26 Apr 2018 - 8:02 p. m.

De almejeros a guías ecoturísticos

En el Parque Natural Isla de Salamanca se acaba de firmar el primer acuerdo de conservación de almejas del Caribe colombiano. Ahora, cobrarán por hacer recorridos ecoturísticos en los lugares donde antes cazaban almejas.

Redacción VIVIR

Luis Tarriba tiene la piel tostada, las manos agrietadas y los ojos rodeados por patas de gallina. El único trabajo que ha tenido a lo largo de sus 57 años es pescar almejas durante cinco horas al día, sumergido cinco metros bajo el agua, rastrillando el fondo de la ciénaga bajo sus pies. No conoce otro oficio. Vive en Barranquilla desde los diez años. Llegó de un pueblito olvidado por los mapas llamado San Antonio, en Bolívar. Empezó a trabajar de pequeño invitado por su cuñado que ya era almejero. A eso se dedica, ganándose en los mejores días, que son escasos, $70.000. Pero él, al igual que los otros 68 pescadores de la región, se han metido en líos por trabajar.

El problema está en que esta especie está en riesgo de extinguirse, según el Instituto de Investigaciones Marinas (Invemar). La Polymesoda solida está amenazada y los intentos de extraerla se han reducido a un lugar: la ciénaga El Torno, dentro del Parque Natural Isla Salamanca. Pero pescar en un área protegida es una actividad prohibida por ley.

Por eso desde hace cuatro años los pescadores se reúnen con Patricia Saldaño, la directora del parque, con el fin de buscar una alternativa para quienes, como Tarriba, no saben hacer algo más. Por suerte tienen otros talentos, como la guía de turismo de naturaleza, una actividad para la que se han capacitado gracias a la financiación de la Unión Europea a través de su programa Desarrollo Local Sostenible.

“Pasamos de ser los malos a ser los conservadores del medio ambiente”, asegura Tarriba con emoción. Su compromiso es tan serio que el pasado viernes 20 pescadores, organizados bajo el nombre de Asipesa (Asociación de Pescadores Artesanales y Actividades Afines), firmaron el primer acuerdo de conservación del Caribe. Una de las firmas fue la de Luis, que es una promesa para el grupo, porque conoce a la perfección el parque, es experto hundiéndose en el manglar, habla de su arte con belleza y está enamorado de la naturaleza, pero “creo que también la he destruido un poco”, confiesa.

La esperanza es que abandonen sus antiguas tareas para convertirse en intérpretes del patrimonio natural. Lo harán en tres recorridos diseñados entre ellos y Jaír Mendoza, un administrador ambiental de Parques Naturales Nacionales (PNN): la Ruta de la Almeja es un recorrido de tres horas que cuesta $75.000, donde los antiguos almejeros muestran la extracción de otra manera, “esta vez sin extraer”, explica Mendoza; la Ruta Agroturística, que dura dos horas y tiene un precio de $50.000, y la Ruta Histórico-cultural Puente Pumarejo, con la misma duración y un costo similar. De esa manera, Tarriba y sus colegas esperan recibir hasta 27 personas a diario y un salario de hasta millón y medio apenas el negocio dé frutos. Una esperanza proyectada para dentro de dos años. Mientras, se conforman con la ilusión de creer en esta oportunidad sin abandonar sus aguas.

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