24 Feb 2021 - 2:45 p. m.

El colombiano que estudió los cambios en los ecosistemas aéreos durante la pandemia

“Antropausa” es el nombre que le dan algunos científicos al drástico cambio de movimiento de los seres humanos que produjo la pandemia. Santiago Zuluaga es un colombiano que se dedicó a estudiar los impactos que tuvo este fenómeno en los ecosistemas aéreos.

Santiago Zuluaga es un biólogo colombiano, egresado de la Universidad de Caldas y fundador de la Fundación Proyecto Águila Crestada-Colombia, que ha dedicado su vida profesional a la conservación del águila crestada (Spizaetus isidori). Una especie endémica de los cielos andinos que está en grave peligro, ya que es perseguida porque se alimenta de gallinas. (Lea: “Antropopausa”, término que sugieren científicos para la “pausa” de la naturaleza por el COVID-19)

El biólogo oriundo de Villamaría, Caldas, consiguió una beca del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina, hace cuatro años, para realizar un doctorado en el que está produciendo una tesis sobre la especie que ha estudiado por años.

Al colombiano lo sorprendió la pandemia en el país en que está realizando sus estudios y en medio de la cuarentena le surgió una duda que compartió con algunos de sus maestros: ¿Cómo impactó la pandemia a los ecosistemas aéreos?

“Los humanos hemos modificado mucho la tierra. Hemos pavimentado, construido vías, muros, edificios, tenemos cultivos y eso no se puede cambiar aun cuando paramos nuestros movimientos. Por más de que paremos dos meses y medio, como ocurrió durante la primera cuarentena global por Covid-19, todo eso que ya construimos va a seguir ahí. Pero con el aire pasa algo totalmente diferente: un cambio en el movimiento de los humanos sí puede implicar un cambio significativo en los cielos, precisamente porque es un hábitat que todavía no está tan impactado”, afirma el colombiano.

“Con la pandemia se empezaron a vivir cambios muy fuertes, entre esos el drástico cambio de movimiento de los seres humanos. Tanto nuestros desplazamiento como los medios de producción se vieron suspendidos. En el mundo científico a este fenómeno se le dio el nombre de antropausa”, afirma Zuluaga.

Aprovechando que no se tiene alguna evidencia de que este fenómeno haya ocurrido antes -ya que ni siquiera durante las guerras mundiales los seres humanos habíamos parado así- y para responder a su pregunta; Santiago junto al Dr. Sergio Lambertucci y la Dra. Karina Speziale, publicaron un artículo científico, el pasado 23 de enero, en la reconocida revista Trends in Ecology & Evolution, sobre los efectos de la antropausa en el hábitat aéreo.

Los tres investigadores utilizaron datos de diversas fuentes para medir la disminución del impacto humano sobre los ecosistemas aéreos y descubrieron que se había ocurrido una disminución de la contaminación en tres ámbitos: auditivo, químico y lumínico.

“Encontramos un descenso importante en la producción de CO2 y otros contaminantes químicos. Además, la contaminación lumínica, que muchas veces hace que los animales que migran se desorienten, también se vio disminuida y encontramos cambios en la contaminación auditiva, es decir, que el ruido que emitimos desde las ciudades también disminuyó”, asevera el colombiano.

El biólogo explica que un buen ejemplo de los efectos positivos de las disminuciones en estos tipos de contaminación es una investigación, publicada en la revista Science en octubre de 2020, que monitoreó el canto de los gorriones en Estados Unidos durante la pandemia. (Puede leer: La positiva del coronavirus: Manos más limpias y cielo azul, lo bueno que ha dejado el brote)

En el periodo de dos meses y medio que se presentó la antropausa de forma más fuerte por el confinamiento, los gorriones cambiaron la frecuencia del canto. Después de 3 o 4 décadas en las que no había existido un cambio significativo en la contaminación aérea, estos animales cambiaron la frecuencia de sus cantos por una que puede llegar más lejos y ser mejor escuchada.

Según Zuluaga, eso revierte un problema que los gorriones estaban teniendo en su comunicación. Ya que si estos animales no se pueden comunicar, no pueden encontrar pareja o cumplir con funciones básicas para su supervivencia.

Además, el artículo de Zuluaga y colaboradores tiene en cuenta otro beneficio para los ecosistemas aéreos: la disminución de choques de aves o mamíferos voladores, como murciélagos, con aeronaves.

Según el estudio, se estima que el número de estos accidentes, que cobran la vida de miles de animales al año, fue reducido en un 60 % en comparación al mismo periodo del año pasado. Eso es aproximadamente 2000 choques menos sólo en Estados Unidos, país que tomaron como muestra por la disposición de datos, aunque esta información se puede extrapolar como una reducción al resto del mundo.

Con la información que recolectaron, Zuluaga, Speziale y Lambertucci, plantearon algunas propuestas que los gobiernos deberían seguir para que este cambio positivo global no vaya a reversarse al regresar a la vida Post-Covid y debido a la necesidad de reactivar la economía en todos los países.

“Nosotros proponemos cosas que están en sintonía con otras propuestas que ya se vienen haciendo”, explica Zuluaga. (Le puede interesar: Más de 150 países acuerdan combatir la “triple crisis” ambiental de la Tierra)

Estas son algunas de las propuestas de los investigadores:

Crear reservas aéreas

Según el experto colombiano, para que las especies puedan migrar de forma adecuada, hay que cuidar los espacios aéreos donde se acumulan miles de individuos en un mismo día. Por ejemplo, en zonas como el tapón del Darién o el estrecho de Gibraltar, en Europa. Estas zonas son muy delicadas y hacer proyectos como molinos de viento para producir energía eólica podrían ser devastadores para las especies aéreas. Reservas aéreas que limiten el tráfico aéreo y la cantidad de luz que se emite desde las ciudades en la noche, podrían ser alternativas viables,

Aumentar el transporte en medios más amigables con el ambiente

Los aviones producen mucho CO2 que contamina químicamente los ecosistemas aéreos. Los expertos recomiendan que, de ser posible, se deben hacer más viajes en tren o en carro para disminuir el impacto ambiental de los viajes.

Disminuir la cantidad de vuelos de drones

Estas herramientas que están en auge causan una fragmentación del aire que crea barreras artificiales que dificultan el movimiento de especies voladoras. Reducir la cantidad de vuelos que realizan estos artefactos podría ayudar a la salud de los ecosistemas aéreos. (Podría leer: “Sin biodiversidad no hay recuperación económica”: Foro Económico Mundial)

Incrementar la producción y el comercio local para reducir el consumo de bienes que tienen que ser transportados grandes distancias, generando contaminación.

Promover el desarrollo de ciudades verdes, el consumo de alimentos sanos y ambientalmente amigables (desde su producción, su transporte y su consumo).Si se tienen en cuenta estas medidas, Zuluaga está seguro de que además de disminuir los impactos ambientales, también se podrá aportar a cumplir acuerdos globales para el beneficio del medio ambiente como el Acuerdo Climático de París.

Zuluaga además, recuerda que en el hábitat aéreo se producen interacciones muy importantes para los ecosistemas como la dispersión de semillas y el movimiento de especies que se alimentan de animales muertos y limpian los ecosistemas, y hay muy poca atención sobre ellos: “Todavía creemos que el aire es infinito, como creímos que la tierra y el mar lo eran. Debemos comenzar a considerar el espacio aéreo como un hábitat el cual también necesita medidas de conservación”.

Comparte:
X