Colombia tras cinco años del Acuerdo de París: es hora de redoblar esfuerzos

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Estamos en un momento crucial para enfrentar el mayor y más urgente reto de nuestra historia como especie. Aunque hemos hecho algunos avances, es hora de acelerar el paso. En Colombia es necesario, principalmente, combatir la deforestación.

El 12 de diciembre se cumplen cinco años del Acuerdo de París sobre cambio climático, y Colombia y el mundo se encuentran en un punto de inflexión: es momento para demostrar que aceleramos el paso en la carrera contra el tiempo que actualmente vivimos para enfrentar el mayor y más urgente reto de nuestra historia como especie. (Le recomendamos: 51% menos emisiones a 2030: una meta de todos)

En los últimos cinco años el mundo ha cambiado radicalmente. La ciencia se ha sofisticado, y hoy es inequívoca: para alcanzar el objetivo trazado en París de no superar los 1,5 °C de aumento de temperatura, debemos lograr tres hitos fundamentales: 1. Iniciar el descenso definitivo de emisiones este año. 2. Reducir las emisiones globales a la mitad y restaurar los ecosistemas durante esta década. 3. Llegar a una economía de cero emisiones netas a mediados de siglo.

La geopolítica ha dado un vuelco. Tras cuatro años de negacionismo en la Casa Blanca, la elección de la dupla Biden-Harris en Estados Unidos sobre una plataforma ambiciosa en materia climática selló una tendencia irreversible, a la que se sumó China en septiembre pasado con el anuncio unilateral de que logrará la carbono neutralidad antes de 2060. Muchos han seguido el ejemplo, como la UE, Japón y Corea, y aunque falta precisión sobre los planes y trayectorias para llegar allá, es evidente que la política climática ya es un asunto central que define movidas macro de geopolítica global. (Puede leer: Así planea Colombia disminuir el 51 % de sus emisiones a 2030)

La economía y tecnología han avanzado en la senda de la descarbonización a un paso tan acelerado que superó todas las predicciones. Hoy Bloomberg calcula que 2019 probablemente haya sido el año del pico de las emisiones relacionadas con el sector de la energía (es decir que a partir de ahora irán en descenso definitivo), y el aumento exponencial en el despliegue de renovables es noticia ubicua. Los mayores inversionistas del mundo tomaron nota y se han comprometido a lograr portafolios totalmente descarbonizados a mediados de siglo, con metas de corto plazo que lo garanticen.

En Colombia se mantienen los principales retos que teníamos hace cinco años. Aunque hemos hecho algunos avances, es momento de acelerar el paso. La tendencia que no podemos pasar por alto en los últimos cinco años es el vertiginoso incremento de la deforestación. Aunque las cifras de 2019 han sido presentadas como un avance tímido, lo cierto es que tras la adopción de los Acuerdos de Paz, la pérdida de bosque natural en el país es alarmante. Dada la importancia de nuestros bosques para la regulación del clima global, este rubro debe ser la principal preocupación y prioridad. Los esfuerzos han sido hasta ahora insuficientes para controlar este fenómeno devastador.

Otro sector importante es el de la generación de energía eléctrica, en el que hemos visto movimiento en ambas direcciones: por un lado y de manera muy positiva hemos avanzado en la agenda de las renovables, con subastas exitosas e incrementos modestos en la penetración. Por otro lado, es una alerta muy negativa que al mismo tiempo, estemos considerando un incremento en la capacidad de generación de energía con base de carbón, en vez de estar diseñando un plan para la transición paulatina y el final decomiso de estas plantas. No será fácil dejar la dependencia del carbón ni será algo automático, razón por la cual es importante planear esta transición con tiempo. En este aspecto, aún nos falta mucho trecho por recorrer.

Otra transición importante es la del sector del transporte. La movilidad eléctrica es tendencia global, y aunque en oportunidades los costos iniciales son elevados, los beneficios son inmensamente superiores no solo en términos de reducción de emisiones, sino también en ahorro efectivo de recursos que hoy gastamos en la atención a las afecciones de salud prevalentes en nuestras ciudades, provocadas o agravadas en gran medida por la mala calidad del aire. Las metas del país en este aspecto pueden mejorar, especialmente los incentivos (tributarios, por ejemplo), para impulsar también la electrificación del transporte privado.

La lista es larga, pues se trata de una transición que cubre toda la economía. El sector agropecuario, el de residuos y los procesos industriales asociados a la construcción, entre otros, requieren avanzar a mejor ritmo en su conversión a prácticas que impulsen la prosperidad y, a la vez, provean condiciones apropiadas para enfrentar el cambio climático.

El balance en el país es mezclado: estamos bien orientados. Tenemos metas internacionales ambiciosas (incluyendo la excelente noticia del aumento significativo de la contribución de Colombia al Acuerdo de París que anunció el presidente Duque) y políticas públicas con buenos objetivos. Pero nos falta demostrar resultados. Es el reto de siempre: pasar del papel a la realidad es difícil, y más aún hacerlo de manera acelerada. Esta vez, sin embargo, no podemos darnos el lujo de colgarnos con la implementación. No se trata de una meta más, un papel más, una ley más; se trata de mantener la puerta abierta a un futuro viable. Por eso es momento de acelerar. De volcarnos hacia adentro, y gastar todo el capital político necesario para lograr una implementación exitosa.

Los ciclos electorales cortos no facilitan esta tarea, ya que se trata de una agenda de Estado y de largo plazo que requiere inversiones hoy, pero cuyos resultados veremos más adelante. Tenemos que superar la tragedia del horizonte en que decisiones políticas cortoplacistas pretenden resolver asuntos de largo plazo, pero fracasan por priorizar réditos electorales o retornos financieros inmediatos. Afortunadamente, la ciudadanía está cada vez más consciente y exige más de los gobernantes. Junto con esta exigencia, debemos entrar todos a un espacio de corresponsabilidad por este proceso de transición. Es un esfuerzo que nadie —ni el Gobierno solo, ni el sector privado, ni los ciudadanos— podrá hacer de manera aislada e independiente.

Estamos entrando en la década en que aprendemos —¿al fin?— a coexistir de manera responsable en el planeta que compartimos. La década de la aceleración de la acción climática. Dentro de cinco años, a medio camino, esperemos no estar llorando sobre la leche derramada, porque no habrá vuelta atrás.

*Isabel Cavelier es asesora senior de Mission2020, co-fundadora de Transforma.

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