Durante siete días las llamas envolvieron al precioso pueblo colonial de Villa de Leyva, de terreno semiárido a 2.150 metros sobre el nivel del mar en el centro de Colombia, así como el parque nacional y el páramo de Iguaque que se yerguen encima suyo.
A los tres los considero mi hogar. Son el lugar que elegimos para vivir con tranquilidad tras la pandemia, para formar una familia y criar a nuestra hija en un entorno más verde. Así ha sido. Hasta que llegó este anómalo fenómeno de El Niño, acompañado en Colombia por precipitaciones por debajo de promedios históricos y un terreno fértil para incendios forestales como el que inició el sábado 19 de septiembre cuando yo abordaba un vuelo para asistir, no sin cierta ironía, a una Semana del Clima en Nueva York a la que no llegué. Quince años como periodista ambiental y siete reporteando sobre cambio climático no me prepararon para vivir en primera persona un incendio que amenazó con devastar mi comunidad.
A las 4 pm del domingo 20, el presidente Abelardo de la Espriella anunció en un tuit triunfalista: “el incendio (…) está controlado en un 50% y confinado en terreno”. Así anticipaba “extinguirlo por completo”. En esos momentos, uno de los peores de la conflagración, mi familia y toda nuestra vereda acababan de ser evacuadas. A varios vecinos el fuego les llegó a cinco metros de sus casas.
Faltaban seis días -y la dedicación intensa de vecinos y funcionarios- para extinguirlo realmente por completo.
En extenuantes jornadas solo interrumpidas por el anochecer, entre dos y seis helicópteros hicieron cientos de sobrevuelos descargando chorros de agua en las laderas y los cañones más inaccesibles de este pequeño pero escarpado macizo de la Cordillera Oriental.
Centenares de bomberos, guardaparques y voluntarios apagaron llamas con palas, cortaron vegetación en líneas para frenar su avance y controlaron focos de cenizas tan calientes que emitían chirridos siniestros al recibir el agua asperjada con fumigadoras manuales. Cargaron bidones, a veces kilómetros, para enfriar las brasas bajo tierra que consumían las raíces de gaques (Clusia multiflora) y robles blancos (Quercus humboldtii) nativos. En el recóndito robledal de Papayal, el mejor conservado del parque nacional, extendieron 2 mil metros de mangueras hasta el centro del bosque. Cientos de voluntarios coordinaron donaciones de herramientas, guantes y gotas oculares, transportaron a las personas hasta los puntos de trabajo y repartieron agua y comida.
La tarea fue inmensa porque no sólo enfrentábamos el fuego, sino la cantidad de plantas pirófilas -o “amantes del fuego”, en palabras del biólogo y habitante local Felipe Rubio Torgler- que, tras siglos de transformaciones humanas, predominan en la ladera frente al pueblo. Pinos patula, eucaliptos, helechos marraneros (Pteridium aquilinum) y especialmente el pasto gordura (Melinis minutiflora), todas plantas importadas y consideradas invasivas porque son voraces consumidoras de agua, acidifican el suelo, impiden que otras plantas crezcan y actúan como callejones que esparcen las llamas. En resumen, multiplican el riesgo de descontrol del fuego.
Para extinguir las llamas trabajamos unidos habitantes locales (llamados ‘nativos’ aquí), adoptivos como nosotros (‘vinculados’ en la jerga local) y vecinos de municipios aledaños, además de las autoridades municipales, departamentales y nacionales. Ese espíritu de comunidad, esos lazos de solidaridad y ese sentido de organización espontáneo -aun en un pueblo que perdió a su alcalde hace cuatro meses por un caso de corrupción y donde no había batefuegos a la venta- salvaron al casco histórico declarado patrimonio nacional y al núcleo central del parque nacional. Un conjunto natural y cultural que Colombia postuló como Patrimonio de la Humanidad.
Increíblemente no murió nadie. Aún no hay datos de casas afectadas. Las llamas llegaron a 100 metros de la nuestra, que salvaron providencialmente decenas de conocidos y desconocidos al contener las llamas hasta que un helicóptero de la Gobernación de Boyacá extinguió el foco que avanzaba cuesta abajo por un pinar. Historias similares cuentan decenas de vecinos en el pueblo de 20 mil habitantes que vive sobre todo del turismo.
El saldo preliminar del incendio es desolador: se quemaron 1487 hectáreas de monte, entre subpáramo, bosques de roble andino y sobre todo herbazales, incluyendo 700 hectáreas en la parte sur del parque nacional Iguaque (la décima parte de su área). Una tragedia que también es un momento propicio para recordar por qué dependemos de los páramos y los bosques andinos, qué tanto los entendemos y qué tanto estamos esforzándonos por mantenerlos en buen estado.
Islas en la punta de los Andes
Con sus grandes extensiones de pajonales y cojines húmedos en la cima de la cordillera, casi siempre cubiertas por una capa de niebla apenas interrumpida por las siluetas de los espigados frailejones, estos ecosistemas de alta montaña y suelos perennemente encharcados atraen a los científicos desde hace décadas.
Hogar de especies emblemáticas como el cóndor (Vultur gryphus), el oso de anteojos (Tremarctos ornatus) y la danta de montaña (Tapirus pinchaque), los páramos son como islas en la cima de la cordillera, cuyas plantas y animales desarrollaron adaptaciones únicas para sobrevivir al clima extremo. “Quizá en ningún otro lugar se puedan encontrar reunidas, en un espacio tan reducido, especies tan bellas y notables desde el punto de vista de la geografía vegetal”, escribió el explorador y naturalista alemán Alexander von Humboldt cuando pasó por un páramo hace dos siglos. La ciencia le da la razón: un 60% de plantas en páramos solo se encuentra allí.
Son además los parajes que más rápidamente evolucionan en el planeta, según descubrió una investigación hecha por el botánico Santiago Madriñán y el genetista vegetal Andrés Cortés, ambos colombianos. Una sola hectárea de páramo puede almacenar hasta 2000 toneladas de carbono en sus turberas o humedales, que es entre 5 y 10 veces lo que captura un bosque tropical, según midió el ecólogo Juan Carlos Benavides.
Además, en los páramos entre el sur de Colombia y el norte de Perú nacen muchos de los ríos que nutren la cuenca amazónica y ayudan a sostener un circuito que suelta agua desde la punta de los Andes hacia el caudaloso Amazonas para terminar en el Atlántico, donde el agua inicia el camino de regreso a la cordillera en forma de humedad atmosférica. Allí cae de nuevo como lluvia, en un círculo virtuoso que provee agua a ciudades tan lejanas como Bogotá, Quito, Lima y hasta São Paulo y Buenos Aires. Y, claro, también a Villa de Leyva.
A ese camino de doble vía los científicos lo conocen como el sistema hidroclimático Atlántico-Amazonia-Andes, o AAA, aunque en el imaginario popular caló más el poético nombre de ‘ríos voladores’ que acuñó el meteorólogo peruano José Antonio Marengo para describir el fenómeno de transporte de humedad descubierto por su colega climatólogo brasileño Enéas Salati.
Por ese rol, en estas latitudes decimos que andamos ‘emparamados’ cuando un aguacero nos empapa.
En los países andinos entendemos cada vez mejor esa importancia que tienen los páramos en el ciclo del agua y los servicios que nos prestan para beber, producir alimentos y generar energía. “Buscaré en las nubes, volveré a buscar la gotica de agua que ayer vi pasar”, canta el célebre músico Jorge Velosa, oriundo de un pueblo cercano a Iguaque, en una carranga que sigue el recorrido de una gota desde la cumbre hasta el mar y de vuelta. Más recientemente, los niños colombianos se enamoraron de Frailejón Ernesto Pérez, un personaje animado creado por la televisión pública que les enseña a lavarse los dientes con el grifo cerrado y gastar menos electricidad (dado que, como cuenta este reportaje del proyecto Aguas Partidas, Colombia depende de hidroeléctricas para tener luz).
Aún así, son poco conocidos fuera del norte de los Andes. Quizás por eso no sea una sorpresa que son científicos colombianos y ecuatorianos, cuyos países albergan la mayor parte de páramos en el mundo, los que más vienen estudiando en años recientes sus singularidades.
Pero también son ecosistemas bajo presión permanente. Poblados por 76 mil personas en Colombia, los páramos vienen perdiendo cobertura vegetal por el avance de la ganadería, la agricultura y hasta la minería. Entre mayor deforestación y degradación sufren, más se afectan los servicios ambientales que nos prestan, comenzando por el agua. De ahí que estén en el centro de los debates sobre lo que en los círculos de política pública se llama el pago por servicios ambientales (PSA), guiados por la pregunta: ¿deberían los habitantes de ciudades que dependen del agua que fluye desde los páramos contribuir económicamente a su cuidado?
En Iguaque – Merchán, que incluye el parque nacional que abraza a Villa de Leyva y que ardió durante una semana, pero también otros páramos más pequeños entre Boyacá y Santander, se pueden ver esos problemas. Históricamente uno de los páramos más intervenidos y degradados de Colombia, en sus laderas se ve como las vacas lecheras y los cultivos de papa se van expandiendo a terrenos cada vez más altos. Son ejemplos de un crecimiento acelerado de la frontera agropecuaria a costa de los páramos y su ecosistema vecino, el bosque andino o de niebla, por donde fluye el agua buscando el río Magdalena y después el mar Caribe.
Esponjas en el filo de la cordillera
Unas 17 millones de personas en Colombia y 8 millones en Ecuador dependen del agua de altísima calidad que emana de los páramos. Todas las capitales departamentales andinas colombianas, más Cali, Cartagena, Valledupar, Arauca y Villavicencio, reciben 80% o más de su agua de ellos. Solo Bogotá recibe 14 mil litros de agua por segundo de Chingaza y la mitad de la capacidad hidroeléctrica del país se beneficia del agua que nace allí. Del de Iguaque dependen unas 50 mil personas.
Todos los elementos del paisaje contribuyen a ese sistema que, en palabras del ecólogo ecuatoriano Robert Hofstede, “recoge el agua y regula su flujo”. Sus suelos profundos, llamados andisoles e histosoles, pueden retener grandes cantidades de agua que liberan poco a poco. Entre ellos sobresalen las turberas, con sus cojines de musgo y su fango repleto de materia orgánica que no se descompone por la ausencia de oxígeno. Plantas como los velludos frailejones, los árboles de papel (o Polylepis) que sueltan su corteza como papel mantequilla y las estrellas de páramo en forma de roseta (o Paepalanthus) interceptan el agua de la niebla y la conducen al suelo.
Cada uno aporta su granito de arena -o su gota de agua- en un sistema y un servicio ambiental que cada vez entendemos mejor pero que aún alberga muchas incógnitas. Una de ellas es cuánta agua adicional a la lluvia proviene de la niebla, el rocío o lo que interceptan estas plantas – un fenómeno que los científicos llaman “precipitación oculta” o “lluvia horizontal”.
Un equipo liderado por el ecólogo ecuatoriano Esteban Suárez hizo varios experimentos en un páramo cerca de Quito para entender qué vegetación permite mejor la infiltración de agua en el suelo, un indicador clave de que el ecosistema la logra retener y soltar gradualmente. Concluyeron que la vegetación no perturbada es cuatro o cinco veces más efectiva. Preservar la capa gruesa de plantas en el suelo, advirtieron, es esencial para mantener su capacidad de regular el agua.
Otro grupo de hidrólogos de la Universidad de Cuenca, liderado por Mateo Jerves, probó que las aguas subterráneas alimentan muchas quebradas de páramos, sobre todo en épocas de menos lluvia. Según sus mediciones en una quebrada del páramo de Kimsacocha, el acuífero no solo aportó el 12% del caudal de la microcuenca sino que -al tener en cuenta que también alimenta manantiales y algunos suelos histosoles- su contribución puede subir hasta el 74% del caudal cuando hay baja precipitación.
“Estos esfuerzos de investigación buscan incidir en la política pública y, sobre todo, en cómo se maneja en los páramos la agricultura y la ganadería. En por qué recuperar los humedales, bofedales y turberas. En cómo es esencial guardar esa materia orgánica en el suelo para que se dé esa infiltración y liberación de agua lentamente a los riachuelos y después a las ciudades y los cultivos, para garantizar la seguridad alimentaria e hídrica de todos quienes vivimos allí”, dice la ecóloga de agua dulce Andrea Encalada, que enseña e investiga en la Universidad San Francisco de Quito.
Pese a esos avances, advierte Encalada, la ciencia de páramos no tiene el apoyo estatal que requiere. “Esos grupos de investigación son potentes y buenos, pero son pequeños y hay poco apoyo a la investigación. A pesar de la importancia de lo que están haciendo estos científicos, sigue siendo difícil traducir esta información para políticas públicas y no está llegando como debería llegar”, dice.
Por eso varios, liderados por Robert Hofstede y Esteban Suárez, están creando un panel científico para los ecosistemas andinos que replique el modelo que funciona con éxito en la Amazonia desde 2020. La idea del Panel Científico de los Andes es, al igual que su homónimo amazónico, compilar y sintetizar la información científica que existe e impulsar su uso en soluciones adoptadas como políticas públicas.
Humanos en los páramos
El servicio ambiental de los páramos es, sin embargo, frágil y solo pueden prestarlo si están en buen estado.
En Ecuador, por ejemplo, un 56% del área de páramos tiene alguna categoría de protección ambiental. mientras en Colombia la tiene un 45%. Eso incluye muchos de los parques nacionales más icónicos de ambos países, como Chimborazo o Cotopaxi en Ecuador y, en Colombia, la Sierra Nevada de Santa Marta o Sumapaz (el más grande del mundo). Y por supuesto Iguaque, con su laguna sagrada para los muiscas, que la consideraban “cuna de la humanidad” y lugar de nacimiento de la diosa Bachué.
Sin embargo, fuera de esas áreas protegidas, los páramos deben convivir con prácticas poco sostenibles. Muchas comunidades campesinas han expandido la frontera agropecuaria, tumbando tanto páramo como bosque nublado para meter ganado lechero, sembrar papa o sacar carbón vegetal para cocinar. En Colombia la mayoría de ‘parameros’ son propietarios de minifundios y pobres, según datos del Censo Nacional Agropecuario.
En algunos páramos, como Chiles Cumbal en el sur o Cocuy al noreste de Iguaque, las imágenes satelitales permiten observar potreros de ganadería por encima de los 3500 metros sobre el nivel del mar, como viene monitoreando el geógrafo Germán Narváez de la Universidad de Nariño.
En Iguaque – Merchán, que abarca 20 mil hectáreas, esa afectación ronda la cuarta parte del páramo. Eso lo convierte en el cuarto con mayor porcentaje de coberturas vegetales afectadas por actividades humanas de Colombia, tras los del Altiplano cundiboyacense, Guerrero y Tota – Bijagual – Mamapacha. Todos están en Cundinamarca y Boyacá.
Esa huella humana no sólo reduce la cobertura vegetal y afecta el correcto funcionamiento de estos ecosistemas; también sufren la calidad del agua y los suelos. Remover la tierra con tractor ocasiona que pasen de ser sumideros de carbono y quizás metano (como probó una investigación reciente en Costa Rica) a liberar gases de efecto invernadero a la atmósfera, agravando la crisis climática que en buen estado ayudan a aplacar. Sin cercas en las quebradas, las vacas defecan en el agua y la contaminan desde el nacimiento. Lo mismo ocurre con los agroquímicos usados en los cultivos.
También la minería acecha. Colombia, consciente de su importancia hídrica, prohibió la minería y extracción de hidrocarburos en páramos en 2016, aunque debió lidiar durante una década con tres demandas de empresas extranjeras que buscaban oro en el páramo de Santurbán, en el vecino departamento de Santander. Al final las ganó.
De algunos de estos problemas hay evidencia científica. Los hidrólogos ecuatorianos Bert De Bièvre y Vicente Iñiguez probaron que la reforestación del páramo con el pino patula invasivo, extendido por Colombia y Ecuador, reduce el caudal de los ríos que allí nacen hasta en un 50%. Esa caída en el flujo de agua, advirtieron, puede poner en riesgo el suministro y cobra relevancia en épocas de sequía como la que facilitó el incendio en Iguaque. Otro estudio encontró que los suelos cultivados por dos años en páramos de Ecuador pierden un 16% de capacidad de retener agua.
Cuando los páramos pierden capacidad de proveer agua, coinciden los estudios, suele ser porque han perdido sus suelos ricos en materia orgánica o su vegetación.
Vivir mejor en el páramo
En las últimas dos décadas, cientos de científicos y técnicos ambientales vienen pensando cómo incentivar modos más sostenibles de vivir en el páramo. Solo en Colombia se han sucedido al menos cinco programas, financiados por una mezcla de recursos públicos y cooperación internacional.
Estas iniciativas han ido perfeccionando una caja de herramientas que busca lo que la Ley de Páramos, aprobada en 2018, llamó una “gestión integral” del ecosistema. A grandes rasgos, apunta a cuatro objetivos simultáneos: trabajar con las comunidades que viven allí para fortalecer su gobernanza y pensar soluciones, conservar las áreas en buen estado, restaurar las que están degradadas y volver las actividades productivas más sostenibles.
“Cuando facilitamos la vida de los habitantes y las decisiones de manejo surgen de ellos -y no solo del Estado- logramos cambios de percepción y mejoras en la calidad de vida que, a su vez, redundan en mayor bienestar ambiental”, dice el biólogo Felipe Rubio Torgler, quien fue director del parque nacional Iguaque hace dos décadas y ha participado en casi todos los programas en páramos.
Ese trabajo en llave es la clave para lo que el Instituto Humboldt, la entidad pública colombiana que estudia la biodiversidad y guarda sus colecciones biológicas en un claustro colonial de Villa de Leyva, ha llamado “transiciones socio-ecológicas hacia la sostenibilidad” – es decir, cambios en la manera de vivir y producir que ayudan a conservar los ecosistemas y reducir la desigualdad. En muchos páramos, sus habitantes lo han traducido en oficios concretos: de brigadistas que apagan incendios forestales y propagadores de semillas difíciles hasta monitores de fauna con cámaras trampa o detectives de la polilla que enferma al frailejón (cuyos perfiles puedes leer en este reportaje).
Pero todavía hay dos obstáculos para que este tipo de acciones logren revertir décadas de degradación: uno de conexión y otro de dimensión.
“¿De qué sirve tener un páramo perfectamente preservado si tumbamos todo el bosque de niebla, por donde luego corre ese agua? No es un solo ecosistema, sino la suma de varios. Hay que verlos como un sistema”, dice el geógrafo Carlos Sarmiento, que lideró la delimitación de los 37 complejos de páramos desde el Instituto Humboldt.
“Hemos tenido decenas de buenos proyectos pilotos, pero seguimos teniendo un problema de escala. Esos pilotos no modifican la realidad completa, pero nos dan pautas muy valiosas. Solo que la escala de incidencia territorial tiene barreras estructurales donde nos gana la fuerza del mercado”, dice Rubio Torgler. Para él, ese problema solo se puede resolver trabajando en llave con sectores como el agropecuario y el minero para impulsar alternativas como la agroecología (reduciendo el uso de químicos y tractores) u otras actividades productivas. La Ley de Páramos de 2018 plantea ese trabajo coordinado, pero no se ha cumplido.
En Villa de Leyva y en las faldas de Iguaque, esa ‘realidad completa’ pasa por repensar los factores que la volvieron lo que Rubio Torgler llama “un territorio favorable al fuego”.
Implica eliminar gradualmente las plantas fácilmente combustibles, sembrar plantas nativas que las puedan reemplazar y aumentar la capacidad del suelo de retener humedad, mediante infraestructuras básicas como terraceos que permitan a esas especies prosperar. Hacer esa restauración ecológica sería costoso en tiempo, esfuerzo y dinero: podría costar, calcula Rubio Torgler, entre 22 y 47 millones de pesos (7 a 14 mil dólares) por hectárea según su ubicación y accesibilidad. En un área degradada que podría rondar las 2500 hectáreas, eso sumaría unos 100 millones de dólares.
También hay acciones más sencillas a corto plazo: arrancar helechos marraneros, recoger semillas nativas y tumbar aquellos pinos invasivos que forman callejones para dificultar la conectividad del fuego. Lo avalan experimentos de restauración como el que lideró el ecólogo Mauricio Aguilar, quien probó en el parque regional Rabanal -otro páramo cerca de Iguaque- que retirar los residuos del pino patula facilita años después una mayor riqueza de especies nativas.
Hacer esta montaña menos vulnerable a los incendios, que ocurren cada década en Villa de Leyva y podrían volverse cada vez más frecuentes por el cambio climático, requerirá voluntad de toda la comunidad y también ajustes de las instituciones públicas. Hace cuatro años, el permiso que pedimos a la autoridad ambiental regional Corpoboyacá para talar 154 pinos patula demoró cuatro meses en ser aprobado y costó 1,9 millones de pesos (500 dólares). Aunque sembramos 2 mil árboles y arbustos nativos (el doble de la compensación ordenada), nuestro trabajo apenas fue avalado como cumplido dos años después. Por fortuna todos sobrevivieron al incendio.
El sábado 26, tras 1,6 millones de litros vertidos desde helicópteros y otros 160 mil con carrotanques, gracias el trabajo de casi mil personas, terminó el incendio forestal más grande que han vivido Boyacá y el páramo de Iguaque.
*Andrés Bermúdez Liévano es Coordinador y Editor del Centro Latinoamericano de Investigación Periodística – CLIP
**Este texto retoma reportería hecha en el proyecto Aguas Partidas, liderado por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), el Instituto Serrapilheira de Brasil, Mongabay Latam y siete medios aliados, sobre el ciclo del agua Atlántico-Amazonia-Andes y las disrupciones en el servicio ambiental que éste proporciona al continente.
Referencias científicas usadas en el texto
Claire Beveridge et al. “The Andes–Amazon–Atlantic pathway: A foundational hydroclimate system for social–ecological system sustainability”. Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), 2024.
Walter Buytaert et al. “The effects of afforestation and cultivation on water yield in the Andean páramo”. Forest Ecology and Management, 2007.
Robert Hofstede et al. Los páramos del Ecuador: pasado, presente y futuro. Quito: USFQ Press, 2023.
Robert Hofstede et al. Los páramos del mundo. Quito: Global Peatland Initiative, UICN y EcoCiencia, 2003.
Mateo Jerves et al. “Unravelling the role of surface water–groundwater connectivity in the Andean páramo”. Hydrological Processes, 2026.
Santiago Madriñán et al. “Páramo is the world’s fastest evolving and coolest biodiversity hotspot”. Frontiers in Genetics, 2013.
Carlos Sarmiento et al. “Páramos habitados: desafíos para la gobernanza ambiental de la alta montaña en Colombia”. Biodiversidad en la Práctica: Documentos de Trabajo del Instituto Humboldt, 2017.
Edinson Sesquilé Escobar et al. “Monitoreo de experiencias de restauración ecológica en páramos afectados por plantaciones forestales de Pinus patula: un estudio de caso en el páramo de Rabanal”. Biodiversidad en la Práctica: Documentos de Trabajo del Instituto Humboldt, 2021.
Esteban Suárez et al. “Influence of vegetation types and ground cover on soil water infiltration capacity in a high-altitude páramo ecosystem”. Avances en Ciencias e Ingenierías, 2013.
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