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—En estos días, en medio del debate sobre la represa de Urrá y el conflicto con tu pueblo por las inundaciones en Córdoba, recordé nuestra última conversación en Bogotá. Tu premonición se hizo realidad. Y me da miedo pensar que, como me dijiste, lo mismo pueda ocurrir si no se protege el río San Juan en tu territorio en el suroeste antioqueño. (Lea otro texto de Paulo Ilich Bacca sobre el constitucionalismo de la Tierra en América Latina).
—En el caso de la represa de Urrá, mis hermanos lucharon por una consulta previa que nunca les reconocieron, aun cuando sus vidas estaban atadas al río Sinú. Antes de la represa conocían la abundancia del agua, la riqueza de los peces en sus caudales. Pero llegó la hidroeléctrica y partió el territorio. Con ella entró la enfermedad del dinero, y la muerte vino a cobrar la vida de quienes defendían su hogar. Los llamaron egoístas por no querer su “desarrollo”. Mi premonición nace de esa historia. Es la lucha por proteger el río San Juan y todas las venas que le dan vida al suroeste. Una lucha que seguimos dando, aun sabiendo que los peces ya se escondieron, que el bocachico —nuestra principal proteína— casi ha desaparecido.
—Pienso que, como decía Walter Benjamin, la historia no solo avanza: también vuelve a aparecer, como un relámpago que ilumina el pasado en el presente. Quizás por eso nuestras conversaciones se sienten tan extrañas, como si ya las hubiéramos tenido antes. Recuerdas que te conté que cuando estaba en la universidad empecé a entender de otra manera lo que estaba pasando con los pueblos indígenas en Colombia. Hubo momentos que marcaron ese despertar. Dos fechas que todavía funcionan para mí como puntos de equilibrio en esa memoria. La primera fue el secuestro y posterior asesinato de tu paisano Emberá Katío, Kimy Pernía Domicó, defensor del río Sinú. Él encabezó la movilización de tu pueblo contra la construcción de la represa de Urrá porque sabía que al cambiar el curso del río también se rompería la relación profunda que las comunidades habían tejido con ese territorio durante generaciones.
—Recuerdo que de niño solía ir al río San Juan, solo por escuchar su sonido. Me sentaba sobre una piedra grande y miraba a los demás bañarse, mientras las familias compartían la sancochada a la orilla. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Hoy, cada vez que vuelvo al suroeste, lo primero que busco es el rumor del río. Pero suena distinto. Cada vez más débil, más triste. Esa memoria se me ensucia con la realidad de hoy. Me lo he preguntado muchas veces. Y también se lo pregunto a ellos, a los médicos ancestrales que nunca dejaron de escuchar al río: ¿qué le pasó a nuestros ríos? En una armonización, con el abuelo fuego encendido en la casa madre del médico ancestral Chakri Andrés, jaibaná, me contó la historia. Mientras hablaba señalaba el cauce con sus manos curtidas, hacia el sector de Cristianía Viejo. No hablaba del río como un recurso. Hablaba de ella, como una hermana del agua. Una hermana que alberga a los jai, los espíritus. Una hermana que abre el camino para que los jai transiten entre los mundos. Una hermana que es como las venas de la madre tierra, cuyas aguas son la sangre que nos da vida, desde nuestro ser hasta todo lo que nos rodea.
—A pesar de ser tan distintos —en la edad, en la cultura, en la historia que cada uno heredó de su territorio— nuestras conversaciones se sienten como si vinieran de una memoria más antigua. Se me ocurre que así se teje la filigrana de los sueños. Cuando era niño, mis padres y mis tíos me enseñaron algo que nunca olvidé: en los páramos no se puede gritar. Decían que las personas del agua se molestan y entonces envían la neblina y la lluvia para cubrir el camino. En Nariño también se cuenta que los ríos y las lagunas tienen ciudades subterráneas donde viven sus guardianes, y donde habitan quienes conocen los alfabetos del agua. Crecí escuchando esas historias sin entenderlas del todo. El año pasado pude sentirlas mientras caminaba de nuevo hacia mi montaña tutelar, el volcán Chaitán, el Azufral, en mi pueblo natal, Túquerres. En su cráter hay una laguna verde que parece suspendida sobre el mundo. Escuchando tus palabras sobre el río San Juan corroboro que esos conocimientos viajan entre pueblos, como si el agua guardara memorias que reconocen a quienes aprenden a escucharla.
—He caminado mi territorio de Karmata Rúa una y otra vez. En una de esas caminatas me detuve a pensar en el trabajo de una amiga antropóloga, muy cercana a nosotros. En uno de sus talleres nos hizo una pregunta que todavía resuena: ¿dónde están los peces? Nadie tuvo una respuesta inmediata. Han pasado años desde que se fueron y muchas cosas los ahuyentaron. Pero yo sé que no se extinguieron: solo se escondieron. Los médicos tradicionales y los líderes de la comunidad lo dicen con claridad. No desaparecieron, se ocultaron de nosotros. Y ha sido deber de los jaibanás guardar ese secreto para protegerlos. Mi pensamiento sigue ese camino, por las fronteras con otras veredas, y la preocupación por la hermana agua y sus venas crece. Una de esas venas es el río Claro, un río de acceso espiritual, cargado de historias y mitos. Otra es el río de Santa Rita, que cuenta también la historia de nuestro pueblo Ēbērá Chamí: la del peregrinaje hacia Dojuru, la raíz del río, donde habitan seres espirituales de gran poder. Allí dejaron sus huellas nuestros antecesores. Y nosotros hoy cuidamos a los guardianes que protegen ese pulmón sagrado del suroeste. Cuentan los médicos tradicionales que en Dojuru vive oculto Gesera, la hormiga sagrada. Ella porta el agua y protege el árbol carreto, aquel que, al caer, dio vida desde sus brazos a los grandes ríos y quebradas que corren hasta encontrarse con el mar.
—Tu interpretación de Dojuru y de las venas del agua me convence más de que nuestras historias sobre los ríos dicen algo parecido. No hablan solo de la naturaleza sino también de las reglas que hacen posible la vida. Con el tiempo entendí que esa relación con el agua también podía leerse como una forma de derecho. Para tu pueblo, los ríos son seres vivos dentro de una red de relaciones donde el agua escucha y habla. Defender el río es defender un mundo entero. Recuerdo que, antes de su asesinato, en 1999, Kimy Pernía encabezó la movilización Emberá contra la construcción de la represa de Urrá. Después de días de camino tus paisanos llegaron a Bogotá y ocuparon las oficinas del Ministerio de Ambiente para reclamar algo tan simple como fundamental: el derecho a decidir sobre su territorio. Siempre he conectado esa escena con las historias de los líderes indígenas que años antes habían bajado de las montañas para participar en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. La historia de Kimy Pernía quedó grabada en la memoria del movimiento indígena colombiano. Y también en la mía. Fue a través de ella que empecé a comprender algo que entonces apenas intuía: que muchas de las violencias contra los pueblos indígenas no ocurren solo con balas, sino también a través de proyectos que transforman ríos, bosques y territorios. Y que, cuando un río es herido, también lo es el mundo de relaciones que nace de sus aguas.
—Tus palabras me ayudan a entender mejor lo que he venido sintiendo en mi diálogo con la tierra: que el territorio es una relación directa con un ser viviente que nos protege y con el que estamos conectados. Aunque hoy solo tengamos un pequeño espacio, seguimos reconociendo nuestra historia en esas otras tierras que ahora son privadas, en municipios y fincas campesinas, donde nuestros ancestros dejaron sus accesos espirituales, sus hogares. El río Claro y el río de Santa Rita desembocan en el San Juan Dõkato. Con ellos llegan también sus historias, su espiritualidad y el recuerdo del alimento. Hoy los peces son escasos. Algunos todavía se bañan en el agua de la hermana para sentirse limpios, aun sabiendo que el río puede traer enfermedades. Muchos dicen que lo hacen porque no tienen agua potable “digna”. Pero yo me pregunto: ¿por qué llamarla así? ¿Acaso no es digno bañarse en la naturaleza, sentirla y recordar que somos uno con la madre tierra? Esta vez lo hacen aun sabiendo el riesgo, entendiendo que somos parte de un mismo sistema: animales, cerros, plantas, océanos y aire, todos entrelazados por una historia común con la tierra que nos sostiene.
—Hablando contigo siempre recuerdo a José María Arguedas. Por eso me nació leerte el discurso que dio al recibir el premio Inca Garcilaso de la Vega en octubre de 1968. Esas palabras me hacen pensar de forma recurrente que ha llegado la hora de escribir juntos, de unir nuestras lenguas y de transformar creativamente el castellano, como él proponía.
A Arguedas le gustaba un huayno dedicado al río Paraisancos, un ser caudaloso al que en plegarias le pedían que no se bifurcara, porque al hacerlo podrían morir los pececillos criados por el cantor. Aunque la canción era triste, a Arguedas le costaba entender por qué, en esos ríos profundos, misteriosos y abismales, la melodía terminaba volviéndose dulce.
En tu lengua Ēbērá Chamí, él habría dicho que el jai de esas aguas hace felices a flores y pájaros, y que también tiene la fuerza de tocar el corazón de quien escucha: puede hacerte llorar hasta desaparecer o darte la fortaleza para enfrentar a los monstruos que habitan en el fondo de los lagos de altura.
—Hoy siento que algo parecido ocurre con nuestra hermana agua. Como aquel huayno del río al que le pedían no bifurcarse para que no murieran los pececillos.
El diagnóstico del río San Juan Dõkato es visible: una herida a cielo abierto. Sus aguas, antes claras, bajan ahora con el brillo enfermo del mercurio. Donde cantaban las ranas y danzaban las luciérnagas, hoy queda un silencio pesado. Han muerto muchos peces y su carne ya no es alimento.
Me duele ver que el río esté muriendo. Es una herida en el paisaje de mi suroeste y también en mi pueblo. En su memoria resuena todavía la historia de la represa de Urrá y la voz de Kimy Pernía, que nos enseñó que defender el río es defender la vida.
Entonces entiendo que quizá la pregunta está mal hecha. No es qué les pasó a nuestros ríos. Es qué nos pasó a nosotros.
Chi Dǒ bedeaka, mamira ichi chunpea uridañu perdebesia.
El río nos habla, pero hemos olvidado cómo escuchar desde el silencio.
* Colaborador de El Espectador y director académico ambiental de Dejusticia.
** Fellow del sur global de Dejusticia y líder del pueblo Ēbērá Chamí.