8 Jul 2020 - 11:45 p. m.

El hombre que ha pasado toda la cuarentena en un jardín botánico

Alberto Gómez es un abogado apasionado por la botánica. El hombre de 72 años lleva desde marzo, cuando inició la cuarentena, viviendo en el Jardín Botánico del Quindío.

Agencia AFP

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Entre un tupido bosque andino sobresale la cabeza blanca de Alberto Gómez. Cuando estalló la pandemia en el segundo país más biodiverso del mundo, convirtió en su casa el jardín botánico que fundó hace más de cuarenta años en Colombia.

Sin los treinta trabajadores que lo acompañan habitualmente y lejos de su familia en Bogotá, el hombre de 72 años trabaja día y noche para mantener a flote el proyecto de su vida.

"Estoy viviendo aquí, en este jardín botánico del Quindío (oeste), desde el mes de marzo porque aquí me cogió la pandemia", dice a la AFP en medio de 600 especies de plantas nativas que crecen a lo largo y ancho de 14 hectáreas de tierra.

Cuando Colombia entró en confinamiento el 25 de marzo para evitar la expansión del nuevo coronavirus, el parque ecológico dijo adiós a su principal sustento: el turismo. Unas 60.000 personas visitaban anualmente el jardín situado en plena zona cafetera, en el municipio de Calarcá.

Desde entonces Alberto es jardinero, vigilante, empleado doméstico, administrador y “dictador”, reconoce entre carcajadas, “porque aquí no se mueve una hoja sin mi consentimiento”.

Para seguir pagando los salarios de sus empleados, tocó las puertas de los bancos sin éxito. Luego recurrió al "crédito de usura" y lanzó un grito de auxilio en redes sociales.

"Este jardín fue (...) por decirlo de alguna manera gráfica, parido por mí", recuerda. Y antes que marchitar su sueño la crisis lo empujó a renovarse.

"Nos reinventamos, como dicen ahora", dice y se ríe.

Abogado de profesión, Alberto empezó a interesarse por las plantas hace unos 50 años, cuando se convirtió por azar y por querencia en "jardinbotanólogo". El derecho le ha permitido sobrevivir económicamente y darle rienda suelta al centro de conservación ecológica.

"Me fui metiendo en un mundo fascinante. Como dicen los españoles, fue como descubrir otro Mediterráneo", explica.

Orquídeas, bromelias, lauráceas, suculentas, plantas carnívoras, acuáticas, medicinales, un museo de palmas, otro de geología y suelos, un zoológico de insectos, un mariposario, un jardín para niños con plantas de otras partes del mundo, una biblioteca de ecología, un auditorio y una sala de cine integran el jardín donde Alberto pasa el encierro.

Con la firma del histórico acuerdo de paz de 2016 que disolvió a la guerrilla de las FARC, “aumentamos del 5% al 20% los visitantes extranjeros”, pero “la cuarentena colapsó el turismo internacional, nacional y local”, lamenta.

Entonces se lanzó en “una especie de reingeniería” con una campaña que llamó “SOS por el Jardín Botánico del Quindío”. Protagonizó un video en el que invita a comprar árboles, apadrinar plantas o zonas del jardín y apoyar proyectos con donaciones.

En una finca aledaña, los 30 empleados sembraron más de 70.000 ejemplares de plantas nativas de 37 especies y, con las ventas, Alberto pudo pagar los salarios de mayo y junio.

Su propósito es salvar del cierre este lugar que sobrevive “en medio del caos de las deforestaciones, de la degradación de ecosistemas, del calentamiento global y de la extinción de especies nativas”, asegura. Y está teniendo éxito.

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