2 Apr 2020 - 8:16 p. m.

El grupo de indígenas que estudia sus peces en la Estrella Fluvial Inírida

Desde 2015, las comunidades locales del tercer sitio Ramsar más grande del país, ubicado en los departamentos de Guainía y Vichada, realizan una investigación sobre las especies de peces que consumen en su territorio. Estos son algunos de los resultados e historias que ha dejado el proceso.

Luisa Ortiz Luna*

Con papel y lápices de colores, José Sánchez, pescador indígena en la comunidad de Veraniego, en Vichada, dibuja un pavón amarillo; una de las muchas especies de peces que viven en este territorio. Al lado, en una mesa de madera, está servido en un plato el pescado que inspira su pintura. Junto a este, una libreta en la que está escrito el nombre de la especie en lengua indígena y español, y algunos detalles, como tamaño, peso, la hora y el lugar de su captura.

José es monitor de pesca y su comunidad, una de las que viven en el complejo de humedales del sitio Ramsar Estrella Fluvial Inírida (EFI), en la zona de transición entre la Amazonia y la Orinoquia de Colombia. Esta área, designada en 2014 con esta categoría de conservación y uso sostenible, es de vital importancia para el planeta por su riqueza en biodiversidad y agua dulce. (Vea: Cerros Mavicure, Pajarito y Mono: los hermanos separados por el río Inírida)

Como José, en la EFI hay más de treinta monitores locales de pesca que desde 2015 han recopilado información sobre las especies que pescan: nombres, lugar de captura, nivel de las aguas (temporada de lluvia o seca), método de pesca, peso y tamaño de los pescados, entre otros datos claves. Para este proceso han recibido apoyo de WWF-Colombia, la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (Aunap), el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible (MADS), el Instituto Sinchi y la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y Oriente Amazónico (CDA).

Con esta iniciativa, los pescadores han obtenido resultados destacables. Uno de ellos ha sido el desarrollo de los primeros Acuerdos de Pesca Local, que actualmente revisa la Aunap. En caso de ser aprobados por la autoridad pesquera nacional, estos acuerdos generarían una resolución de ordenación de recursos pesquero de las cuencas bajas de los ríos Atabapo, Inírida y Guaviare, destacando las artes de pesca legales permitidas dentro de los territorios y los ajustes a las vedas que se deberían hacer de acuerdo con los ciclos reproductivos de las especies, lo que prohibiría su captura, comercialización y consumo en un determinado tiempo, para asegurar su conservación y uso a largo plazo.

Para la comunidad de monitores, estos ajustes son más que necesarios. Según la información recopilada durante estos cinco años, los tiempos de desove de las especies —es decir, la época de reproducción— y las tallas mínimas de captura están desactualizados.

“En la comunidad nos hemos dado cuenta de que los pescaditos no son los mismos. Antes uno los atrapaba más grandes y los conseguía más a menudo. Ahora puede que usted consiga pescar o puede que no corra con tanta suerte. Con el monitoreo le ponemos más cuidado a lo que tenemos en nuestros caños y sabemos que si cuidamos la zona, los pescaditos no se van a acabar tan rápido” dice Flor Tatiana García, una de las monitoras de pesca de la comunidad de San Luis.

Rosa Durán, quien hace parte de la Junta Directiva de la Mesa Ramsar, agrega: “Todo este proceso nos ha ayudado a fortalecernos como comunidades indígenas dueñas y conocedoras del territorio ante las instituciones, pues a partir de los resultados científicos podemos justificar lo que ya sabíamos por vivir en la región y conocerla desde la sabiduría tradicional. Los datos y soluciones que resultaron del monitoreo ya los conocían nuestras autoridades tradicionales y ahora, gracias al proceso, están siendo conocidos por todos, incluso por aquellos que llegaron hace poco”.

El proceso de monitoreo de pesca ha sido tan importante para las comunidades que, a finales de enero de 2020, decidieron realizar un encuentro entre los monitores de la región para intercambiar experiencias y aprendizajes, y pensar nuevas estrategias de trabajo para mejorar la actividad. La idea de las comunidades es seguir monitoreando sus territorios y utilizar la información recopilada para el ordenamiento pesquero de la región, lo cual permitirá la sostenibilidad del recurso y un comercio más justo para las especies ornamentales, donde cada especie tiene un precio diferente en el mercado internacional.

A este evento —apoyado por el MADS, CDA, WWF-Colombia, el Instituto Sinchi, el proyecto GEF-Corazón de la Amazonia y la Mesa Ramsar— asistieron 18 monitores de pesca y fauna de cacería locales y organizaciones estratégicas como la Gobernación del Guainía, la Alcaldía de Inírida, el SENA, Asocrigua, varios colegios del sector y otras organizaciones interesadas, como Inefram, Acefin, la Defensoría y la Fundación Akayú. (Puede leer: “La minería a gran escala amenaza el territorio y la vida de los pueblos indígenas de la Amazonia”)

Del monitoreo a la cultura

El proceso de monitoreo no solo ha contribuido al conocimiento científico de las comunidades. Gracias a un proceso liderado por WWF-Colombia, el Instituto Sinchi, el proyecto GEF-Corazón de la Amazonia, el Instituto Humboldt, la Universidad del Tolima y la Universidad de Ibagué, hoy los jóvenes monitores de las comunidades conocen los nombres de las especies en idioma indígena y en castellano, y resaltan la importancia de la sabiduría ancestral que acompaña su cultura.

“Nos dimos cuenta de que lo que íbamos descubriendo a través de la ciencia ya lo conocían nuestros sabedores y esto nos ayudó a valorar más nuestros conocimientos ancestrales. Ahora los jóvenes volvimos a la costumbre de sentarnos con los abuelos a preguntar y conversar sobre nuestro territorio. El monitoreo nos despertó el interés de conocer esas historias de origen que dan razón de las especies y el porqué de los nombres de cada animal”, explica José.

Aunque no ha terminado su labor de dibujar todos los peces de la región, José quiere crear una cartilla de peces para niños, donde se incluyan no solo los resultados del monitoreo, sino también el conocimiento ancestral que tiene su cultura sobre estos peces y sus orígenes, para que se transmita de generación en generación.

La comunidad de Santa Rosa, en Caño Bocón, tiene una idea similar. Allí, monitores de pesca como Ricardo Medina reconocen la importancia de replicar la información a los niños de las comunidades, para crear conciencia y asegurar la permanencia de los recursos en el futuro. (Le puede interesar: Guainía y los cerros de Mavicure, un encuentro con el origen sagrado)

“Lo que estamos buscando es llegar a las entidades y las escuelitas en las comunidades para que conozcan la información de lo que hacemos. Por eso hacemos los escritos en nuestro idioma en cada región, donde se está llevando a cabo el monitoreo, para que las futuras generaciones las conozcan”, explica Ricardo.

En búsqueda de la economía sostenible

En las comunidades se escucha que el monitoreo les ha abierto los ojos a muchos. Pero no solo se refieren a aprender sobre el estado de la riqueza en el territorio, sino también a la posibilidad de conocer acerca de nuevas oportunidades para ganarse algunos pesos extra. Aunque la situación económica del territorio enfrenta presiones como el aumento de la población en el casco urbano y la migración de venezolanos, las comunidades están emprendiendo procesos de turismo sostenible, como la pesca deportiva y el avistamiento de aves, que les ayudan a mantener a sus familias.

Tal es el caso de la comunidad La Ceiba, donde Wilber Suárez y su padre, Delio, lideran un proceso de pesca deportiva desde hace unos dos años. “Lo vimos en Youtube y nos pareció interesante, porque es una forma de aprovechar nuestros medios, sin necesidad de contaminar. Así que investigamos y empezamos a prepararnos para empezar el proyecto”, explica Wilber.

Desde entonces, junto a la comunidad, decidieron detener la pesca en una de las lagunas del territorio, para que las poblaciones de peces se recuperaran, pues Wilber explica que “antes, personas de nuestra comunidad e incluso de otras comunidades venían a pescar todos los días y en grandes cantidades a esta laguna, dejándola en los últimos días de verano sin un solo pez. Nos tocaba esperar hasta que las aguas subieran de nuevo para que se llenara, pero tan pronto como llegaban los peces, se acababan, pues realizábamos una pesca exhaustiva. Entonces lo que hicimos fue poner un celador y no dejar que nadie pescara allí, así podría recuperarse la laguna”.

Los resultados de este proyecto son motivo de orgullo y alegría para la comunidad, pues hoy la laguna recuperó todas las especies de peces que la habitaban y tanto la cantidad como la calidad de los animales están mejorando. “En tan solo dos años los peces volvieron a abundar y gracias a eso, gente de afuera nos visita. Nos dicen, cuiden su laguna, porque la tienen muy bonita”, agrega Wilber.

Las mujeres y el monitoreo

Ser mujer indígena y participar en un proceso de monitoreo no es una labor fácil. Al menos en un principio fue así para Flor Tatiana Gómez, una de las pocas monitoras de pesca que tiene la región. Para ella, todo empezó porque su padre debía ausentarse a menudo de casa, y su madre y ella tuvieron que aprender a pescar para poder comer. “Antes se burlaban de nosotras por salir a pescar. Decían que es un trabajo de hombres, pero como mi papá a veces está lejos, no puede salir a pescar por nosotras. Aprendimos y gracias a eso, para mí fue mucho más sencillo vincularme al proceso de monitoreo, algo que desde siempre me llamó la atención, porque me gusta aprender cosas nuevas”.

Su padre, Ismael García, uno de los monitores de pesca en la región, le enseñó todo lo que necesitaba saber del ansiado proceso: “Me llevó a una de sus pescas y me enseñó tanto a medir los peces como a anotar en la libreta lo necesario para el registro”. (Podría leer: La disputa por cuatro millones de hectáreas en el Guainía)

Actualmente, Tatiana es monitora en su comunidad de San Luis y para ella, a pesar de las miradas indiscretas, burlas y críticas que recibió en un principio, participar en el proyecto es un honor. “Me siento muy orgullosa, pues estoy representando a las mujeres de mi comunidad en el proceso y muchas personas me han mostrado su apoyo diciendo que es muy valioso lo que hacemos”.

*Consultora de comunicaciones WWF-Colombia

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