9 Oct 2014 - 3:21 a. m.

Las aves que revolotean por Barú

En siete hectáreas de la isla se construye un aviario con fines educativos y para la conservación de especies.

Lisbeth Fog

Cardenales y reinitas cantoras y amistosas, búhos enigmáticos que penetran con su mirada, guacharacas agresivas que persiguen y atacan, elegantes y confianzudas grullas coronadas de largas patas y un seductor penacho de finas plumas doradas en la cabeza acompañan a los visitantes del futuro aviario de la isla de Barú como si se entrenaran para ser sus guías. Esta es sólo una pequeña descripción de la vida que trina en un espacio de siete hectáreas cerca de la población de Santana.

Aves endémicas de diferentes regiones de Colombia, como paujiles y guacharacas, pero también cigüeñas, martines pescadores, turpiales, tucanes, búhos, ibis, águilas, gallitos de roca y gavilanes, son algunos de los casi dos mil pájaros que vuelan y revolotean unos, y caminan otros, por diferentes ecosistemas que simulan aquellos que les son propios.

El Aviario Nacional de Colombia tiene actualmente más de 125 especies de aves y siguen llegando, en su mayoría provenientes de decomisos realizados por las autoridades. Otras llegan simplemente para escampar inviernos del norte, como los patos, que huyen de los vientos helados de las zonas de estaciones y se posan en la laguna dispuesta para darles posada. Ya saben que allí los esperan un clima agradable y alimento.

También llegan allí en el marco de programas de conservación, como es el caso del cóndor, que viene de Chile, o del paujil piquiazul, que ya ha nacido en cautiverio. En sus instalaciones se organizan cursos para lograr reproducir aquellas especies que están en cualquiera de los niveles de amenaza. El aviario ya cuenta con áreas destinadas a la incubación, la nutrición y la reproducción, así como guardería y bioterios. Afuera de las instalaciones, unas especies se desplazan libremente, mientras otras se ubican en grandes jaulas, algunas de ellas inmensas, atravesadas por senderos desde donde el visitante podrá observarlas detenidamente.

“El objetivo del aviario es mostrar la riqueza en la avifauna que tenemos en el país”, dice Rafael Vieira, su gestor. La idea es “tener un lugar en donde podamos conocer parte de esa fauna de una forma cómoda y fácil”.

El aviario no es sólo para esparcimiento, como lo demuestran los zoológicos del mundo entero. Neil Maddison, jefe del programa de conservación del Zoológico de Bristol, en el Reino Unido, cuenta que en Europa, por ley, todos los zoológicos deben contribuir a la conservación de las especies. “Lo que buscas es diseñar un plan de acción de conservación para aquellas especies que están amenazadas por diferentes presiones”, dijo a El Espectador. “Ese es el papel fundamental que debe desempeñar”.

Conjuntamente con la Asociación Colombiana de Parques Zoológicos y Acuarios, Acopasoa, el aviario de Barú adelanta actualmente dos proyectos de conservación del paujil y el cóndor. Ya han nacido paujiles copete de piedra, especie en peligro de extinción, algunos de los cuales tienen más de un año.

Los aviarios también tienen una función educativa, para lo cual se piensa trabajar con instituciones escolares vecinas, incluyendo las de la propia Cartagena. En una región donde es común ver cómo una de las distracciones de los niños es bajar aves con una cauchera, la construcción del aviario, las campañas que adelanta para que no los capturen y la inserción de la población de Santana en algunas de las actividades para su montaje han empezado a cambiar las actitudes. Que lo diga Carmen, la encargada de preparar las comidas para cada especie, según sean carnívoras, granívoras o frutívoras. Con la destreza y el conocimiento que adquiere día a día, cuenta que ya oye a los niños santaneros advirtiendo a sus compañeros: “No la mates que es del aviario”.

“Los que se vinculan como trabajadores son transmisores”, dice Vieira. “Además de veterinarios, zootecnistas, biólogos y nutricionistas, habrá educadores”.

Un país que se precia de tener la mayor diversidad de aves del mundo espera que el aviario de Barú abra sus puertas para poder admirar una muestra de esa gran variedad. Es una acuarela interactiva: un paisaje de colores bien definidos, infinidad de formas que las distinguen con singulares adornos en sus cabezas y cuellos, sinfonías de cantos diáfanos y roncos, silbidos misteriosos, gritos, gemidos, graznidos, traqueteo de picos y chillidos. No es posible aún conocer su lenguaje, pero sí saber si están tranquilos o nerviosos y agresivos. Dicen que son los machos los que más suenan y los más llamativos; aparentemente la naturaleza quiso que las hembras fueran menos atractivas, para no ser detectadas por sus depredadores cuando están en sus nidos. “La naturaleza es caprichosa para hacerles el diseño a las aves y los insectos”, dice Vieira.

El aviario será destino obligado para quieres buscan conocer más sobre los secretos y los “caprichos” de la naturaleza, pero también para implementar estrategias de conservación, que implica reproducción de especies amenazadas e investigación de sus poblaciones y hábitats, hasta conocer comportamientos y particularidades de cada especie.

 

 

lisfog@yahoo.com

@lisbethfog

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