Es posible que quienes tengan plantas en sus casas, hayan visto algunos insectos o aves acercarse a su jardín de cuando en cuando. Estos animales llegan en busca de alimento. Durante su corta estadía, accidentalmente quedan impregnados de polen, unas diminutas partículas que contienen las células reproductivas masculinas de las plantas. Al adherirse a ellas, el polen es transportado de una flor a otra, permitiendo que las plantas se fecunden y continúen su ciclo de vida.
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Sin embargo, este proceso — llamado polinización — no siempre depende de colibríes, abejas, mariposas u otros animales. En algunos casos, el polen, cuyas partículas miden entre 10 y 200 micrones (aproximadamente la mitad del diámetro de un cabello fino), es transportado por las corrientes de viento. De esta forma, el polen logra llegar a otras plantas y cumplir su función de fecundación.
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Esto ocurre cuando el polen tiene características especiales que le permiten viajar largas distancias antes de caer. Pues así como sucede con las plantas y demás seres vivos, no hay una sola clase de polen. Hace 30 años, investigadores de la Universidad Nacional comenzaron a recolectar estas partículas, especialmente aquellas presentes en la vegetación de los páramos, con el fin de estudiarlas.
Fue así como nació en 1995 el Laboratorio de Paleoecología y la Palinoteca (PALUN) de la UNAL, sede Medellín. Allí se conserva la colección de polen de ecosistema de páramo más grande del país, con un inventario de 3.000 placas, la herramienta donde se guardan las muestras. Por 25 años este trabajo estuvo liderado por el profesor César Velásquez, y ahora es la docente Paula Rodríguez Zorro la encargada de liderar este proyecto.
En sus inicios, la mayoría de los especímenes recolectados —principalmente polen y esporas, estas últimas responsables de la reproducción en hongos— han provenido de las zonas de páramo. Sin embargo, el estudio se amplió a otros ecosistemas, como el bosque andino, el bosque seco y el bosque húmedo tropical.
Ahora se trazaron una nueva misión. “La idea es enfocarnos en estudiar el polen de ecosistemas tropicales, empezando por el que está presente en Medellín y el Valle de Aburrá. Para esto, arrancamos analizando las plantas que hay en el campus de la universidad, acá en Medellín. La sede tiene una gran diversidad en un área muy pequeña. Son plantas que se distribuyen a lo largo del Valle de Aburrá”, explicó la profesora Rodríguez, quien además es doctora en Paleoecología Tropical.
En 2013, la Universidad publicó la investigación Arboretum y Palmetum León Morales Soto, donde se reportó la identificación de 500 especies de flora presentes en el campus El Volador, considerado como el segundo jardín botánico de Medellín. Estas incluyen alrededor de 100 especies de palmas que se han convertido en un refugio para aves, insectos, pequeños mamíferos y reptiles.
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Aunque en esa investigación no se incluyeron las hierbas y es probable que en estos once años el número de especies haya crecido, Rodríguez considera este campus como un lugar clave para este tipo de análisis, que entre otras cosas, ayuda a entender la dinámica de los polinizadores y la influencia del polen en las alergias.
“En ocasiones, vemos aumentos en las consultas médicas, proliferación de alergias, y no sabemos qué está ocurriendo exactamente a nivel ecológico. Quizá cuando hay picos de contaminación también hay picos de circulación de polen u otro material biológico como esporas de hongos, lo que desencadena más problemas de salud y no lo sabemos. Todo esto se podría estudiar”, dice Rodríguez.
Otra de las utilidades de este tipo de colecciones es que ayuda a entender la dinámica de los polinizadores o visitadores florales (insectos que no necesariamente transportan polen). Al tomar una abeja, por ejemplo, y extraerle el polen que tiene en su cuerpo, es posible identificar qué plantas visitó. “Eso también podría ayudar a diseñar mejores jardines urbanos o a determinar qué tanto polen de plantas nativas o de plantas exóticas está circulando en la ciudad. Es una manera también de entender cómo funciona ese ecosistema de ciudad”, agrega la docente.
¿Cómo recolectan estas pequeñas partículas?
Para armar la colección, lo primero que hacen los investigadores de la Palinoteca (entre ellos estudiantes de pregrado y maestría) es buscar, como lo hacen las abejas, plantas florecidas. Una vez identificadas, toman su flor y extraen las anteras, que es la parte donde se encuentra el polen. Esas anteras se depositan en un frasco con alcohol y allí se hace el proceso químico para extraer las partículas.
Una vez termina este proceso, los investigadores observan el polen bajo el microscopio y lo caracterizan según su forma y tamaño. A cada una de las muestras se les asigna una etiqueta y un código de colección en los registros de la Palinoteca.
Hasta el momento han logrado registrar el polen de 100 especies, pertenecientes a 45 familias, presentes en el campus. “Hemos encontrado formas muy interesantes y junto con un instituto de Alemania estamos consiguiendo imágenes con una mejor resolución de las fotos, a través de una técnica conocida como microscopía electrónica de barrido”, menciona la coordinadora del laboratorio. Esta técnica consiste en ponerle una capa de oro a los “granos” de polen para que los haces de electrones reflejen cada zona y generen una imagen de hasta una micra de detalle.
El primer producto que quiere entregar esta investigación es un atlas de polen, una especie colección de referencia conformada por fotos donde se detalle la información de cada tipo de polen identificado, lo que serviría como insumo para futuras investigaciones.
“Estos temas nos dan la oportunidad de hablar sobre la importancia de fortalecer las colecciones biológicas, que son importantes para poder entender la diversidad de nuestros ecosistemas. Las colecciones nos ayudan a preservar el conocimiento de la vida en la Tierra y a aproximarnos a la crisis climática y de biodiversidad por la que estamos pasando”, puntualiza la docente.
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