11 Nov 2020 - 7:13 p. m.

Las inquietudes que dejan la intervenciones de la CAR en los ríos de la Sabana de Bogotá

Ciudadanos y organizaciones ambientales convocaron a un plantón este miércoles en contra de las adecuaciones hidráulicas que adelanta la CAR en varios ríos de la Sabana de Bogotá. Cuestionan la falta de estudios requeridos y los impactos ambientales que pueden dejar las obras de ingeniería en estos ecosistemas.

Desde hace varias semanas las redes sociales se han llenado de fotos, videos y denuncias sobre las intervenciones con maquinaria pesada que está realizando la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) en varios ríos y quebradas de la Sabana Bogotá. Uno de los videos más recientes muestra a peces y cangrejos sin vida tras las obras con una retroescavadora en la quebrada Aguas Claras, en Sutatausa.

“Queremos recolectar evidencia de que sí existe vida en estas quebradas”, relata Christian Santa, quien realiza la toma. Como él, decenas de personas, incluyendo reconocidos ambientalistas, han alzado las voces ante las imágenes de rondas deforestadas y de máquinas dentro del cauce de los ríos. Este miércoles, las “Voces del Río” -como denominaron al colectivo- convocaron a un plantón frente a las oficinas de la CAR para exigir que “se suspendan las obras de adecuación hidráulica que están dañando a los ríos”.

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Entre abril de 2010 y junio de 2011 Colombia vivió el fenómeno de “La Niña” más intenso de los últimos 50 años. Las lluvias alteraron el comportamiento de los principales ríos y sus afluentes en todo el país, y se generaron numerosas crecientes súbitas en ríos de montaña. Según el IDEAM, se trató de uno de los inviernos más fuertes de los últimos tiempos en regiones como la Andina y la Caribe; y la CAR aseguró, en su jurisdicción, que el volumen de lluvias superó al promedio histórico en más del 300% entre abril y mayo de 2011. Los incrementos del nivel del agua causaron el rompimiento de algunos diques y originaron inundaciones en extensos campos de cultivo, universidades, clubes y viviendas de la Sabana de Bogotá. A nivel nacional las pérdidas económicas y sociales fueron enormes: más de 1′600.000 de hectáreas resultaron inundadas, 323 muertos, cientos de heridos, cerca de 500 mil viviendas afectadas y 2′350.207 personas damnificadas.

La tragedia hizo evidentes los vacíos que persisten en el país para prevenir y responder ante inundaciones. Desde entonces, adecuaciones hidráulicas y dragados se hicieron más comunes en varios ríos a nivel nacional, incluyendo los de la cuenca del río Bogotá, con el objetivo de mitigar nuevos riesgos. “La CAR ya ha intervenido muchos ríos en la Sabana de Bogotá”, señala Adriano Chaparro, vocero de temas hidráulicos de la corporación. Según indica, la comunidad y los gobiernos, históricamente, le “han dado la espalda a estos ríos, a los que nunca se les ha hecho un mantenimiento”. “La única entidad que pone recursos y se mete de lleno a una recuperación progresiva de esos ecosistemas es la corporación”, explica. Sin embargo, es esa estrategia de “recuperación” que adelanta la CAR en ríos como el Teusacá, en La Calera, y el Chicú, en Tenjo, la que cuestionan hoy ciudadanos, organizaciones ambientalistas, investigadores y comités de veeduría, y que ponen a la autoridad ambiental en centro de las críticas.

Los proyectos que, según la CAR, buscan ampliar la capacidad hídrica de los ríos para mitigar los riesgos de inundación, generan también una larga lista de inquietudes que van desde lo ambiental y lo técnico hasta lo jurídico. Por un lado, aseguran los ambientalistas, las obras están dejando los ríos “completamente desnaturalizados”, destruyendo su capacidad de regulación y sus ecosistemas acuáticos. “Se limitan a mejorar la capacidad hidráulica, pero no consideran escenarios futuros, de restauración del ecosistema, de la relación entre el lecho, el cauce, el valle aluvial y los bosques riparios. Se considera a los ríos como simples canales de agua, una visión del siglo pasado”, asegura Óscar Puerta, ingeniero civil especializado en recursos hídricos y magíster en gestión ambiental. “Las obras no solo destruyen el ecosistema, sino también la conectividad ecológica de una zona tan importante como lo es la Estructura Ecológica Principal de Bogotá, identificada por Van der Hammen hace más de 20 años. Al ejecutarlas, la corporación está descuidando su misión principal como autoridad ambiental. Se olvidó de su papel de protección al ambiente y se dedicó a ejecutar obras de ingeniería”, insiste Sergio Gaviria, PhD en Ciencias del Suelo y quien fue subdirector científico de la CAR Cundinamarca en el 2000.

Los reparos ambientales

Una de las principales críticas a las obras tiene que ver con que no se evaluaron sus potenciales impactos ambientales. “No se realizaron estudios de caracterización ecosistémicas, geotécnicos ni diseños de restauración ecosistémicas”. Además, aseguran, al diseñar las adecuaciones como “simples proyectos de canalización”, no se contó con estudios de fauna y flora, ni se cuenta con un plan de manejo ambiental.

Patricia Bejarano, bióloga y ecóloga de la ONG Conservación Internacional, resume algunos de los impactos no evaluados de las intervenciones: “Se está acabando con lo poco que queda de vegetación boscosa en las áreas de la ronda del río, en donde se alberga fauna y flora característica de alta montaña. Varias especies que se han identificado en la cuenca y que utilizan esas áreas para alimentación refugio o permanencia están amenazadas”. Entre las que resalta se encuentran el colibrí de calzoncitos cobrizo (Eriocnemis cupreoventris), la tingua bogotana (Rallus semiplumbeus) o el cangrejo sabanero (neoestrengeria macropa), una especie endémica del altiplano.

“Las adecuaciones”, señala Puerta, “remueven todo el material del fondo y paredes del lecho, acabando con el cangrejo y las galerías donde habita”. Restaurar, insiste, implica recuperar las funciones y la estructura ecosistémica, recuperar la conectividad. Es evidente que con esas intervenciones no hay un objetivo de restauración".

También aseguran que al cambiar las características y dinámicas propias del río se puede generar la pérdida de macroinvertebrados y otros organismos del agua que son la base de la cadena trófica del sistema. “No podemos hablar de recuperar el capitán de la sabana si lo que tenemos es un río donde ese pez no va a poder alimentarse porque no hay un ecosistema sano”, explica Puerta. “Los anfibios, que utilizan las zonas de pulsos estacionales de subida y bajada de las aguas para su reproducción también pueden verse gravemente afectados, y son uno de los grupos de animales que deben ser especialmente protegidos al ser muy vulnerables a los efectos del cambio climático”.

“La adecuación hidráulica con maquinaria pesada que está haciendo la CAR en este momento destruye todo a su paso. Ahí no queda nada vivo ni muerto. ¿Así queremos recuperar unos ríos que tienen problemas? ¿Quitando todo? Están desertificando un ecosistema que está degradado, pero que se puede restaurar. No están actuando como protectores, como una autoridad ambiental, sino como depredadores”, señala Sergio Gaviria.

Más allá de los posibles impactos de flora y fauna, quienes se oponen a las intervenciones tienen otras inquietudes. Por ejemplo, que la remoción de sedimentos pueda expulsar metales o sustancias contaminantes, quizá tóxicas, que se han acumulado durante años en el fondo y que ahora son depositadas en la orilla del río. Sin embargo, asegura Puerta, “como no se hicieron los estudios de caracterización de sedimentos no se sabe si lo que se está removiendo y está siendo usado para conformar los jarillones puede tener riesgos para la salud humanos y de la fauna presente en el área”.

Finalmente, afirman que se trata de un proyecto de ingeniería desproporcionado y sin un sustento técnico adecuado. “Claro que queremos evitar inundaciones y personas afectadas, pero ¿la prioridad es entonces ir y movilizar un río en una zona de riesgo bajo, gastando cerca de 5.000 millones en eso, y sin tener ninguna consideración ambiental? No hubo un estudio profundo de alternativas para manejar la inundación, solo un diseño hidráulico hecho por ingenieros que decidieron hacer una excavación de 256.000 metros cúbicos en un pequeño tramo con un daño ambiental importantísimo”, se cuestiona Puerta.

De lo ambiental a lo jurídico

Otro de los puntos de desencuentro entre los ambientalistas y la corporación tiene que ver con la necesidad o no de una licencia ambiental o un permiso de ocupación de cauce para intervenir en los ríos. Según la CAR, con las adecuaciones hidráulicas “solo se está haciendo una limpieza del cauce y mantenimientos preventivos” que, indican, la ley no los establece como proyectos que necesiten solicitar licencia ambiental. Los ambientalistas opinan lo contrario.

“La definición de cauce que está en la ley, en el decreto 1541 del 78, establece que el cauce está formado, entre otras cosas, por el lecho del río, que es la zona que el agua ocupa en el río naturalmente”, explica Puerta. “Cuando ese cauce natural que el río ha creado lo conviertes en una sección regular, con una forma geométrica establecida (en este caso trapezoidal), estás cambiando su canal natural y, en nuestra interpretación de la ley, lo estás rectificando”. “Además, también están rectificando la pendiente al volverla la misma en todo el río”, insiste. De hecho, en los estudios previos del contrato 2117 de 2019 (con el que se da inicio a las adecuaciones hidráulicas en la fase IV del río Teusacá) elaborados por la CAR, se establece en dos partes (en las páginas 6 y 7) que sí se proyectan “rectificaciones”.

“Nuestro punto de partida es la Ley 99 de 1993”, señala la abogada y exsecretaria de hábitat de Bogotá, María Mercedes Maldonado. “Siguiendo el artículo 49 de esa ley, la ejecución de obras o el desarrollo de cualquier actividad que pueda producir deterioro grave a los recursos naturales o al medio ambiente, o introducir modificaciones considerables o notorias al paisaje requiere licencia ambiental. Algunos argumentan que solo se requiere licencia para obras en los ríos navegables, pero esto no es explícito en la Ley”, asegura. También cita el Título VI del Código Nacional de recursos naturales no renovables y de protección al medio ambiente, que en su artículo 132 señala que “sin permiso no se podrán alterar los cauces, ni el régimen y la calidad de las aguas (…)” y que “se negará el permiso cuando la obra implique peligro para la colectividad o para los recursos naturales”. “Se entiende que actividades de restauración y recuperación de las condiciones ecológicas del río no requieran permiso, pero obras como las que está haciendo la CAR, sí”, insiste Maldonado.

La batalla que están dando desde la sociedad civil por el requerimiento de estos permisos tiene principalmente dos fines: además de prevenir los daños ambientales, busca garantizar el derecho colectivo al ambiente, la integridad de los ecosistemas y la participación ciudadana. “Los permisos implican que los ciudadanos podamos hacer parte del proceso, podamos pedir audiencias públicas, como hemos hecho en otros casos como el Sendero de las Mariposas, o la Reserva Van Der Hammen. Sólo así puede haber un debate previo, y no cuando ya se encuentran con la maquinaria destruyendo el río”, asegura la abogada.

Por su parte, la CAR insiste en que tanto “las valoraciones económicas y los estudios de análisis costo-beneficio se hacen solo para proyectos licenciables”, y que a las adecuaciones hidráulicas “la ley no las establece como un proyecto con la necesidad de un instrumento de legislamiento ambiental”. También, que están haciendo mantenimientos preventivos que no requieren ni consulta previa ni aceptación o aprobación de la comunidad, más allá de la socialización con los dueños de los predios colindantes al río. “Estamos trabajando dentro del marco normativo ambiental colombiano”, señalan.

Por estas diferencias en la interpretación de las normas, los ambientalistas han llamado a la Procuraduría y al Ministerio de Ambiente a revisar el tema.

Las alternativas

Para los ambientalistas se hace urgente la implementación de nuevas soluciones que no sean únicamente hidráulicas, sino también ecosistémicas. Soluciones basadas en la naturaleza que vayan de la mano con una tendencia que toma fuerza en el país y en el mundo. Tras las inundaciones del 2011 el Instituto Humboldt hizo un llamado urgente a reconocer nuestra condición de “territorio anfibio”, de un país de humedales y conexiones hídricas en el que el agua empiece a ser incluida en la planificación territorial y las estrategias de adaptación al cambio climático para evitar, entre un periodo y otro, alertas por sequías o por inundaciones. Desde las Naciones Unidas se anunció el comienzo de la “Década para la Restauración de los Ecosistemas”, un llamado a la protección y reactivación de los ecosistemas en todo el mundo.

“Contrario a la adecuación hidráulica que destruye el geo-ecosistema de los ríos, los suelos y la vegetación de las rondas”, señala Gaviria, “es prioritaria la restauración del ecosistema hídrico”. “Hay que entrar con un enfoque diferente: cómo hacemos para restaurar un río para que pueda desarrollarse como ecosistema, pero que también nos permita tener actividades productivas. Las alternativas tienen que estudiarse juiciosamente, teniendo presente que entre menos intervención humana adicional se haga, es más fácil ayudarlo a restaurar y recuperar”, insiste Puerta. “Intervenciones integrales de restauración ecológica, basadas en la naturaleza y que involucren la mitigación y la adaptación al cambio climático a partir de estrategias de conservación son sin duda muchísimo más económicas que el desastre que se está causando”, señala Bejarano.

Pero la CAR tiene sus reservas. “No podemos actuar como lo hacen en Europa o Estados Unidos, donde la tendencia es a dejar inundar los ríos de manera natural, porque cuando uno llega a la Sabana se encuentra con clubes, cultivos, viviendas y una cantidad de usos legales y derechos adquiridos de personas en predios bastante costosos”, explica Chaparro.

“La tendencia mundial es a generar intervenciones menores en los ríos, y todos los ríos que están interviniendo se pueden y se deben mirar de otra manera mucho más amplia”, señala Puerta. “Nuestra interpretación de los ríos de Colombia debe cambiar, somos un país que está tratando de reconocerse como anfibio; ya lo canta Carlos Vives y lo muestran investigaciones del Instituto Humboldt, tenemos que reconocernos como cultura con esos pulsos de inundación. Hoy en día los ríos son más que canales de drenaje y distritos de riego”.

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