18 Sep 2014 - 11:05 a. m.

Otra cara de Bogotá

Hace cinco años arrancó el proceso de recuperación de la quebrada Las Delicias, que baja de los Cerros Orientales hacia la localidad de Chapinero. El objetivo de proteger esta cuenca hídrica es actuar frente al cambio climático desde la ciudad.

María Paulina Baena Jaramillo

Debajo de la Bogotá de cemento y ladrillo se esconde otra Bogotá. En la localidad de Chapinero, desde la calle 62 con carrera 2ª, empieza el recorrido por la ruta de la quebrada Las Delicias, en el que hay sembrados más de 8.200 árboles. Aquí se han descubierto tres especies de anfibios, dos de reptiles y 80 de aves. Los muros están pintados con grafitis de colores, en uno de los cuales se alcanza a leer “Severo el sendero”. Y en plena avenida Circunvalar no se escucha el sonido de los carros, sino el del agua.

De repente, los andenes se transforman en tapetes de hierba y las gallinas son parte del paisaje. A lo largo de la caminata, que dura dos horas, lo verde se vuelve más verde y el aire huele más puro. Un hilo débil de agua baña el suelo de cemento. Luego ese hilito se vuelve más caudaloso. Al final, y en épocas de invierno, la cascada tiene un ímpetu difícil de creer.

Durante el recorrido hay que atravesar una mezcolanza de estratos: Juan XXIII y Bosque Calderón, que son estrato 2; Nueva Granda, estrato 3; María Cristina y La Salle, estrato 4. Y desde lo más alto se pueden ver el barrio Rosales, estrato 6, y El Castillo, que es estrato 5.

María Sofía López, líder comunitaria del barrio Juan XXIII, cuenta que la iniciativa partió de la ciudadanía cuando vieron que los vecinos de la quebrada La Vieja, ubicada en la 72 con 3ª, habían logrado recuperarla. “Esto no fue sólo recuperación de la quebrada, sino una recuperación de la comunidad”, asegura.

Porque, en efecto, por la quebrada no corría agua, sino basura, escombros y sangre. En la quebrada vivían los habitantes de calle. En la quebrada se escurría el día a día de los vecinos de los barrios Los Olivos, Juan XXIII, Nueva Granda y Bosque Calderón. La quebrada guardaba una historia ambivalente porque, para las comunidades, era el lugar donde jugaban cuando niños, donde las madres lavaban la ropa y llevaban el agua para la mesa. Pero más tarde sería el sitio predilecto para arrojar los cadáveres. Era un lugar de nadie y de todos. “Tocaba resignificar esos espacios y devolvérselos a los ciudadanos para lo que son”, comenta Patricia Bejarano, gerente de planificación y uso del suelo de Conservación Internacional.

Desde 2009, la Secretaría de Ambiente, junto con Conservación Internacional, comenzaron la recuperación de las 12 quebradas de los cerros de Bogotá en la localidad de Chapinero. En ese proceso “se analizó lo biótico, lo físico, lo socioeconómico y todos esos datos se integraron en un sistema de información geográfico”, explica Sandra Esguerra, directora de gestión ambiental de la Secretaría de Ambiente.

Ya se intervinieron dos quebradas: Las Delicias y Morací, prácticas que fueron premiadas en la jornada de Río+20 como las mejores en restauración ecológica. Ahora se están empezando las obras en El Chulo y Barrio Paraíso, y se priorizaron Los Olivos, Puente Piedra y Pozo Claro para iniciar la intervención al final de este año. Hoy el modelo de Las Delicias se está replicando en otras localidades, como Usaquén y Ciudad Bolívar. De hecho, “en La Estrella (Ciudad Bolívar) dicen que quieren su quebrada como esta”, comenta Sandra.

María Sofía, líder comunitaria, recuerda que la institucionalidad miró en la misma dirección que la comunidad. “El esquema tradicional ve la recuperación como un ejercicio de licitar obras. Como si esto fuera mera ingeniería. Aquí se busca demostrar que es un proceso socioambiental”, dice Sandra Esguerra, de la Secretaría de Ambiente.

El Distrito tiene focalizadas 34 quebradas con inversiones que han sido de $5.500 millones. Sólo la restauración de Las Delicias costó $1.800 millones. Pero, según Patricia Bejarano, de Conservación Internacional, en términos financiaros, esta inversión representa un ahorro, pues se previenen varios impactos a la salud de las personas y se genera un mecanismo de adaptación al cambio climático. “Haciendo recuperación de quebradas se recuperan los servicios ecosistémicos, nos adaptamos al cambio climático, pero también recuperamos la identidad territorial de los espacios del agua”, remata.

La experta asegura que la recuperación de las quebradas no es una cuestión de histeria verde, sino el reconocimiento de que ofrecen servicios importantes, como la luz, el teléfono o el agua. “Las quebradas brindan un montón de servicios ecosistémicos, como la conservación de la biodiversidad, los corredores ecológicos para la movilidad de las especies y los árboles que permiten captar CO2 para minimizar las concentraciones de contaminantes en la ciudad”, comenta Patricia.

Además, recuperar las quebradas favorece el aumento de las brisas locales que minimizan las “islas de calor”, que son concentraciones de gases en los núcleos urbanos, producto de la actividad en los centros industriales.

De acuerdo con el último Congreso de Biodiversidad, la población va en aumento. Se espera que para el año 2050 Bogotá pase de 8 millones de habitantes a más de 11 millones. Y en los municipios aledaños (Soacha, Chía y Mosquera) una población de casi 3 millones, llegará a ser de 9. “Vamos a concentrar en este 2% del territorio nacional casi la cuarta parte de la población del país. Estaremos amontonados en cuatro municipios”, dijo Patricia.

Esto genera presiones que se mezclan con el cambio climático. Las proyecciones que se han realizado en Cundinamarca demuestran que, en ciertos sectores, la disponibilidad de agua bajará hasta en 160%. Bogotá jalona y demanda todo los recursos de Cundinamarca y de otras regiones, pero ¿qué les da?

Las áreas urbanas verán los efectos del cambio climático más temprano que tarde. En 2010 las inundaciones sacudieron a Bogotá. Así que cuidar los cuerpos de agua dentro de una ciudad se vuelve casi obligatorio porque regulan los suelos en tiempos de sequía y de invierno. Y esta es apenas una de las 192 quebradas que se descuelgan de los Cerros Orientales. Entonces, como María Sofía, la líder comunitaria, quien se remangó los pantalones para redescubrir la magia de su quebrada, habrá que reenamorarse nuevamente de nuestro territorio. “Toca volvernos a vender la historia a nosotros mismos de algo que es muy cotidiano. Volver a mirar nuestra casa y encontrar cosas bonitas”. Cosas bonitas, que vayan más allá de armatostes de cemento y de ladrillo.

 

 

mbaena@elespectador.com

@mapatilla

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