajamos para reducir la liberación de PFAS al medio ambiente”, escriben tres de los autores del estudio en una columna publicada en el medio especializado The Conversation. “La historia demuestra que la acción global contra los productos químicos nocivos funciona. Tras comprobarse que la capa de ozono protectora de la Tierra se estaba erosionando, las naciones acordaron eliminar gradualmente los productos químicos responsables. La capa de ozono se está recuperando”.

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Para los investigadores, “los contaminantes persistentes son uno de los principales desafíos de contaminación de nuestro tiempo. Cuanto mejor comprendamos cómo se acumulan estos contaminantes en ballenas y delfines, mejor preparados estaremos para reducir la contaminación futura y proteger los ecosistemas marinos. Lo que acaba en el océano no desaparece sin más. Y las sustancias PFAS tampoco”.

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