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Día Mundial de la Energía: el “falso ambientalismo” de Gustavo Petro, según Jorge E. Robledo

Fragmento del libro “Cambio climático y transición energética. Crítica al falso ambientalismo de Gustavo Petro”, recientemente publicado con el sello editorial Aguilar.

Jorge Enrique Robledo * / Especial para El Espectador

14 de febrero de 2026 - 07:57 a. m.
El excongresista Jorge Enrique Robledo se fija dos objetivos en este libro: demostrar que el cambio climático es de atención urgente para la humanidad y, al mismo tiempo, controvertir las que califica de muy equivocadas opiniones del presidente Gustavo Petro sobre el calentamiento global, la transición energética y el fin de los combustibles fósiles.
Foto: El Espectador - José Vargas
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Las bases de este análisis

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Hago parte de los que tienen razones para concluir que en el mundo hay un grave problema ambiental de cambio climático que debe atenderse en todos los países —incluida Colombia, claro— y en especial en los desarrollados, que son los mayores generadores de gases de efecto invernadero (GEI). Lo que significa que sin su aporte decisivo a la reducción de emisiones no podrá dársele atención seria a este problema que plantea retos en sus dos dimensiones, lo que lo hace más complejo de resolver: emitir menos GEI y, en segundo lugar, en algún momento capturar y anular los gases que ya están en la atmósfera, donde se acumulan desde hace unos doscientos años, aspecto este poco mencionado.

Pero también pienso que este problema, como todos, debe abordarse con rigor científico y propuestas realizables y no, como se verá, con la actitud irresponsable, falaz e incluso ridícula de Gustavo Petro, quien, aunque se presenta como el adalid de esta causa, nunca ha presentado una teoría completa —sustentada en cifras y análisis— sobre aseveraciones de tanto impacto para Colombia como renunciar en el cortísimo plazo a la producción y consumo de petróleo, gas y carbón, que sustentan en grandes proporciones la economía nacional. Así, Petro usa una retórica tremendista calculada para engatusar a los desinformados, recurriendo al viejo truco de hacer unas afirmaciones ciertas y, de ellas, sacar conclusiones falsas.

Este libro tiene, entonces, el fin de ayudar a popularizar el problema del cambio climático y de aportar en el debate sobre cómo debe ser la transición energética en Colombia, en buena medida controvirtiendo las muy equivocadas opiniones de Gustavo Petro, que son más ocurrencias que análisis serios. Ocurrencias que, hay que reconocerlo, son eficaces para conseguir votos porque los seres humanos solemos soñar con soluciones mágicas, que resuelvan los problemas —aunque en realidad sea imposible solucionarlos así— en un santiamén, debilidad a la que Petro se le saca bastante jugo, a punta de demagogia, en la lucha política.

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Por anticipado, dejo expresa constancia de que para mí habría sido deseable poder concluir este libro con la perspectiva de que habrá bastante menos GEI a escala global para 2050 —que serán producto del 70 % de las emisiones de todas las energías— y con el convencimiento de que pocos años después el problema desaparecería. Pero eso habría sido negar las evidencias e ir en contra de los principios con los que asumí mis 26 años como profesor de tiempo completo en la sede de Manizales de la Universidad Nacional de Colombia y mis 20 como Senador de la república, siempre esforzándome por tomar la verdad de la realidad y no en convertir en ciertas las falsedades porque serían de mi conveniencia personal.

Pero ojalá —aun cuando no es evidente ni lo veo fácil— nuevos desarrollos científicos y tecnológicos permitan que en los próximos 25 años la humanidad sea capaz de reducir en grande las emisiones de GEI y, además, de haber avanzado en la eliminación de los que ya se acumulan, impactando la vida sobre la Tierra.

El efecto invernadero y el cambio climático

El mejor ejemplo de qué es el efecto invernadero lo hemos vivido todos, al sentir la mayor temperatura bajo áreas cubiertas con materiales transparentes que dejan pasar los rayos del sol, como en los patios de ropas de las casas o en los galpones para producir tomates y flores. Con la diferencia de que, a escala global, el aumento de la temperatura de la atmósfera trae consecuencias problemáticas e indeseables de diversos tipos, como los cambios en la temperatura de las aguas del mar y el aumento de su nivel, hasta el punto de poder inundar zonas terrestres y llevar enfermedades a pisos térmicos donde no existen, lo cual afecta a las plantas, los animales, las personas y los ciclos del agua, desencadenando escasez o inundaciones inesperadas en algunos territorios.

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Los cálculos de los científicos dicen que, desde de los días de la Revolución Industrial, por el aumento de los GEI con distintos orígenes, la temperatura de la atmósfera de la Tierra se ha incrementado en 1,1 °C y sigue en aumento, lo que también tiene que ver con el notable crecimiento de la población desde esas calendas. Y los especialistas en el medio ambiente han planteado la necesidad de detener ese incremento hasta desaparecerlo, quedando pendiente la otra parte del problema que también habrá que resolver: disminuir los GEI generados en décadas anteriores y que complican el calentamiento global, por lo que también deben ser reducidos como parte de la transición energética nacional y global que hay que adelantar.

La meta es impedir que la temperatura media de la atmósfera aumente 2 °C en comparación con la época preindustrial, que fue la cifra que se acordó en la COP de Cancún en 2010 y se ratificó en el Acuerdo de París en 2015, objetivo sobre el que hay amplia coincidencia entre los especialistas en que no se logrará, una frustración que no debe llevar a abandonar la lucha mundial que se está librando.

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Este libro empieza por reconocer que en el mundo y en Colombia sí hay problemas de medio ambiente que deben ser atendidos y que, entre ellos, son muy importantes el calentamiento global y el cambio climático, que deben ser abordados con una debida transición energética que, se señala desde ya, luego de décadas de plantearla, no ha avanzado todo lo que se quisiera y se necesita porque, como se verá, la salida del lío es bastante más compleja que lo que deseamos.

Aquí no aspiro a recorrer todos los aspectos de los problemas ambientales de Colombia y el mundo, como se trata, por ejemplo, en el último libro de Manuel Rodríguez Becerra, Nuestro planeta, nuestro futuro. No. Este análisis debe verse como una obra de popularización del problema del cambio climático y la transición energética, haciéndolo de amable lectura, en el sentido de que no detallo ni analizo el ciento por ciento de sus aspectos, sino los que considero esenciales, para no superar el número de páginas que me fijé como meta.

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SAN FRANCISCO (ESTADOS UNIDOS), 18/04/2023.- El presidente Gustavo Petro durante una reunión con estudiantes hoy, en la Universidad de Standford, en California (EE.UU.). Petro aseguró que es una "enorme equivocación" que los países latinoamericanos sigan apostando por el petróleo y el carbón como base de su economía durante una charla que mantuvo este martes en la Universidad de Stanford. "Es una enorme equivocación económica porque la humanidad tiene que dejar el petróleo y el carbón. Depender exclusivamente de eso es depender de un hilo que se va a romper", dijo Petro, quien se reunió con estudiantes y académicos de la renombrada institución.
Foto: EFE/Presidencia de Colombia - Cristian Garavito/Presidencia de Colombia

La controversia con Gustavo Petro

Aquí también planteo mi punto de vista en la controversia que adelanto con Gustavo Petro al respecto, que se remonta a las elecciones presidenciales de 2018, cuando tuvo la ocurrencia de proponer reemplazar las exportaciones de petróleo por las de aguacate. Y, en especial, con su llegada a la Presidencia de Colombia en 2022 y su decisión, obtusa, sin duda, de prohibir la firma de nuevos contratos para buscar hidrocarburos —petróleo y gas— en el país y esta vez no reemplazar el petróleo por aguacates, sino por turistas extranjeros, como si fuera obligatorio escoger entre una y otra actividad. Al mismo tiempo, los demás países petroleros desarrollan esa economía a la par con otros negocios, como el turismo, la industria, el agro o los servicios. Y hacen todos los esfuerzos por no volverse importadores de petróleo, como debe hacer Colombia, cuyas reservas petroleras son escasas, para unos siete años, y el gas natural ya en parte lo estamos importando.

Controversia que no he adelantado guiado por simples razones políticas —porque, por ejemplo, dio papaya con su retórica obtusa de falso ambientalismo—, sino porque en la secta que viene creando ha inculcado una posición abiertamente contraria al pensamiento científico que tanta falta le hace a Colombia, prohijando una retórica agresiva en la que se reemplaza el análisis serio de los hechos por las agresiones a las personas y a sectores políticos.

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¿Puede haber algo más pernicioso para un país que un jefe político nacional se dedique, en temas que exigen rigurosos análisis, a tergiversarlos con retórica, aprovechándose de que una parte de sus seguidores tienen conocimientos escasos y lo siguen por fe, entendida como que se cree en lo que no se puede demostrar, y los otros, los ilustrados, lo apoyen por conveniencias personales o callen para protegerse?

Sobre mi experiencia

No sobra decir que no soy un ambientalista, es decir, especialista en este tema. Porque además de profesor de arquitectura de tiempo completo durante 26 años, llevo 54 años muy centrado en la lucha política, la cual exige, si se asume con rigor, convertirse en un especialista en generalidades, para poder comunicarse en muchos temas con los verdaderos especialistas y, a la par, poder aprender de sus sabidurías y formarse opiniones correctas.

Mi primera lectura sobre el problema ambiental data de 1972 o 1973 —cuando muy poco o nada se hablaba de medio ambiente Colombia— y fue un artículo de Hernando Patiño, quien fue un brillante profesor de Agronomía en la Universidad Nacional de Colombia, sede Palmira. Después publicó su libro Ecología y sociedad, otra de mis lecturas.

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Desde entonces, he leído bastantes publicaciones de prensa y varios libros sobre el medio ambiente. Como profesor de arquitectura me acercaron al tema ambiental mis investigaciones sobre la arquitectura de bahareque, edificada con guaduas y maderas, al igual que me aproximaron mis estudios sobre el café y el agro. En ocasiones presenté ponencias en eventos sobre medio ambiente en la Universidad Nacional de Manizales y en la de Caldas. Y, una vez en el Senado, en uno de mis cinco períodos, hice parte de la Comisión Quinta, que es la de asuntos agrarios, energía, mineros, petroleros y ambientales, frentes que exigieron mejorar mis conocimientos sobre esos temas, apoyado por mi unidad de trabajo legislativo.

Y entre esas primeras lecturas, no olvido dos que me sirvieron en la comprensión del caso que nos ocupa, desde puntos de vista diferentes. Friedrich Engels fue uno de los primeros en el mundo que, en 1876, explicó la contradicción entre el desarrollo económico de la humanidad y el medio ambiente, en su libro El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre:

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Lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina […].

Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de esas victorias la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierras de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de la humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras […]. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre un pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y aplicarlas adecuadamente.

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También leí a Milton Friedman, ortodoxo defensor de la economía de mercado y del neoliberalismo, quien, con llamativa franqueza, hizo una frase que explica por qué es tan difícil que convivan el cuidado del medio ambiente y el afán por las mayores ganancias. Frase que también es cierta en las economías anteriores al capitalismo, la feudal y la esclavista, que igual se orientan por aumentar las ganancias y las riquezas:

Hay una, y solo una, responsabilidad social de las empresas, cual es la de utilizar sus recursos y comprometerse en actividades diseñadas para incrementar sus utilidades.

Del conocido antropólogo Marvin Harris aprendí que los problemas ambientales sí pueden generarles daños catastróficos a sociedades enteras, como el que le atribuyó al fin de la cultura maya en Centroamérica, destruida por su incapacidad para hacer compatibles el crecimiento de la población, el necesario desarrollo agrícola de esa sociedad y el cuidado de su medio ambiente, contradicción que se resolvió con la destrucción de esa civilización y desapareciendo su imponente arquitectura, que fue tragada por la vegetación y que se ha venido redescubriendo.

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Por el Plan Colombia, redactado en Estados Unidos, entendí una realidad importante sobre medio ambiente y las relaciones entre los países. Porque ese texto señala que se deben “conservar las áreas selváticas y poner fin a la expansión peligrosa de los cultivos ilícitos sobre la Cuenca Amazónica y sobre los vastos parques naturales que son a la vez áreas de una biodiversidad inmensa y de importancia ambiental vital para la comunidad internacional”, no para Colombia ni para los países que tienen la soberanía sobre esa cuenca, punto de vista que ha sido rechazado en especial por los gobiernos de Brasil.

Dicho país, con razón, no acepta que la Amazonía se mencione como un territorio de “la comunidad internacional”, cuando no hay ninguna duda acerca de que esa cuenca es parte de los territorios soberanos de Brasil, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Guayana y Surinam, al igual que nadie discute que el parque de Yellowstone es patrimonio de Estados Unidos. Y mucho menos cuando el fracaso de las Conferencias de las Partes (COP) sobre biodiversidad tiene como primera responsabilidad que Estados Unidos se ha negado a suscribir esos acuerdos y sus trasnacionales han saqueado y siguen saqueando la gran diversidad biológica localizada por todo el globo terrestre y en especial en los países del trópico.

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Y en estos años, en los que los colombianos hemos padecido a Gustavo Petro, incluidos sus sistemáticas y ridículas falacias sobre el medio ambiente, he leído más, reflexionado más y escrito más sobre el tema, hasta que consideré necesario publicar esta obra, como una contribución a que se entienda que, en este tema y en general en todo, estamos ante alguien que padece de una gran ignorancia, que no reconoce, y que carece de una visión democrática para actuar en Colombia y en el mundo.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Jorge Enrique Robledo fue congresista entre 2002 y 2022, elegido diez veces mejor senador, candidato a la Presidencia y a la Alcaldía Mayor de Bogotá, y fundador del partido Dignidad & Compromiso. Como autor, ha publicado más de 15 libros, entre los que se destacan Sin pelos en la lengua (Aguilar, 2024), La corrupción en el poder y el poder de la corrupción en Colombia (Aguilar, 2016), www.neoliberalismo.com.co (2000), El café en Colombia (1998), La ciudad en la colonización antioqueña: Manizales (1996), Un siglo de bahareque en el Antiguo Caldas (1993), El drama de la vivienda en Colombia (1985).

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Por Jorge Enrique Robledo * / Especial para El Espectador

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