6 Apr 2021 - 11:00 a. m.

El científico colombiano que está ayudando a conservar los océanos

En medio de una oleada de atención hacia los impactos de los humanos en los océanos, una investigación publicada en “Nature” revela cuáles son las áreas más importantes para su protección y conservación. Un científico de datos marinos colombianos participó del estudio que busca resolver tres de los desafíos más urgentes de nuestro siglo.

En las últimas semanas mi cronología de Twitter e historias en Instagram han estado llenas de comentarios sobre Seaspiracy, el nuevo documental de Netflix que (aunque con mucha controversia) ha hecho visibles algunos de los impactos más graves de los humanos en el océano: la contaminación por plástico, la pérdida de biodiversidad y, sobre todo, la sobrepesca. Sin duda, con el documental se logró que millones de personas entendieran la importancia de su conservación, pero los vacíos que dejó también fueron abismales.

Para ser breves, una de las críticas principales que hace el director y protagonista del documental, Ali Tabrizi, es que es imposible que exista la pesca sostenible y que, por el contrario, todas las pesquerías están sobreexplotadas para cubrir con la demanda de una población que crece y crece. En su argumento, las ONG y gobiernos son parte del juego de las grandes industrias y, hasta su documental, nadie se había dedicado a hacer visibles y denunciar todas estas problemáticas. Por lo que, tras una hora y media de emociones, llega a una solución sencilla (y poco respaldada por la ciencia): para salvar el océano hay que dejar de comer pescado.

Su alternativa no solo es poco viable para las más de 3.300 millones de personas que obtienen del mar sus principales fuentes de proteína o para las millones de familias (casi 820 millones de personas) que viven de la pesca, la acuicultura y otras actividades relacionadas -entre esas muchas familias de pescadores artesanales en Colombia-. También desconoce el trabajo que por años han hecho miles de científicos alrededor del mundo para mejorar nuestra relación con los océanos.

De hecho, siete días antes del lanzamiento del documental, un grupo de 26 científicos (entre biólogos marinos, expertos en clima y economistas) publicaron en la revista Nature uno de los estudios más completos sobre el estado de los océanos y las áreas más importantes para su conservación. Entre el combo, junto a Enric Salas, autor principal del artículo y uno de los investigadores más reconocidos de National Geographic (fundador de la iniciativa Pristine Seas, enfocada en encontrar, estudiar y proteger los últimos lugares salvajes del océano) figuraba el nombre de un científico colombiano: Juan Mayorga.

Mayorga estudió ingeniería ambiental, pero siempre supo que lo suyo no era solo la ingeniería. Le encantaba estar bajo el agua y soñaba con trabajar para National Geographic. Su vida académica lo llevó a formar parte del programa de Oceanografía de la Universidad Nacional (sede Medellín) y a irse becado a Estados Unidos, en donde hizo una maestría en el manejo de recursos marinos y conservación, en la Universidad de Santa Bárbara. Desde entonces empezó a utilizar sus habilidades cuantitativas, y lo que había aprendido como ingeniero en el mar. Desde hace cinco años se dedica, casi a diario, a analizar datos espaciales y satelitales para ayudar a conservar el océano. La investigación “Protegiendo el océano global para la biodiversidad, comida y clima”, ha sido uno de sus más recientes esfuerzos.

“Hoy en día nos estamos casi ahogando en montañas de información, pero no sabemos sacar los conocimientos de esos datos”, asegura el científico colombiano. “Lo que hago es tomar los datos de diferentes fuentes: satelitales, datos de campo, de instrumentos remotos, entre otros, que nos ayudan a analizar información de la actividad pesquera y actividad humana en áreas marinas protegidas”. Su experiencia entre la ciencia de los datos y la conservación marina lo ha llevado a trabajar con Global Fishing Watch, una de las organizaciones más importantes en el rastreo y monitoreo de la pesca a escala global, y a ser parte del equipo de Pristine Seas, de National Geographic. De la mano de estas plataformas apoya a diferentes gobiernos para que conozcan de manera transparente los beneficios y las implicaciones que puede tener la creación de un AMP.

Hace tres años, su equipo de investigación de Pristine Seas recibió unos fondos con los que podían ampliar su margen de trabajo a diez años. La idea, entonces, fue hacer cuatro expediciones anuales, o sea 40 en total hasta 2030, para ayudar a crear nuevas áreas marinas protegidas. “Nos preguntamos: ¿a dónde vamos a ir? ¿En dónde nos enfocamos? Y resulta que no teníamos respuestas. Teníamos que identificar esos lugares tan importantes en el océano que queríamos ayudar a proteger”, señala Mayorga.

A partir de ese momento iniciaron una investigación de más de tres años que buscaba dar respuesta a tres de los desafíos más urgentes de nuestro siglo: la pérdida de biodiversidad, el cambio climático y la escasez de alimentos. Encontraron que un plan inteligente para la protección de los océanos puede contribuir a tener mayor abundancia de comida marina, así como proveer una solución barata y natural para enfrentar el cambio climático mientras se potencian los beneficios económicos. En otras palabras, es el primer estudio que mapea las áreas oceánicas que ayudarían a resolver estas tres.

Para identificar estas áreas dividieron el océano en celdas de 50 x 50 kilómetros cuadrados y desarrollaron un modelo que permitía ver cuáles podrían ser las áreas priorizadas para ser altamente protegidas, ya que podrían tener múltiples beneficios actuales y a futuro protegiendo la biodiversidad y aumentando los suministros de alimentos marinos. Usaron toneladas de datos existentes sobre biodiversidad, pesquerías y sumideros de carbono: 6.000 capas de datos diferentes sobre la distribución de especies marinas, información sobre los lugares en los que los humanos están ejerciendo un mayor impacto en el mar y datos de las más de 1.400 especies priorizadas para el consumo en las pesquerías.

“Hasta ahora los análisis que habían buscado los lugares más importantes del océano para proteger se habían enfocado en una definición bastante estrecha de lo que es biodiversidad: el número de especies en un determinado lugar”, explica el investigador. “Sin duda eso es una parte de la biodiversidad, pero no el todo”. Por eso, para este nuevo estudio incorporaron aspectos como la historia evolutiva de la vida marina o la función que tienen las especies en el ecosistema. “Hay animales que son como los únicos sobrevivientes de una rama del árbol evolutivo, una cosa supremamente y evolucionariamente rara, y eso hay que protegerlo. También a las especies que cumplen distintos roles. Queríamos incorporar estos aspectos para tener una visión más integral de lo que era la biodiversidad”, asegura.

AMP, una póliza de seguros

Uno de los grandes problemas que ha dificultado la creación de AMP es la creencia difundida de que conservación va en contra de la prosperidad económica. Que conservación y explotación son completamente incompatibles. “Con este estudio nosotros pudimos tumbar esa creencia de que las áreas protegidas son las enemigas de la industria pesquera y poner en evidencia que las AMP no son enemigas del manejo pesquero tradicional. Por el contrario, en países donde no se tienen los recursos para hacer la ciencia que requiere el manejo y la gestión de pesquerías de manera cuidadosa, las AMP se convierten en una herramienta fundamental a futuro. Dejar áreas sin pescar nos va a producir a futuro muchos más peces, los pescadores se benefician afuera”, explica.

Pero los beneficios no son solamente en términos de alimentación y biodiversidad, “sino también en términos de resiliencia al cambio climático. Un lugar que esté protegido, un ecosistema íntegro, es un ecosistema que está mucho más preparado para enfrentar cualquier tipo de shock ambiental que se nos venga”. En este sentido, Colombia es uno de los países que se ha sumado a la iniciativa de proteger el 30 % de su tierra y el 30 % de sus mares para 2030, una cifra ambiciosa, pero necesaria, que es respaldada también por esta nueva investigación. Sin embargo, hasta ahora ha protegido el 12 % de su área oceánica, y tan solo el 3,8 % está altamente protegida. Asimismo, el país hace parte del 10 % de territorios con áreas de protección de mayor importancia para la conservación de la biodiversidad marina mundial, según el estudio. Con estos mapas, el país y los tomadores de decisiones tienen una buena pista de las áreas marinas más importantes para conservar si queremos alcanzar nuestros compromisos climáticos, proteger nuestra biodiversidad y garantizar que el mar siga brindando alimentos.

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