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27 Mar 2022 - 11:31 p. m.

La transición energética que no podrá ignorar el próximo gobierno

Columna de Opinión de Alex Rafalowicz, director global de la Iniciativa para un Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles.

Alex Rafalowicz*

Colombia enfrenta otra vulnerabilidad que rara vez se tiene en cuenta: la dependencia de la extracción de combustibles fósiles como una punta clave de la economía.
Colombia enfrenta otra vulnerabilidad que rara vez se tiene en cuenta: la dependencia de la extracción de combustibles fósiles como una punta clave de la economía.
Foto: Agencia Bloomberg

El sistema energético mundial está en una encrucijada - un camino es seguir con los riesgos asociados a la dependencia de los combustibles fósiles y el otro es empezar una transición rápida y justa a un modelo alternativo de energía. La guerra rusa en Ucrania profundizó la problemática de los combustibles fósiles como base de la economía planetaria, ahora es un asunto de seguridad internacional. Europa se enfrenta a una crisis particular, ya que Rusia, uno de sus principales proveedores de combustibles para la calefacción y la electricidad, ha estado utilizando las ganancias provenientes de la venta de gas, petróleo y carbón para construir y utilizar una fuerza militar que amenaza la paz y la estabilidad en la región. Como lo dijo Svitlana Krakovska, la representante de Ucrania ante el Panel Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC para sus siglas en inglés), “la fuente de la crisis climática y la guerra rusa contra Ucrania son las mismas: los combustibles fósiles (carbón, gas y petróleo)”. Este ha sido el caso durante décadas, desde que el IPCC determinó que la quema de combustibles fósiles es la causa principal del calentamiento global.

El Secretario General de las Naciones Unidas viene advirtiendo en todas sus plataformas, con una franqueza inusual, la emergencia creciente y la falta de atención a los riesgos derivados del sistema de combustibles fósiles, tanto para nuestra seguridad como para nuestro clima. De hecho, esta semana declaró que responder a la crisis en Ucrania invirtiendo en más infraestructura para gas, petróleo o carbón era una “destrucción mutua asegurada”, una frase usada durante la guerra fría para referirse al riesgo de una guerra nuclear. En estos términos, los combustibles fósiles siguen la misma lógica que las armas nucleares, pues hoy son una amenaza existencial para las civilizaciones humanas. Una analogía muy significativa para trazar y que Colombia, los colombianos y nuestros candidatos a la Presidencia deberían tomar muy en serio.

Colombia es orgullosamente el segundo país con mayor biodiversidad del planeta. Lamentablemente, también es uno de los países más vulnerables al cambio climático y a sus impactos: cambios en los patrones de lluvia, sequías, tormentas severas y sus consecuencias en los cultivos, así como deslizamientos de tierra y erosión. Adicionalmente, Colombia enfrenta otra vulnerabilidad que rara vez se tiene en cuenta: la dependencia de la extracción de combustibles fósiles como una punta clave de la economía. Actualmente, las rentas de los combustibles fósiles aportan alrededor del 15% del presupuesto nacional, además de retener de manera importante las reservas de divisas, al representar cerca del 50% de las exportaciones nacionales.

A pesar de esto, gran parte de esta extracción no se ve reflejada en prosperidad ni en florecimiento de las comunidades locales; los departamentos más involucrados en la extracción de carbón y petróleo se encuentran entre los más empobrecidos y con los peores indicadores de acceso a alimentos, educación, salud y, sorprendentemente, incluso a energía.

En este contexto internacional y nacional, esta semana fue publicado un importante informe por el prestigioso Centro Tyndall de la Universidad de Manchester. El informe, “Vías de eliminación gradual para la producción de combustibles fósiles dentro de los presupuestos de carbono compatibles con París” se basa en la medición del PNUMA de la “brecha de producción” que muestra que los planes de extracción de carbón, petróleo y gas a nivel mundial representan más del doble de lo que sería compatible con el objetivo de temperatura del Acuerdo de París, que pretende limitar el calentamiento global a 1,5 °C por encima de las temperaturas preindustriales. Luego, aplica el concepto de “presupuesto de carbono” del IPCC (que es la cantidad máxima acumulada de emisiones de dióxido de carbono equivalente (CO2e) a lo largo de un periodo, para limitar el incremento de la temperatura promedio de la tierra dentro de un cierto rango) para estimar cuánto más carbón, petróleo y gas se puede producir y quemar y los compara con los planes de extracción actuales y existentes. Finalmente, los científicos británicos aplicaron una metodología para considerar la dependencia de los ingresos de un país hacia el petróleo y el gas para definir una lista graduada de cuándo los países deben planificar el fin de la extracción de carbón, petróleo y gas. Los hallazgos son fáciles de leer, pero es difícil entender lo que pueden significar en última instancia.

El primer resultado que los científicos concluyen, como lo hizo la Agencia Internacional de Energía el año pasado, es que para cumplir con nuestros objetivos climáticos debe haber un no rotundo a los nuevos proyectos de extracción de petróleo,gas y carbón, en cualquier parte del mundo. Eso significa no al fracking en Colombia, ni a la expansión de la frontera extractiva hacia la explotación en el mar, al igual que significa no a las nuevas expansiones de minas de carbón aquí o en China, al igual que significa no nuevos campos petroleros frente a las costas del Reino Unido y Noruega. Luego, el informe sugiere que para la extracción de carbón, todos los países desarrollados deben haberse detenido la producción para 2030 y países como Colombia deberían haber planeado cerrar y rehabilitar sus minas de carbón para 2037.

En términos de extracción de petróleo y gas, los países más ricos tendrían que planear cómo terminar su producción para 2031 y Colombia, cómo llegar a una fecha de producción final en 2037. Siguiendo el estudio, en adición a este liderazgo de los países industrializados, ellos deben apoyar la transición de países como Colombia. Ahora bien, este informe no fue diseñado para ser definitivo. Por supuesto, existen variables que podrían hacer que estas fechas varíen algunos años, pero la conclusión general es clara: estamos entrando en la década decisiva para una industria que necesita llegar a su fin en los próximos 10-15 años.

Un cambio tan significativo en la economía global representa a la vez un desafío y una oportunidad para Colombia. Podemos enterrar nuestras cabezas en la arena ante este desafío, o podemos comenzar a prepararnos activamente para enfrentarlo de la mejor manera. Hacerlo significa trabajar en la creación de programas desde el gobierno y en la creación de políticas públicas que asuman como una realidad la de no explorar nuevos combustibles fósiles y ayudar a planificar la reducción gradual de la extracción, de acuerdo con lo que requiere la ciencia. Siguiendo un informe en este tema que salió en el COP 26 de Glasgow, es claro que tal reducción globalmente requiere nuevos acuerdos internacionales y formas de cooperación inéditas para garantizar que Colombia, entre otros países, no corra el riesgo de recibir sanciones desde el sistema financiero internacional, sea por faltar a sus obligaciones respecto a su deuda externa,o porque las corporaciones podrían hacer demandas por la llamada ‘pérdida de ganancias’.

No solo se debe reformar el sistema internacional para eliminar las barreras a la acción en la planificación de una transición desde la extracción de combustibles fósiles, sino que también se debe cambiar para apoyar activamente dicha acción. Colombia podría ser líder en catalizar acuerdos globales, como un tratado para la no proliferación de combustibles fósiles, para apoyar su transición y la transición de países en situaciones similares. Necesitamos nuevos mecanismos internacionales para garantizar el acceso a medios financieros y tecnológicos para la transición, apoyo para procesos significativos de transición justa que involucren a los trabajadores y sus sindicatos, y compromisos de los países ricos para cambiar también sus planes de extracción.

Hasta ahora no hemos visto propuestas al respecto con suficiente detalle por parte de la mayoría de los candidatos presidenciales. La propuesta de Gustavo Petro, que salió el viernes, parece alineada con la ciencia. Sergio Fajardo ha anunciado, entre los principios de su programa, que el país debe buscar una economía cada vez menos dependiente del petróleo y carbón, pero no ha brindado suficiente claridad sobre los plazos o los mecanismos para hacerlo. Más preocupante aún, Federico Gutiérrez ha señalado que cree que la crisis actual es una invitación a aumentar la producción de combustibles fósiles en Colombia, en contradicción total con lo que exigen los resultados científicos y lo que advierten las alertas de los líderes internacionales.

Además del consenso científico internacional y del clima político emergente, el pueblo colombiano ha dejado claro lo que quiere como futuro. Los colombianos, cuando tuvieron la oportunidad, rechazaron el fracking en sus municipios y eligieron al Presidente Duque quien prometió un futuro libre de fracking. Han pedido que el Acuerdo de Escazú sea consagrado en la ley para darles los derechos de proteger a sus comunidades y ecosistemas locales. El próximo Congreso y el futuro Presidente se enfrentan a una encrucijada sobre el futuro de la extracción de combustibles fósiles. Las fuerzas que piden un futuro diferente ya se han pronunciado, seguirán creciendo y han dejado ver que esta es la única fuente de transformación real y mitigación del riesgo para Colombia.

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