2 Jun 2021 - 2:00 a. m.

La estrategia de los indígenas del Amazonas para blindarse contra el COVID-19

Ante la falta de una respuesta institucional, las comunidades acudieron a saberes ancestrales, como aislarse preventivamente. Ganaron una tutela en la que piden un modelo de atención de salud intercultural.

María Mónica Monsalve- @mariamonic91

Esa noche su hermano soñó con ella. Aún era enero de 2020, antes de que se declarara la pandemia, y él vio a Betty Alexandra Souza Mozombite, de la etnia ticuna, clan tigre, rodeada de sus antepasados. Entre ellos estaba el padre de ambos, un curandero y hierbatero del resguardo indígena Santa Sofía, quien se tuvo que desplazar a Perú tras una toma de las Farc en 1992 y murió en 2012, sin que ninguno de sus dos hijos pudiera estar presente. Tras esa noche, una en la que Betty cree que ya presentaba la fatiga y la fiebre del coronavirus, ella, también médica tradicional y auxiliar de enfermería, supo qué hacer.

Le pidió a su compañero que buscara una planta amarga que los sikunas usan para la piel y los uitotos para la próstata inflamada, para hacerse baños de vapor, los cuales repitió durante 20 minutos, por tres días. Para la garganta usó limón, ajos y una pizca de sal. Desde entonces Betty se ha movido por todo el Amazonas colombiano para cuidar personas que, se cree, tienen coronavirus. Llegó hasta la selva virgen, 30 kilómetros adentro, pasó por Santa Lucía, en el sur de la Amazonia, y vio personas en La Chorrera y La Pedrera. La llamaron desde la frontera con Brasil, cuando se anunciaron linajes más fuertes, como el brasileño, y ayudó a que las comunidades reactivaran un conocimiento que estaba guardado, incluso muerto.

Betty ha visto a más de 500 personas desde que empezó el coronavirus, pero deja claro que no hay una fórmula para curar la enfermedad. Es ella quien desde su conocimiento busca aliviar algunos síntomas, incluso, muchas veces los combina con fármacos de la medicina occidental, que también conoce, para disminuir dolores e inflamaciones.

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Los indígenas del Amazonas han sido una de las poblaciones más vulnerables al coronavirus, no sólo porque, como ellos dicen, su sistema inmunológico no está preparado para afrontar las enfermedades transmitidas por la sociedad mayoritaria, sino porque algunos están en el área de influencia de Leticia, la ciudad que para abril de 2020 tuvo la tasa más alta de infecciones en Colombia. Sus fronteras son porosas, por lo que reciben migración de otros países y, como lo han repetido la Organización Panamericana de la Salud y la Cepal, han estado marginados y excluidos, incluso de los temas sanitarios.

Pero de lo que poco se ha hablado es de cómo los indígenas del Amazonas fueron estratégicos y se blindaron, no solo del coronavirus, sino de la amenaza de extinguirse. “Su medicina tradicional y conocimientos no son estáticos, sino que se van adecuando a las circunstancias, se van actualizando. En la medida en que tienen nuevos problemas de salud, se incorporan algunos elementos tanto preventivos como para el manejo terapéutico”, comenta el médico Pablo Montoya, director de Sinergias, una ONG de salud pública que se ha enfocado en el Amazonas.

Una estrategia clave de prevención, por ejemplo, fue el aislamiento, herramienta que han usado históricamente no solo para cuidarse de enfermedades, sino de procesos de colonización y actividades extractivas. De hecho, se cree que en la región amazónica aún hay tres pueblos indígenas que se encuentran en estado de aislamiento voluntario (los yurus, jurumis y passés), pero hay información que indica que la cifra podrían alcanzar a ser de 15. Sin embargo, para los 64 pueblos que habitan en el Amazonas el contagio terminó siendo inevitable, pues sus canales de movilización son los ríos, incluyendo el Putumayo (frontera con Perú) y el río Taraira (frontera con Brasil), donde se tuvo contacto con la enfermedad.

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A esto, comenta el doctor Montoya, se sumó que los actores ilegales transitaron por sus territorios. “Las fuentes de contagio, pensamos, fueron ellos”. Los indígenas apuntan a que parte de la responsabilidad podría ser la Fuerza Pública. “En el Putumayo, el Ejército Nacional ingresa a los territorios indígenas sin previo aviso y sin elementos de protección para evitar el contagio de COVID-19”, dice en una denuncia que publicó la Organización Nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonia Colombiana (OPIAC) en abril de 2020.

Una vez los permeó el coronavirus, tuvieron que acudir a su conocimiento ancestral, sobre todo ante la falta de servicios de salud en la zona. “Yo llegué a donde una ambulancia nunca podría”, es como lo cuenta Betty. Durante la pandemia, la OPIAC también publicó un documento, orientado por los mayores, sabedores, sabedoras, manos y sagas, sobre cómo debería ser el plan de contención. Dan recomendaciones como el lavado de manos, el aislamiento en la comunidad, el uso de desinfectantes para manos, el tapabocas y el oxímetro, pero su reflexión es más profunda. Piden volver al origen, rescatar el conocimiento ancestral, tomar agua, cultivar las chagras, protegerse espiritualmente según recomendaciones de “los mayores y las mayoras”, y utilizar plantas y frutos medicinales para limpiar el hogar.

“Esto permitió manejar los casos a nivel comunitario y que ganaran autonomía para resolver la crisis por su cuenta. Sobre todo, cuando seguimos con una falta de respuesta y capacidad institucional para garantizar el derecho a la salud de estas comunidades”, explica Montoya.

Como lo señala Betty, no hubo una receta para manejar el coronavirus. Y en esto concuerda Juan Alberto Sánchez, coordinador nacional de salud y medicina tradicional de la OPIAC. “Los conocedores, los médicos tradicionales, realizan acciones propias, unos rituales de armonización, con plantas y otros elementos, para proteger a las comunidades y cada comunidad tiene sus propias prácticas”. La estrategia, además, ha estado combinada con las capacidades de la medicina occidental, “pensando en un sistema de salud desde la interculturalidad en donde se reconozcan ambas prácticas”.

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Lograr esta mezcla de conocimientos, de tener acceso a la salud institucional, pero también que se reconozca el saber ancestral, fue lo que buscó la OPIAC al interponer una tutela en mayo de 2019 para crear un “plan concertado y con enfoque diferencial frente a la emergencia causada por el COVID-19 respecto a los pueblos indígenas de la Amazonia colombiana”. En la tutela, que les fue concedida, no solo solicitaron ordenar la instalación de laboratorios de pruebas COVID-19 en cada una de las capitales del departamento de la Amazonia o fortalecer las unidades de cuidados intensivos (en el hospital San Antonio de Mitú, Vaupés, uno de los más fuertes de la región, ni siquiera había camas UCI), sino fortalecer los sistemas de salud tradicionales con el reconocimiento a los médicos y sabedores tradicionales de cada pueblo.

“Así hemos demostrado al mundo, no solo al Gobierno, que con la medicina propia hemos podido mantener la supervivencia de los pueblos”, cuenta Sánchez. Además, como nadie, los indígenas tienen clara una relación que el año pasado fue anunciada por la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (Ipbes): que con la destrucción de la naturaleza vendrán más pandemias.

La reactivación del conocimiento ancestral por el coronavirus no solo se dio en el Amazonas. “Los relatos y testimonios del protagonismo y uso de la medicina tradicional en esta pandemia provienen de todos lados. Por ejemplo, los taitas en Putumayo, en un recorrido reciente por el departamento, nos manifestaron que el coronavirus, mejor conocido como bacna tsoca por los kamëntsas, reactivó ese conocimiento ancestral. Cuentan que cuando aparecieron los primeros contagios en sus territorios se alarmaron mucho, parecía una película de terror, murieron muchos abuelos y sabedores, pero con el pasar de los meses ese miedo fue desapareciendo, porque encontraron el remedio justamente en su madre tierra”, comenta Alicia Gómez, coordinadora de comunicaciones de la ONG Ambiente y Sociedad.

*Este texto fue posible gracias a una alianza entre El Espectador y la organización Ambiente y Sociedad.

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