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En video: investigadores logran ver, como nunca antes en Colombia, a una cría de cóndor

Aunque los cóndores han sido noticia en Colombia por el nacimiento de tres hembras por medio de incubación artificial, hay un caso único en Santander. En el páramo El Almorzadero nació el polluelo de una pareja en estado silvestre, y es la primera vez en Colombia que se está monitoreando.

Daniela Bueno

18 de mayo de 2026 - 06:00 p. m.
En la imagen se aprecia el nido de cóndor activo en el páramo El Almorzadero. La cría está en la parte superior (de color gris), al costado izquierdo de su madre.
Foto: Parque Jaime Duque
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Hace un par de semanas, Colombia despertó con una buena noticia: en Cundinamarca nació Cattleya, una hembra de cóndor andino, después de un proceso de incubación artificial. Un equipo técnico de la Fundación Parque Jaime Duque y de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) asistieron todo el proceso monitoreando el huevo, ajustando la temperatura que necesitaba e incluso ayudando a romper el cascarón para que el ave saliera. El resultado fue exitoso y se unió a los nacimientos de otras dos hembras (Ámbas y Wayra) que tuvieron lugar en 2025, con el mismo método.

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Los casos representan un avance para la conservación del cóndor andino, la misma ave que aparece en el escudo de Colombia y que se encuentra en peligro crítico de extinción a nivel nacional. Sin embargo, no son los únicos casos recientes que tienen felices a quienes estudian esta ave.

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En Santander, en el páramo El Almorzadero, hubo un evento que no se ha documentado antes en la historia del país y que también tiene como protagonistas a una pareja de cóndores y a un pequeño polluelo que nació a finales del año pasado. Después de cuatro intentos fallidos, por primera vez, se está logrando obtener información de un nido de una población silvestre, que no ha sido producto de liberaciones.

La historia comenzó el 26 de diciembre de 2025, cuando Carlos Grimaldos, zootecnista y líder de monitoreo del cóndor andino para la Fundación Parque Jaime Duque, vio a un macho que se paró en una piedra, pero que segundos después entró a una cueva y desapareció de su vista. “Había algo que no cuadraba”, pensó Grimaldos, pues el individuo llegó tarde (sobre las 11 de la mañana), y no volvió a salir. Había dos opciones probables: que estuviera incubando o en periodo de crianza.

La primera opción no era tan viable porque cuando un cóndor está en proceso de incubación la dinámica natural es que entra el macho y sale la hembra y viceversa. Pero en esa oportunidad no ocurrió. Así que quedaba por confirmar la segunda opción, lo cual se pudo hacer el 30 de enero después de hacer un sobrevuelo con dron. Las imágenes permitieron ver a un polluelo muy pequeño.

Desde entonces el equipo del Parque Jaime Duque va una vez por semana a hacerle seguimiento al nido y la noticia es positiva: “el polluelo va super bien”, afirma Grimaldos. “Tiene unos padres muy entregados y crece muy rápido. Ver su avance es todo un aprendizaje nuevo”, dice.

Una oportunidad única

La historia de este nido representa una oportunidad que no se había tenido antes en el país de hacerle seguimiento a un nido exitoso de una pareja en estado silvestre. “Esta es la primera vez que vamos a tener información del seguimiento de una pareja, en qué lugar anida, con qué frecuencia, cada cuánto alimentan al polluelo y demás”, menciona Fernando Castro, director de Biodiversidad del Parque Jaime Duque.

En 2022, Grimaldos también tuvo la oportunidad de identificar a una pareja desde el momento en que inició el cortejo, luego la puesta y el periodo de incubación, que dura 60 días. Sin embargo, en esa oportunidad el huevo no fue fértil. “Creemos que esa pareja tiene algún problema porque después tuvieron una segunda postura y tampoco nació”, cuenta el zootecnista.

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Luego se descubrió otro nido, pero el polluelo ya estaba grande. Por esto, el reciente caso es una oportunidad única. “La posibilidad de encontrar nidos es muy difícil por la topografía, por temas de orden público y por el acceso a esos lugares”, dice Grimaldos.

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Pero no solo es encontrarlos. Hacerles seguimiento también es todo un reto. El nido activo se encuentra a 300 metros de altura, donde normalmente no tienen acceso los mamíferos como el zorro o el puma, y está, aproximadamente, a un kilómetro y medio de distancia del lugar al que llega el equipo de la fundación para hacer el monitoreo. “Ver, incluso con binoculares, es complicado. A eso hay que sumarle las condiciones meteorológicas, la neblina y el viento. Es un trabajo duro”, sostiene, por su parte,Castro.

Aun con estas dificultades el equipo ha logrado recolectar datos valiosos durante estos cinco meses de monitoreo. Por ejemplo, saben que hay un nido aparentemente cercano de un águila de páramo y, por eso, han registrado peleas constantes entre el águila y los cóndores, un comportamiento normal, según Castro. Además, a diferencia de las otras zonas donde habían encontrado nidos con huevos en el pasado, este está en una pared rocosa con más vegetación, similar a las que se han visto en otros países donde también vive la especie.

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Sobre el comportamiento de los padres, Grimaldos cuenta que el macho es el que está más pendiente del polluelo, que de hecho, no es tan fácil observarlo por la forma del nido. La veces que lo han visto es cuando llegan los padres a darle comida y sale a “la puerta” del nido. Esas pequeñas observaciones les han permitido ver el avance de la cría que ya tiene plumas y en las próximas semanas vendrá un momento crucial: su primer vuelo.

Cuando cumpla siete meses, el polluelo tendrá que volar por primera vez a más de 300 metros de altura, por la ubicación del nido. “Solo tiene una oportunidad. Si algo sale mal, muchas veces se fracturan o caen y mueren. Esa es una de las causas de mortalidad de los polluelos. Incluso, algunas veces llegan a los centros de rehabilitación con fracturas o con huesos consolidados, que nos indican que sufrieron una fractura en alguna etapa de su vida, seguramente durante los primeros días”, explica Castro, director de Biodiversidad.

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Si ese primer vuelo sale bien, más adelante los padres lo incitarán a lanzarse, siempre volando muy cerca de él y ayudándolo cuando tenga dificultades. Este proceso de aprendizaje dura alrededor de un año, tiempo en el cual la hembra no pone más huevos. Cuando la cría se independice buscará a otros cóndores juveniles con los cuales formará un grupo y alcanzará la madurez sexual alrededor de los siete u ocho años de edad.

Por su parte, los padres seguirán conviviendo durante toda su vida, pues es una especie monógama, y probablemente volverán a poner un huevo en dos o tres años.

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Eso quiere decir que su reproducción es un proceso lento, lo que la hace una especie más vulnerable. Las poblaciones de cóndor andino han sufrido un alarmante descenso en las últimas décadas a lo largo de su distribución que abarca a Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile. La principal amenaza que enfrenta en toda su área de distribución son los conflictos con las comunidades humanas, que erróneamente han creído que los cóndores atacan a su ganado.

Por esto, uno de los ejes en el marco del proyecto de conservación de la especie que lleva a cabo el Parque Jaime Duque se enfoca en el trabajo con los habitantes, en este caso del páramo El Almorzadero. A ellos se les ha explicado que los cóndores no atacan a sus vacas, ovejas o cabras, a menos que sean animales enfermos o estén muy pequeños, pues la función que tiene el cóndor es limpiar los ecosistemas.

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“Son tan grandes (pueden alcanzar los 3.5 metros) que tienen una capacidad de consumir la carroña más rápido; a eso le llamamos un carroñero tope. Un grupo de cóndores puede acabar con una vaca muerta en muy poco tiempo porque, además, su pico es tan fuerte que tiene la capacidad de romper la piel de esos animales, y dejar expuesta la carroña para otros depredadores”, explica Fernando Castro.

Por esto la protección de esta ave, símbolo nacional de Colombia, Chile y Ecuador, y que solo se encuentra en Sudamérica, es clave para el funcionamiento de los ecosistemas, pero también para la conservación de las demás especies con las que convive.

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