6 Feb 2021 - 2:00 a. m.

El “polvero” que desata el turismo de camionetas 4x4

Una “aventura” de 60 camionetas que ingresaron a territorio wayuu, en La Guajira, terminó en un altercado público entre un indígena y un turista por irrespetar un sitio sagrado. La falta de datos impide medir el impacto de esta práctica, pero autoridades indígenas consideran suspenderla.
Helena Calle

Helena Calle

Periodista

Dicen que desde las dunas de las playas de Ojo de Agua, en el municipio de Uribia (La Guajira), se ven los atardeceres más imponentes del norte del país. Al menos así lo hacen saber decenas de guías turísticas que invitan a visitar el Cabo de la Vela. Casi ninguno reseña que es un sitio sagrado para las comunidades wayuus y que forma parte del resguardo indígena Alta y Media Guajira.

Tal vez por esta omisión fue que Ojo de Agua se convirtió en el escenario de uno de esos “choques” que se dan cada tanto entre turistas y locales. La semana pasada, la turista Elizabeth Loaiza (modelo y excandidata al Concejo de Bogotá) publicó en sus redes un video en donde contaba cómo había sido “víctima de secuestro y extorsión” en el Cabo de la Vela. Según su relato, un compañero de travesía y un hombre wayúu se fueron a los golpes porque los turistas parquearon el carro en una duna considerada sagrada para los indígenas.

Sus declaraciones en la W Radio levantaron críticas y la hicieron “persona no grata” en territorio wayúu, según un comunicado de la Junta Mayor Autónoma Jumapü. O sea que está vetada de prácticamente la mitad del departamento de La Guajira y se enemistó con el grupo indígena más numeroso del país. (En contexto: Racismo se escribe con W)

No vale la pena repetir sus palabras aquí. Este episodio es una anécodta que abre una pregunta más urgente: cómo se está haciendo turismo de aventura en camionetas 4x4 en el país ¿y sobre todo en el Cabo de la Vela, un lugar en donde confluyen las reglas del sistema normativo y religioso wayuú y la sed de aventura de una “cultura en cuatro ruedas”, un ecosistema desértico único y el turismo como la actividad principal de subsistencia de estas comunidades?

Los de la camioneta

El paseo del que Loaiza fue parte se llama Expedición Wayuu y está organizado por la operadora turística Colombia Off Road. La de 2021 fue la sexta excursión que hacen, y en esta ocasión participaron 60 carros 4x4 (Range Rover, Ford, Jeeps, camionetas alta gama), etc. En la expedición se hacen “trompos” o piruetas con las camionetas en el desierto, se duerme en “chinchorros wayuus”, se visitan playas y se recorre todo el departamento.

Para quienes no nos movemos en cuatro ruedas, valdría la pena algunas claridades sobre las excursiones en 4x4 o esta “cultura de la camioneta” que cada vez más incursiona como turismo de aventura. Para empezar, muchos consideran esta actividad como un deporte, aún cuando está fuera de competencias. Para Alfredo Olaph, dueño de una 4x4, hacer rutas de aventura en su camioneta es una manera de hacer ejercicio que evita desgastar aún más su rodilla, prueba sus habilidades como conductor y sirve para demostrar qué marca de carro sube dicha loma mejor, o sale del barro más rápido, etc.

Hacer estos viajes no es barato. Una de las camionetas que participa en estas expediciones puede costar entre $30 y $350 millones, sin contar la gasolina que consume en cada travesía ni la participación en una de estas caravanas cuesta $1’250.000 por persona.

De hecho, los ralis o caravanas de automotores para “turistiar” se hacen en Colombia desde hace muchos años, pero tienen mala fama desde que varios Jeeps se metieran al mítico río Caño Cristales (Meta), poniendo en riesgo el frágil ecosistema de algas Macarenia clavijera, endémicas de Colombia y las responsables de los alucinantes colores en el agua de esa zona.

La noticia solo se conoció hasta 2015 y según los dueños de los carros, hacía falta señalización: “no todos los que viajamos en camionetas por el país somos inconscientes. Viajamos porque nos gustan los paisajes del país, nos encargamos de las basuras que generamos en las travesías, lo que ocurrió en 2009 fue producto de no estar bien informados”, dijeron. (En contexto: Polémica por excursionistas que atravesaron Caño Cristales en camioneta)

Algunos operadores turísticos que hacen carreras o caravanas de camionetas y motos manifiestan hacer compensaciones por posibles daños ambientales como Fernando Jaramillo, de Rueda Libre por Colombia, que organiza viajes en camionetas por vías secundarias y terciarias del país. “Una ruta puede tener 90 personas en 40 carros, contaminamos menos que el carro de la leche que pasa todos los días (...) Siempre llevamos bolsas de basura para recoger nuestros residuos y llevamos kits escolares, plantas eléctricas y paneles solares”.

Proteger Jepirra

Jepirra es considerado el lugar donde los espíritus de los difuntos pasan a lo desconocido por su cercanía con el mar. Desde hace cinco años en la zona patrullan los Protectores de Jepirra, un grupo de voluntarios wayuus que se parece de alguna manera a la Guardia Indígena. Mile Polanco, comunicadora wayuu y natural de Cabo de la Vela, forma parte de esta guardia que se ocupa principalmente de regular el turismo en Jepirra, o sea, el Cabo de la Vela, y de defender el acuerdo comunitario que suscribieron la autoridad tradicional wayúu y 28 negocios de esa zona para regular el turismo con las reglas propias de su cultura.

Aunque no hay datos oficiales sobre turismo en esta zona, Polanco calcula que en una temporada alta pueden llegar unos 5.000 turistas, y que de 357 familias wayuus de la zona, el 80 % o más se dedica al turismo, cosa que no sucedía hace diez años, cuando la pesca y la artesanía eran el principal sustento. “A pesar de esto, sitios como el Cabo de la Vela aún no tienen calculada su capacidad de carga, no sabemos cuántas personas son demasiadas”, dice Polanco.

Tampoco hay estudios de impacto ambiental del turismo en Cabo de la Vela, una de los destinos estrella del país, o del impacto del turismo automovilístico en Colombia, pero Polanco aventura una conclusión sobre lo que genera una caravana de 60 camionetas a toda velocidad: “Mi abuela decía que el Cabo no es pa estar haciendo mucho ruido, porque los espíritus se ponen bravos. El Cabo de la Vela es para descansar, porque allá descansan las almas de los muertos”.

Cuando menos el ruido de los carros también es un factor a considerar si tenemos en cuenta que la contaminación auditiva de las ciudades ha afectado la capacidad de especies como pájaros y grillos para ubicarse, comunicarse y reproducirse según estudios publicados desde 2006. Por ejemplo, las aves expuestas a un ruido constante, como el que emiten operaciones de extracción de petróleo y gas muestran signos de estrés crónico parecidos a los que los humanos sufren después de un trauma, según un estudio de la Universidad de Colorado, el Politécnico de California y el Museo Natural de Historia de Florida. (La lucha de las aves por mantener su canto)

Jepirra, aunque sagrado, es uno de los llamados “destinos obligados” en Colombia. “A La Guajira uno siempre va con guías locales, ningún antioqueño o bogotano va a decir por dónde conocer La Guajira, y hay zonas en donde uno puede meterse y en dónde no. En La Guajira tú no tienes carretera, pasar por donde puedes pasar, más o menos. Tampoco encuentras un cultivo que dañar, no hay nada que dañar”, dice Jorge Velásquez, de Paisas Trochando (que no es una operadora turística, más bien un “parche” que se mueve por Antioquia).

“Lo que frívolamente llaman Pilón de Azúcar es Kamaichi, el antiguo que regula las cosas del mar. Las rocas, cerros, piedras, pictografías son páginas de un libro con una estructura narrativa, una red topológica ordenada por las huellas de los ancestros y por los caminos que conectan estos lugares”, dice Weildler Guerra, antropólogo guajiro y exdirector del Observatorio del Caribe Colombiano. Es decir que aunque no haya muchos cultivos sí hay sitios que pueden deteriorarse.

“Las rutas las hemos hecho con un profesor wayuu de allá y uno sabe dónde se puede meter y dónde no”, agrega Jaramillo. “Ellos dicen que le cobrana uno por pasar por enfrente de su casa pero eso es vía pública que comunica poblaciones y rancherías”. El Espectador trató de contactarse con Colombia Off Road para este artículo, pero no contestaron.

“Nosotros internamente tenemos que planear, invertir en señalización, nosotros ponemos piedras o letreros pero con nuestros recursos. Tampoco hay un punto de información que le diga a uno que de Uribia pa’llá es resguardo, y qué es Jepirra, ni hay servicios básicos garantizados. El problema no es el turismo, es que las rutas de esas expediciones no se trazan con nosotros, por más que se hablen con un wayuu, no se hablan con la autoridad. Nadie pide permiso”, cuenta Polanco. La próxima semana, según dijo, se reunirán las autoridades tradicionales del resguardo Media y Alta Guajira, que mide unas 1.071.000 hectáreas, para determinar si el turismo con 4x4continúa.

Mientras esa decisión se toma, el turismo 4x4 ocupa espacios que no debería en otras partes del país. Cerca del cierre de esta edición, Parques Nacionales advirtió que operadores turísticos (no especificó cuáles) llevaron a un grupo de deportistas para hacer motocross en el Parque Nacional El Tuparro (Vichada), hogar de especies de primates amenazadas, cementerios indígenas y formaciones geológicas de más de 2.500 años. Ni siquiera el ecoturismo está permitido en esta área protegida.

El Espectador le preguntó al Ministerio de Comercio y Turismo cómo estaba regulando el turismo de aventura, y si había estudios de impactos ambientales o sociales sobre el turismo con motos y carros. Respondió que iba a evaluar si este asunto era “de su competencia”, y después respondió que seguramente le correspondía a Parques Nacionales y mencionó que había publicado en diciembre la Política de Turismo Sostenible.

Polvareda al sur

Tal vez lo sucedido en el rally Dakar de 2014 nos de algunas luces sobre este debate. El rally que solía hacerse en la capital de Senegal (Dakar) se pausó en 2008 por problemas de orden público y buscó otro amplio escenario en donde correr. Así es como el Dakar llegó a América Latina. Desde 2009, 500 competidores recorren 10.000 kilómetros desde Rosario (Argentina) hasta Valparaíso (Chile), pasando por los Andes, en el salar de Uyuni (Bolivia) y el desierto de Atacama (Chile).

En 2014, conservacionistas e indígenas, incluida la Asociación de Arqueólogos de Chile, trataron de impedir el Dakar declarando que violaba el “derecho a un medio ambiente no contaminado”. Pero su moción fue rechazada y el tribunal citó como “prueba insuficiente” el estudio del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile que calculó que el rally de 2011 había afectado al 44.5% de los 283 sitios protegidos que evaluó, entre los que se contaban geoglifos, poblados y cementerios. También calculó daños por 400.000 euros, según The Guardian.

Lo que sucede con los rallys y caravanas de jeeps y camionetas 4x4 en La Guajira, el volcán Machín (Quindío) o San Juan de Arama (Meta) no se compara en proporción con un rally Dakar (aunque la Federación Colombiana de Automovilismo impulsó un Rally Guajira, en 2003, inspirado en el Dakar). Sin embargo, mirar lo que ha sucedido con otras incursiones masivas de motos y carros en territorios indígenas, o en ecosistemas sensibles, podría ayudar a Colombia a pensar qué hacer con el turismo de aventura que involucre elementos potencialmente dañinos de la naturaleza como los carros, y que incluya a las autoridades étnicas de un país como Colombia, con 28,9 millones de hectáreas reconocidas como resguardo o territorio afro.

“Siempre hay dificultades con los rallys. ¿Porque llega una persona con 60 carros y compra a los pobres indiecitos las manillas y la gaseosa estamos bien? ¿Qué si no vienen y compran dejamos de existir? No. Eso es turismo de miseria. Nosotros con el mayor gusto prestamos un servicio turístico, pero el turismo no puede estar por encima de nuestro territorio, y eso lo tenemos muy claro”, sentencia Polanco.

Desde las campañas de “Vive Colombia, viaja por ella” o “Colombia es pasión” la diversidad natural y lo que algunos llaman “nuestra gente” han sido la base sobre la que se construyó esa marca conocida como “Colombia”. ¿Habrá mejor momento que este para preguntarse qué turismo les conviene a los ecosistemas de Colombia y a la gente que los habita?

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