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En las ciudades, las aves han desarrollado adaptaciones para sobrevivir. Los carros en movimiento, por ejemplo, son una característica importante del entorno, y las aves aprenden no solo a evitar el peligro que representan, sino también a explotarlos de diversas maneras. Los científicos saben que los cuervos ( Corvus spp.) dejan caer nueces, pequeños vertebrados, moluscos con cáscara y otras presas y alimentos en carreteras concurridas para que los autos los maten o los aplasten. O se sabe también que las aves carroñeras monitorean o patrullan rutinariamente las carreteras concurridas para atrapar inmediatamente los animales atropellados. Sin embargo, no se había visto, hasta ahora, que las aves entendieran la dinámica de los semaforos y los utilizaran a su favor.
Una nueva investigación publicada en la revista Frontiers in Ethology presenta el caso de los halcones Accipiter, cazadores sigilosos que no cazan al vuelo como los halcones peregrinos. En lugar de eso, prefieren esconderse, observar con atención y atacar por sorpresa. Usan elementos del entorno —como árboles, edificios o coches— para esconderse mientras se acercan a sus presas. Este método implica planificación anticipada, conocimiento del comportamiento de sus presas (saben por dónde se moverán) y alta observación y toma de decisiones rápidas. “Su inteligencia y flexibilidad los convierten en cazadores muy exitosos”, escribe el autor de la investigación. El gavilán de Cooper (A. cooperi) comenzó a utilizar las ciudades como hábitat de reproducción e invernada en la década de 1970 y rápidamente se convirtió en el más exitoso colonizador de ciudades.
Aunque hasta ahora solo se conocía una técnica de caza en ciudades para los gavilanes de Cooper —la de cazar cerca de luces artificiales—, entre 2021 y 2022 el autor del estudio descubrió algo nuevo y sorprendente: estos halcones usaban los carros detenidos en un semáforo como escondite para acercarse sin que las presas los vieran. Además, prestaban atención a las señales sonoras para personas ciegas, que indican que el semáforo en rojo durará más tiempo. Esto les daba una pista muy importante: si el semáforo estará en rojo más tiempo, se formará una fila de carros más larga, lo que les da más escondites y más tiempo para planear su ataque. En otras palabras, los gavilanes de Cooper aprendieron a usar las señales del tráfico humano como parte de su estrategia de caza.
“Este parece ser el caso más avanzado de adaptación de las aves rapaces al uso de los patrones de tráfico registrado hasta la fecha”, cree el autor del estudio.
¿Cómo lo hace?
El estudio se llevó a cabo en West Orange, una ciudad en Nueva Jersey, Estados Unidos, específicamente en una intersección entre dos calles que los autores llaman “Main Street” y “Side Street”. Main Street era una calle más ancha y con mucho tráfico. En cambio, Side Street era tranquila, aunque en las mañanas, durante las horas pico, se formaban pequeñas filas de carros cuando el semáforo se ponía en rojo. Normalmente, esa fila no pasaba de cuatro autos y llegaba solo hasta la casa número 4. Sin embargo, cuando un peatón presionaba el botón para cruzar por Main Street, el semáforo en rojo duraba mucho más —de 30 segundos pasaba a 90 segundos—, lo que hacía que la fila de carros se extendiera hasta la casa número 10. Además, cada vez que alguien presionaba el botón, se activaba una señal sonora diseñada para ayudar a las personas con discapacidad visual.
Esta señal sonora duraba alrededor de 45 segundos. En promedio, los peatones cruzaban entre 2 y 6 veces por hora, así que solo algunas fases del semáforo eran más largas, y las señales de sonido estaban activadas alrededor del 4% del tiempo total.
La casa número 2 tenía un detalle muy importante: sus habitantes acostumbraban a cenar afuera y, sin querer, dejaban migas y restos de comida. Esto atraía a una pequeña bandada de aves, como gorriones, tórtolas y estorninos, que se alimentaban allí a la mañana siguiente. El gavilán de Cooper, una especie de ave rapaz que normalmente no vive todo el año en esa zona, aparecía en invierno. Aunque no es común verlo anidando en la ciudad, dicen los científicos, sí se le puede ver ocasionalmente durante esta época.
En noviembre de 2021, el autor del estudio notó algo curioso: cada mañana, al pasar por esa intersección, veía un gavilán de Cooper joven escondiéndose entre los carros que esperaban el cambio del semáforo. Usaba los carros detenidos como camuflaje para acercarse sin ser visto a las aves que comían frente a la casa 2. Después de notar este comportamiento, decidió observarlo con más detalle. Para eso, se estacionó frente a la casa número 9 y comenzó a registrar lo que veía entre las 7:30 y las 9:00 de la mañana.
Hizo esto durante 18 días, entre diciembre de 2021 y marzo de 2022, sumando un total de 12 horas de observación. Solo observaba entre semana, porque los fines de semana no había tantos carros en fila. También evitaba los días con lluvia o nieve reciente, ya que si había mal clima, los habitantes de la casa 2 no comían afuera y, por lo tanto, no había sobras para atraer a las aves. Algunas mañanas no había bandadas, sin una razón clara.
Durante las 12 horas que duró la observación, se registraron seis intentos de ataque por parte del gavilán. Desde el punto donde estaba estacionado el observador, en la calle lateral (Side Street), era posible ver al halcón acercarse a la zona donde se reunían los pájaros, pero no el momento exacto del ataque, así que no siempre fue posible saber si el ataque había sido exitoso. En una ocasión, sin embargo, se vio al halcón llevándose un gorrión en sus garras, y en otra, se lo observó comiendo una tórtola en el suelo cerca del lugar del ataque. Después de cada intento, los pájaros se dispersaban y no volvían durante el resto de la mañana. Nunca se registraron más de un intento de ataque en un mismo día.
Los primeros dos días de observación sirvieron para entender el patrón que seguía el halcón. En los siguientes cuatro ataques, su comportamiento fue el mismo: primero se posaba en un árbol frente a la casa número 11 y esperaba mientras la fila de carros crecía. Gracias a los autos estacionados, el halcón podía esconderse sin ser visto por sus presas. Cuando la fila llegaba hasta la casa número 8, volaba bajo, casi al ras del suelo, siguiendo la acera de Side Street. Luego giraba a la derecha debajo del árbol frente a la casa número 1 y cruzaba entre los carros hacia la zona donde estaban los pájaros, frente a la casa 2.
Durante el cuarto ataque, el observador se dio cuenta de algo muy curioso: el halcón aparecía justo cuando las señales sonoras del semáforo estaban activadas. Estas señales se encendían cuando un peatón oprimía el botón para cruzar la calle, lo que prolongaba la luz roja y, por lo tanto, alargaba la fila de vehículos. Esto sucedía en solo el 3,75 % del tiempo, así que la coincidencia era muy baja si hubiera sido algo casual. En los siguientes dos ataques, el halcón también llegó al árbol antes de que la fila creciera, pero justo cuando las señales sonoras estaban activadas. Esto sugiere que el halcón había aprendido a asociar el sonido con una mayor probabilidad de éxito en la caza.
“El comportamiento descrito aquí es una impresionante hazaña de inteligencia, que explica en gran medida la capacidad de la especie para colonizar con éxito un entorno tan inusual y peligroso como el paisaje urbano”, escribe el autor. “Uno solo puede imaginar el nivel de conocimiento y comprensión del entorno que poseen los halcones”.
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