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Descubren que un fenómeno poco frecuente controla gran parte de las nevadas en la Antártida

Investigadores japoneses desarrollaron un algoritmo tridimensional que permitió demostrar que los ríos atmosféricos son responsables de buena parte de la nieve que recibe el continente y de las variaciones de sus precipitaciones durante las últimas cuatro décadas.

Redacción Ambiente

30 de junio de 2026 - 02:01 p. m.
Entender este proceso es fundamental porque las nevadas son la principal forma en que la Antártida recupera parte del hielo que pierde por el desprendimiento de icebergs y el deshielo en las zonas costeras.
Foto: Laura Cimoli, Universidad de Cambridge.
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¿Alguna vez ha escuchado de los llamados “ríos atmosféricos”? Estos fenómenos son largos y estrechos corredores de vapor de agua que transportan enormes cantidades de humedad desde los océanos y las regiones más cálidas hacia latitudes polares. Cuando ese aire húmedo alcanza el frío extremo de la Antártida, el vapor se condensa y cae principalmente en forma de nieve, contribuyendo al crecimiento de la capa de hielo.

Los científicos saben entonces desde hace algún tiempo que son una de las principales vías por las que la humedad llega a lugares como la Antártida, pero hasta ahora había sido muy difícil medir con precisión cuánto contribuían a las nevadas del continente. Esto es así porque los métodos tradicionales fueron diseñados para otras regiones del planeta y analizan el transporte de humedad principalmente en un plano horizontal. Ese enfoque, explican los investigadores, funciona bien en latitudes medias, pero no en un continente con una topografía tan elevada, una atmósfera extremadamente seca y condiciones meteorológicas tan particulares como las antárticas. Como resultado, muchos de estos eventos podían pasar desapercibidos o caracterizarse de manera incompleta.

En una nueva investigación publicada en Geophysical Research Letters científicos de la Universidad de Estudios Avanzados SOKENDAI (Japón), desarrollaron un nuevo método para detectar estos fenómenos en tres dimensiones y demostraron que, aunque ocurren menos del 10 % del tiempo, son responsables de entre el 30 % y el 60 % de la precipitación anual en amplias zonas del interior antártico. Es decir, aunque ocurren con relativamente poca frecuencia, concentran una proporción muy importante de la nieve que cae sobre el continente. Entender este proceso es fundamental porque las nevadas son la principal forma en que la Antártida recupera parte del hielo que pierde por el desprendimiento de icebergs y el deshielo en las zonas costeras.

En consecuencia, escriben los científicos en el estudio, conocer qué controla la cantidad de nieve que recibe el continente es muy importante para estimar cómo evolucionará la masa de hielo antártica y cuál será su impacto en el aumento del nivel del mar.

Para llegar a esto, los investigadores desarrollaron un nuevo algoritmo de detección en tres dimensiones. En lugar de observar solo cómo se desplaza la humedad sobre la superficie, el sistema también analiza cómo está distribuida verticalmente en la atmósfera, lo que permite identificar con mucha mayor precisión cuándo un río atmosférico está penetrando realmente en el continente. Al aplicar esta herramienta a observaciones realizadas en Dome Fuji, una estación científica ubicada en el interior de la Antártida Oriental, durante la 44.ª Expedición Japonesa de Investigación Antártica, los investigadores encontraron que más de la mitad de los episodios de precipitación significativa estuvieron asociados con ríos atmosféricos. Aunque estos eventos fueron relativamente pocos, aportaron cerca del 40 % de toda la nieve registrada durante el periodo analizado.

Además, los investigadores observaron que las variaciones de la precipitación asociada a los ríos atmosféricos reproducen casi exactamente los patrones de cambio registrados en la precipitación total de la Antártida durante las últimas cuatro décadas. Esto último sugiere que estos fenómenos ejercen un control dominante sobre la variabilidad de las nevadas del continente y que cualquier cambio futuro en su frecuencia, intensidad o trayectoria podría tener consecuencias importantes para el balance de masa del hielo antártico y, en última instancia, para la evolución del nivel del mar.

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