31 Aug 2018 - 11:25 p. m.

En la ruta de la ecología humana

Con experiencia directa en comunidades marginadas o afectadas por la violencia o la calamidad, el psicólogo Darío Salazar lleva más de tres décadas de ambientalismo puro y comunicación para impulsarlo.

Jorge Cardona

Su objetivo personal es empoderar a las comunidades en términos de apropiación de las tecnologías de la comunicación, pero el psicólogo Darío Salazar Ramos no desaprovecha cualquier espacio para agregar contenidos ambientales a sus talleres formativos.  Son más de 20 años en contacto con la gente, recalcando que “toda bala es perdida”, que asumir el reto de informar requiere experticia, y que ninguna actividad hoy es viable sin los cánones ecológicos que exigen los tiempos actuales.

Por estos días concluye una capacitación con  líderes sociales y culturales del sector de San Cristóbal, al sur de Bogotá, tal como los ha desarrollado en Bosa, Engativá, Puente Aranda, Tunjuelito o Candelaria, donde además de compartir saber sobre cómo crear un portal, organizar un periódico o encarar la dinámica de las redes sociales, difunde también sus convicciones  sobre la ecología humana. Una visión  que lleva construyendo desde hace más de tres décadas, además como protagonista de su propia historia.

Nacido en El Líbano (Tolima) en una familia de diez hijos, antes de viajar a Bogotá para estudiar psicología en la Universidad Nacional, Darío Salazar ya acumulaba experiencias que para sus amigos o compañeros de estudio eran verdaderas novedades. Sin la mayoría de edad, cuando saltó de la provincia a la capital, ya había dejado huella como líder del movimiento estudiantil en el colegio Isidro Parra, en un entorno en el que los guerrilleros o el Ejército circulaban por las veredas o el municipio buscando adeptos para sus filas.

Sin embargo, con el ascendente intelectual del municipio, representado en autores de la talla de Eduardo Santa o Gonzalo Sánchez, tuvo claro que, antes que todo, para él era pertinente asumir las claves históricas. Con la misma perspectiva de  avance para los caminos de la educación popular y a pesar de los estigmas y prejuicios impuestos por el  Estado de Sitio. En cuanto a su entorno familiar, la desaparición de su hermana mayor, reclamo que todavía mantiene intacto, determinó también su rumbo personal y el de sus estudios. 

Cuando llegó a Bogotá, inicialmente sobrevivió gracias a la apicultura, vendiendo miel que traía desde El Líbano, pero después se vio inmerso en el ambiguo universo de las residencias estudiantiles de la Universidad Nacional, en tiempos en los que constituían un foco de integración  social, pero también de intenso activismo político y hasta de enlaces ilegales.  En ese entorno crítico, en vigencia del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala, como muchos jóvenes de su época,  transitó también por lugares equivocados.

Con su compañera de entonces, también estudiante de psicología, afrontó esa época de redadas, cercos de la justicia o  seducción armada, un tiempo que empezó a pasar cuando nació su hijo mayor en 1985 y también cuando sobrevino el hecho doloroso que cambió su destino. La tragedia de Armero del 13 de noviembre. En la Nacional realizaron una convocatoria para prestar ayuda a los damnificados, y fueron dos años viviendo entre los campamentos de Lérida, Guayabal, Guaduas, Honda o Ibagué. 

Ante la evidencia del dolor extremo, ejerciendo sin graduarse y viendo cómo reconstruir comunidades representaba un desafío más allá de lo ideológico, Darío Salazar regresó a Bogotá en 1987 y se graduó con una tesis sobre elementos psicosociales de prevención y recuperación de la población afectada por la tragedia. Una experiencia a través de la cual, no solo supo de auténtica labor social, sino que le permitió constatar la ausencia de conocimiento sobre riesgos ambientales como otra causa de las calamidades públicas.

Esa perspectiva se convirtió después en la esencia de su trabajo con una agencia de cooperación italiana, y luego en la directriz de su labor como director del Departamento Administrativo de Medioambiente y Prevención de Desastres del Tolima en 1992, justo cuando tomaban forma en Colombia las primeras normas para la protección ecológica. Por eso, su énfasis siempre fue capacitar a los líderes sociales sobre drenaje de aguas negras, manejo de residuos sólidos, preservación de la fauna o blindaje de fuentes hídricas. 

Y como también se había transformado en un disciplinado montañista, en enero de 1993 protagonizó otro suceso que volvió a darle una vuelta de 180 grados a su vida. Los escaladores Rodrigo Torres y Ricardo Ospina se habían extraviado en el nevado del Tolima y fueron 17 días de intensa búsqueda hasta que encontraron sus cadáveres. En la operación intervino también el montañista Guillermo Torres, hermano de uno de los extraviados, y cuando la búsqueda cesó,  era claro que se había convertido en su nuevo socio.

Cuando concluyó su hora de empleado público, dando además peleas contra cementeras o el dragado incorrecto de los ríos, Salazar creó con Torres la empresa Rescate Ambiental, qué además de asesoría ecológica, tuvo como soporte una publicación del mismo nombre. Con apoyo de los periodistas Alberto Santander y Enrique Alzate, y de muchos ecologistas que aportaron  luces, entre ellos el actual ministro Ricardo Lozano, esa plataforma fue su apuesta de transición al siglo XXI.

En junio de 2000, los gestores de Rescate Ambiental dividieron caminos, y él entabló una nueva sociedad profesional y familiar con la psicóloga Patricia Cerón, con quien dieron vida a la fundación Sxxi, con su  publicación impresa y digital del mismo nombre. Desde entonces, son casi 20 años  en su obsesión por la ecología humana que, en su criterio, va más allá de lo puramente ambiental para incursionar en el estudio a fondo del impacto que sobre el entorno tienen   las relaciones  interpersonales y familiares.

“La armonía entre naturaleza y ser humano que pasa siempre por la experiencia familiar”, recalca Salazar. Por eso, junto a Patricia Cerón, en su cotidianidad también incluye su insistencia en el proyecto Paternar, con talleres para desarrollar algo que parece obvio pero que  no lo es: aprender a ser padre. Sin desatender su agenda en la preservación de los ecosistemas o  los entornos urbanos, también escribe, educa e insiste en su visión,   que parte de su certeza de que la ecología humana  empieza por proteger  debidamente la infancia. 

En ella caben desde su propuesta de organizar la protección ecológica por cuencas hidrográficas y no por regiones, eludiendo así las burocracias institucionales, hasta la urgencia de reestructurar  la protección de los conglomerados urbanos, con políticas de largo plazo que dejen atrás la dinámica de la gestión de choque para apagar  incendios. Sin serlo, se volvió una mezcla de geólogo, geógrafo o ecologista, aunque sabe que, como buen psicólogo, todo el conocimiento es aplicable y pertinente si fortalece al ser humano. 

En sus talleres comunitarios, desde su plataforma Sxxi o también apostándole a la política con colegas como el meteorólogo Max Henríquez, siempre le queda tiempo para volver a El Líbano.  A visitar a su madre, a averiguar por la reserva natural de Campo Hermoso en Lérida, a recorrer la cuenca del río Bledo e insistir en la protección de su flora y su fauna, o simplemente a repasar su vida sin pausas antes de retornar a Bogotá donde sus Andrés y Sebastián, ya son los primeros guardianes de su legado

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