3 Feb 2021 - 8:30 p. m.

La milagrosa fortuna del loro orejiamarillo

La misteriosa muerte de centenares de palmas de cera en Roncesvalles, Tolima, ha disparado las poblaciones del loro orejiamarillo que anida en ellas.

Rodrigo Bernal

El reciente asesinato de Gonzalo Cardona Molina, quien durante 23 años participó en el proyecto de conservación del loro orejiamarillo en Roncesvalles, Tolima, fue un tremendo golpe para todos los colombianos. Fue particularmente duro para quienes nos ocupamos de la conservación de nuestro patrimonio natural. De paso, este crimen horrendo puso al loro orejiamarillo en boca de medio país. La historia de este hermoso loro es, ella misma, una historia de muerte. Literalmente.

Hasta hace poco más de veinte años, casi nadie en Colombia había oído hablar del loro orejiamarillo. Esta hermosa ave solo se encuentra ahora en las montañas de Colombia, donde anida exclusivamente en los tallos muertos en pie de palmas robustas, principalmente de la palma de cera del Quindío, Ceroxylon quindiuense, el árbol nacional colombiano. Pero el número de palmas muertas en pie en una localidad determinada es sólo una fracción pequeñísima del número de palmas vivas. Se trata sobre todo de individuos que mueren de viejos o fulminados por un rayo, cuyos tallos sin vida permanecen en pie por muchos años. Es en esos tallos muertos, y sólo allí, donde hace su nido el loro orejiamarillo.

Este hábito de anidación tan especializado hace que, en condiciones naturales, el loro orejiamarillo sólo pueda tener poblaciones grandes en áreas con palmares extensos y maduros, en los que haya un buen número de palmas muertas en pie y nuevas palmas que mueran cada año. Este tipo de palmares densos y maduros se encontraba en varios lugares de la Cordillera Central, como en la zona de Tochecito, en el Tolima, donde el ornitólogo estadounidense Frank Chapman observó al loro anidando en las palmas de cera en mayo de 1911. Pero en las primeras décadas de ese siglo, la colonización de las montañas en la cordillera acabó con gran parte de los bosques de palma, de los que sobrevivieron solo los individuos más jóvenes, aquellos que aún no habían empezado a producir un tallo y eran apenas una enorme roseta de hojas a ras del suelo. Cuando tienen ese tamaño, las palmas de cera sobreviven al hacha y al fuego que la sucede, y forman, al cabo de unas décadas, los llamativos palmares de potrero, con numerosas palmeras de tallo blanquecino, que los colombianos conocen en el valle de Cocora, en el cruce de La Línea y en otros lugares de nuestras cordilleras.

El origen y el destino de esos palmares de potreros fueron documentados por un grupo de científicos, del que hice parte, en un artículo publicado en 2013 en la revista estadounidense PloS One. Se trata en su mayoría de palmas de 70 a 100 años de edad, jóvenes aún para una especie que vive más de 200 años. De manera que, tratándose de plantas en la flor de la vida, la mortalidad entre ellas es muy baja, lo que hace que sea bajo también el número de tallos muertos en pie y, por tanto, sean también pequeñas las poblaciones de los loros que anidan en ellos.

Así estaban las cosas a finales de los años 90, cuando el loro orejiamarillo fue lanzado al estrellato. Era un ave casi desconocida, con poblaciones muy pequeñas confinadas a zonas de palma de cera, y categorizada por los expertos como en peligro crítico de extinción, el estado más grave de amenaza en el que se encuentra una especie antes de desaparecer para siempre del planeta. Fue entonces cuando el ornitólogo británico Paul Salaman se lanzó al rescate del loro orejiamarillo.

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Salaman había generado revuelo entre la comunidad científica en 1996, a sus 25 años de edad, por la poco ortodoxa práctica de bautizar una nueva especie de ave con el nombre de la persona que le ofreciera la mayor cantidad de dinero. En esta subasta del nombre científico de un ave, el trofeo se lo llevó el médico estadounidense Bernard Master, quien le pagó a Salaman, a través de BirdLife International, 75.000 dólares para sus proyectos de conservación, a cambio de que le pusiera su nombre a una nueva especie de ave colombiana, que Salaman mismo había descubierto en el departamento de Nariño. El ave se llama ahora Vireo masteri.

En 1998, pues, Paul Salaman se dio a la tarea de salvar al loro orejiamarillo. Creó la fundación ProAves, escogió al loro como su símbolo y su caballo de batalla y lanzó el Proyecto Loro Orejiamarillo, en Roncesvalles, Tolima, con el apoyo económico de organizaciones conservacionistas de España, Alemania y Estados Unidos. El objetivo era aumentar la población de loros en Roncesvalles, donde poco antes se había documentado la presencia de 81 de ellos, para rescatar a esta especie de las garras de la extinción. Puesto que el factor limitante para la multiplicación del loro era la disponibilidad de palmas muertas en las cuales anidar, el proyecto intentó ofrecerle alternativas al loro, pegando a los tallos de las palmas vivas tubos gruesos de PVC, que hicieran las veces del tallo hueco de una palma muerta. Fue en vano. Los loros no lograron adoptar los nidos artificiales y la estrategia hubo de ser abandonada. Años después lograrían éxito con nidos artificiales diferentes, en otra región del país.

De todas maneras, Roncesvalles parecía ser el lugar ideal para iniciar este proyecto. Un informe presentado a la Fundación Herencia Verde por tres investigadores en abril de 1991 señalaba a Roncesvalles como el lugar con mayor cantidad de palmas de cera muertas, a causa de un mal no identificado. Las fotografías tomadas por uno de los investigadores en 1990 para ese informe muestran palmares en los que alrededor del 3% de las palmas adultas estaban muertas.

En 1999, dos años después de la primera visita de Salaman a Roncesvalles y recién iniciado el Proyecto Loro Orejiamarillo, el entomólogo César Rodríguez, de la Universidad del Quindío, y el patólogo británico Eric Boa, del CABI, una organización intergubernamental con sede en Inglaterra, evaluaron el estado de salud de las palmas en varias localidades de la Cordillera Central, y encontraron que era en Roncesvalles donde la mortalidad de palmas adultas era más elevada. En algunas áreas de este municipio, hasta la mitad de las palmas se encontraban enfermas. Aunque se le puso, incluso, nombre a la enfermedad (enfermedad de Ronces), no se establecieron sus causas y el asunto nunca pasó de allí.

En 2015, un grupo de especialistas (del que hice parte) produjo el Plan de conservación, manejo y uso sostenible de la palma de cera del Quindío, publicado por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. En ese documento, aclaramos que muchos de los síntomas que en el pasado se habían atribuido a una supuesta enfermedad de la palma en varias zonas de la Cordillera Central eran en realidad manifestaciones transitorias del estrés que sufren las palmas después de un ciclo de fructificación, en el que una palma llega a producir hasta diez enormes racimos de frutos. Al cabo de unos meses, las palmas que presentaban ese aspecto enfermizo estaban sanas de nuevo.

La situación en Roncesvalles, en cambio, era de otra naturaleza. Allí se encuentran grandes cantidades de palmas muertas en los potreros de varias localidades, sin que se vean afectadas las palmas de áreas vecinas ni las de los bosques aledaños: un comportamiento muy extraño para una enfermedad, que en 15 años había matado más de 300 palmas en los alrededores de Roncesvalles, pero no había logrado extenderse más allá, a pesar de que hay palmares a todo lo largo de la Cordillera Central. Aunque se ha repetido una y otra vez que se trata de una enfermedad causada por un hongo transmitido por un escarabajo que perfora los tallos, no existe ningún estudio científico serio que fundamente esa afirmación.

Entretanto, las poblaciones del loro orejiamarillo de Roncesvalles, ahora con abundantes tallos donde anidar, crecieron sin cesar, llegando a 310 individuos en 2004 y a 998 individuos en 2019. Una población que sería excesivamente alta en condiciones normales, para un ave que depende de los tallos muertos de una palma. A la par que aumentaba la población del loro orejiamarillo, la presencia de ProAves en la zona se hizo más fuerte: adquirió en 2009 una reserva de cerca de 4000 hectáreas en el municipio, instaló una oficina en el pueblo y convirtió al loro orejiamarillo en ícono de Roncesvalles, pintando con imágenes del loro y de la palma los postes de la electricidad y promoviendo el Festival anual del loro orejiamarillo y la palma de cera, que se celebró en el pueblo por primera vez en 2006.

Simultáneamente, ProAves ha mantenido una intensa campaña de promoción del loro orejiamarillo a nivel nacional e internacional, tan audaz, que el loro llegó a ser más famoso que la misma palma de cera. Y a la par con la popularidad del loro, ha crecido la actividad de la fundación, que siempre ha mostrado con orgullo su proyecto con el loro orejiamarillo, al que ha destacado como una de las mejores iniciativas de conservación de aves en Suramérica. Con el apoyo de numerosas instituciones de muchos países y el aval de su éxito con el loro orejiamarillo, ProAves ha adquirido por todo el país 26 reservas naturales, que abarcan más de 30.000 hectáreas.

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La muerte de las palmas de cera, entretanto, no ha recibido mayor atención, a pesar de que no solo afecta a una especie que está también en peligro de extinción, sino que es el árbol nacional de Colombia. Más de veinte años después de los primeros reportes, seguimos sin saber por qué se han muerto por cantidades las palmas en Roncesvalles, por qué en sitios específicos dentro del municipio y por qué, si se trata de una enfermedad, no se ha extendido más allá de una pequeña área. Cuando visité Roncesvalles en 2012, mientras preparaba el citado plan de conservación de la palma de cera, recorrí muchos de los palmares, conté las palmas muertas, revisé las que estaban en proceso de morir, estudié la distribución con respecto a las palmas sanas y, sin ser fitopatólogo, hallé extraño el patrón de distribución de las palmeras muertas, para tratarse de una enfermedad transmisible.

Cuando en 2016 crucé algunos mensajes sobre la muerte de las palmas con Eric Boa, el fitopatólogo inglés que estudió brevemente el asunto en 1999, me dijo que durante su visita había oído la teoría de que las palmas estaban siendo envenenadas, algo a lo que entonces no le prestó ninguna atención. Quedé asombrado, pues era la misma conclusión a la que, sin conocer los rumores, había llegado yo en 2012.

Quizás nunca sabremos de qué se han muerto centenares de palmas de cera en Roncesvalles. Pero, sin duda, la muerte de estas palmas cambió para siempre la fortuna del loro orejiamarillo y de la fundación que se creó alrededor de él.

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