Las noches de luna menguante eran importantes para los indígenas Eperara Siapidaara. Como el veneno de la rana dardo dorada se ponía más potente en ese tiempo, según cuentan los sabios de la comunidad, era el momento más oportuno para salir a cazar al animal. La sustancia mortal era extraída al poner el anfibio cerca del calor del fuego para luego impregnar los dardos que los cazadores iban a usar contra otros depredadores. Hoy se sabe que con el líquido de una sola Phyllobates terribilis podrían llegar a morir hasta 10 personas. “En esa época no había escopetas, esa era nuestra arma”, cuenta Florin Chiripua Mejía, del resguardo Calle Santa Rosa, en el municipio de Timbiquí (Cauca), donde aún se pueden ver ejemplares de la rana más venenosa del mundo.
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La Phyllobates terribilis fue descubierta en las selvas del departamento del Cauca en 1978 por Charles Myers, John Daly y Borys Malkin, quienes no solo identificaron los colores amarillo, naranja y verde pálido de la rana, sino que también estudiaron su alta toxicidad producida por los animales venenosos que esta especie consume. SegúnFlorin Chiriapua, fue un Eperara Siapidaara quien les indicó a los extranjeros la zona donde se podía ver fácilmente el anfibio. “Un indígena trajo a los gringos y les mostró la rana. Cuando se enteraron para que servía, empezó a verse menos por aquí”, agrega el hombre de 73 años, quien desde 1995 trabaja para proteger la biodiversidad que rodea a su comunidad.
Así como Florin Chiriapua, los indígenas conocen desde hace cientos de años la importancia biológica del territorio que no es solo hábitat de la rana amarilla, sino también de aves, anfibios, mamíferos y flora endémica dentro del resguardo Calle Santa Rosa, que el pasado 28 de octubre fue incluido dentro del Sistema Nacional de Áreas Protegidas con el nombre de Reserva Forestal Protectora Regional K´õk´õi Eujã.
La importancia de la zona que ahora es protegida por la ley colombiana fue reconocida desde hace 25 años, cuando la Corporación Autónoma Regional del Cauca (CRC) trabajó en lo que para entonces se conocía como Plan de Manejo Ambiental Indígena. “El equipo comunitario e institucional identificaron zonas que debían ser protegidas y alcanzaron a hacer mapas a mano alzada del territorio mediante cartografía social, pero el tema quedó en la planificación”, señala Liliana Patricia Paz, directora de la fundación Ecohabitats que en 2017 en busca de la rana dardo dorada entró a retomar el proceso que había quedado estancado y que la comunidad indígena nunca olvidó. “A ellos les quedó esa idea en la cabeza hasta que volvieron a encontrar un respaldo que les ayudó a constituír el área protegida”, agrega.
Para Paz, ecóloga de la Fundación, lo más importante en el trabajo de la conformación de la reserva forestal fue la participación de la comunidad indígena, que desde el principio ayudó a tareas fundamentales, como la identificación de especies. “Contamos con un equipo de especialistas en aves, anfibios, serpientes y plantas que durante un mes recorrieron las cuatro comunidades que integran el resguardo. Cada uno de los biólogos siempre estuvo acompañado por un experto de la comunidad indígena”, explica.
Así, junto con los profesionales traídos por la Fundación Ecohábitats y la CRC, los indígenas conformaron los recorridos de caracterización del área con la participación de un yerbatero, un curandero, un experto en mordidas de serpientes, un cazador y un chamán de la comunidad, que en la cultura se conoce como Jaipaná. Como resultado, además de identificarse varios ejemplares de ranas dardo dorada, que actualmente se encuentra en amenaza de extinción y su población está en declive, se pudieron determinar 14 especies de aves, 23 de anfibios y 10 de reptiles endémicas de la zona .
Florin Chiriapua lo resume en palabras un poco más sencillas: “He visto tigres, osos perezosos, micos, conejos de monte, leones, árboles y plantas que solo crecen aquí”, comenta. Para las comunidades indígenas, la conformación del área protegida no solo preserva la biodiversidad del territorio, sino también los lugares más sagrados para su cultura ancestral. “La importancia del bosque para ellos radica en que allí están los espíritus con los que se pueden comunicar. El objetivo del área protegida también es resguardar estos sitios que tienen un valor inmaterial, donde se encuentran plantas medicinales”, señala Luis Alfonso Ortega, director de áreas protegidas de la Fundación Ecohábitats.
Aunque el área entró formalmente a ser una reserva forestal protectora regional para el Sistema Nacional de Áreas Protegidas hace apenas unos días, la comunidad indígena realiza desde hace un tiempo salidas mensuales para monitorear las especies del territorio, especialmente la rana dardo dorada, que es la principal razón por la cual se protegió el área. “La comunidad escogió cuatro personas del resguardo quienes fueron capacitados por los biólogos y dos de ellos, son los encargados de hacer recorridos. Juntos identificaron los lugares potenciales donde se pueden ver las ranas, así los indígenas llevan un registro para identificar su ubicación, el color y las características”, dice Ortega.
Para la ecóloga Paz, el proceso de defensa de biodiversidad que se dio con los indígenas Esperara Siaapidara se podría catalogar como único, porque fue ideado casi que de principio a fin por la misma comunidad. “Fue algo muy auténtico, porque fue liderado por ellos, nosotros solo acompañamos. Por lo general se parte de la meta de constituir un área protegida pero nuestra meta fue seguir la idea que tenía el resguardo. Cuando las cosas nacen así, el proceso seguirá con o sin nosotros”, concluye la directora de Ecohasbitats
Florin Chiriapua dice que la rana dardo dorada es un animal “que tiene una fortaleza grandísima” que hoy, después de 42 años de ser descubierta y aunque ya no se utilice para poder cazar, sigue siendo un “arma” protectora para las comunidades indígenas que viven en la zona y que, al igual que esta especie venenosa, también podrían estar a punto de desaparecer.