21 May 2015 - 2:21 a. m.

Desteñidos los bosques de los mil colores

Los bosques secos tropicales son los ecosistemas más amenazados del mundo. En Colombia su situación es crítica: más del 90% de los que existían originalmente han sido talados.

María Paulina Baena Jaramillo

Antes de la llegada de los españoles, en Colombia quedaban cerca de nueve millones de hectáreas de bosque seco. Algo así como la extensión total del departamento de Antioquia. Era el más extenso de todos. Pero hoy sobreviven menos de 700.000 hectáreas. Así que más del 90% de esa área ha sido talada, más del 60% está bajo los usos de la agricultura y la ganadería y más del 65% es ahora desierto y ha perdido la productividad de sus suelos.
 
Unas cifras preocupantes, sin duda, que se explican porque “allí hemos crecido como sociedad en Colombia”, como cuenta Hernando García, coordinador en ciencias de la biodiversidad del Instituto Humboldt. “La mayoría de sitios turísticos están en el bosque seco y tienen un arraigo cultural porque los españoles buscaron ese clima para establecerse”, asegura. Ciudades emblemáticas como Mompox, Santa Fe de Antioquia, Cartagena y Barranquilla y Santa Marta eran antiguamente bosques secos.
 
Sin embargo, las palabras “bosque seco” resultan paradójicas. Reflejarían, desde el desconocimiento, ecosistemas poco carismáticos, desapacibles y áridos, pero distan mucho de ser así. A diferencia del bosque húmedo, visto como una selva densa donde abundan los árboles altos, los helechos y las enredaderas, en el bosque seco conviven las lianas, los cactus, los reptiles y los insectos gigantes. Su dosel (donde se encuentran las copas más altas), pierde sus hojas en la época seca y explota en flores de todos los colores cuando empiezan las primeras lluvias.
 
“La gente se imagina algo seco, pero están llenos de vida. Tienen una particularidad y es que al menos tres o cuatro meses del año llueve poco o nada y casi todas las especies pierden sus hojas. Es un proceso bellísimo, un mar de colores”, explica Hernando García del Instituto Humboldt.
 
Toda la región Caribe, el norte del Valle del Cauca, el sur del valle del Magdalena, el valle del Patía y los Llanos están cubiertos por este tipo de bosque. Justo esas zonas han sido transformadas para ganadería, agricultura y fincas de recreo por la fertilidad de los suelos. Además, su clima benévolo y la época de sequías hacen que los terrenos sean menos propensos a las inundaciones y las plagas.
 
Allí crecen un sinnúmero de especies. El macondo, por ejemplo, es típico de este bosque. No en vano, Gabriel García Márquez se inspiró en este árbol, que crecía en Aracataca, su pueblo natal, para construir un universo narrativo. Allí también reposan el indio desnudo o resbalamonos, un árbol de tronco liso y hoja verdes. Y el tití cabeciblanco, que es endémico del bosque seco colombiano, únicamente crece y vive aquí, por los lados del Urabá y las cuencas bajas de los ríos Atrato, Cauca y Magdalena.
 
Lo cierto es que su estado es crítico y están a punto de desaparecer. “Sólo el 5% del bosque seco restante está bajo alguna figura de conservación. Entonces el 95% está en tierras privadas. Tenemos que buscar una estrategia nacional para que los privados cuiden ese bosque, o si no desaparecerá”, dijo Camila Pizano, investigadora en ciencias de la biodiversidad del Instituto Humboldt.
 
Cuando el bosque pierde su naturaleza original y queda en estado de desertificación se asoma la pobreza. “En el momento en que la gente conserva el bosque asegura beneficios para sí misma y para la sociedad. El bosque funciona como un bien común, por eso cuando lo tumbas la tierra pierde un sentido”, sostiene García. Los territorios colectivos son de bosque, pero los deforestados son de alguien y hacen más vulnerable a quienes lo habitan.
 
Frente a ese escenario, el Instituto Humboldt se puso en la tarea de estudiarlos en una red nacional de investigación del bosque seco que ya suma más de 30 grupos de investigación y esfuerzos a nivel internacional. También se dio inicio a un proyecto de parcelas permanentes en bosque seco que monitorea el tipo de especies allí presentes, cuáles llegan y cuáles se van. “Ya tenemos 18 parcelas en las seis regiones, y eso es un gran avance”, comenta Camila Pizano, investigadora del Humboldt.
 
Esa unión internacional permitió que Jennifer Powers, ecóloga e investigadora de la Universidad de Minnesota, Estados Unidos, viniera a Colombia para plasmar unas lecciones aprendidas en Costa Rica, donde ha trabajado con el bosque seco por más de 15 años. “Lo que pasa acá es muy parecido a lo de Costa Rica. Allá hay pastizales que llevan siglos. Se estima que queda menos del 2%. Lo que hay allá es un bosque seco secundario”.
 
Ese bosque seco secundario es uno en el que los árboles alcanzan cierta altura, pero es pobre en especies. Es un bosque que se recuperó, pero tuvo una perturbación fuerte. El bosque primario es casi invisible en el país: bosques maduros, con varios estratos de árboles, arbustos y plántulas, y una cantidad notable de animales. Y el rastrojo es un potrero con arbustos, no tiene una estructura clara de bosque y sus especies de plantas y animales son casi nulas.
 
Esa carencia de biodiversidad es lo que más preocupa a Álvaro Duque, profesor de la Universidad Nacional de Medellín y experto en bosques. “La diversidad es un concepto más amplio y debe ser entendida para potenciar nuestras competencias de país. Hay que ver la biodiversidad más allá del conteo de especies. No le hemos echado el ojo al desarrollo de la biodiversidad en materias primas, patentes, innovación e inventario genético”, asegura.
 
Y sí. Todo bosque ha tenido influencia de la mano del hombre. Como afirma Juan Pablo Ruiz, columnista de este diario y consultor ambiental, “desde Mesopotamia para acá los mejores suelos de Colombia están ocupados. Las sociedades transforman esos espacios donde la calidad de suelo es mejor. No es gratuito que sean bosques y que esas zonas hoy sean frágiles”.
 
No se trata tampoco de conservar a ultranza los territorios e impedir que se toquen. Más bien de saber combinarlos con los sistemas productivos para que no se destiñan sus colores y se reemplacen con pastos inmensos e improductivos, como le pasa al bosque seco. “Tenemos que buscar alternativas al bosque natural, porque en un país en el que tenemos 59 millones de hectáreas en bosques secundarios o primarios debemos mirarlo como posible foco de desarrollo y no sólo como la guarida de guerrilleros”, concluye Álvaro Duque. 
 
 
mbaena@elespectador.com
 

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