25 Apr 2018 - 1:20 a. m.

Relato de un brasilero que llegó a Chocó para tumbar selva y explotar oro de manera ilegal

La minería ilegal de oro que empezó a destrozar los bosques en este departamento a principios de este siglo tuvo unos protagonistas: buscadores brasileros que llegaron a Chocó en busca de riquezas. ¿Cómo llegaron a Colombia? ¿Por qué decidieron dejar su país para explotar de manera ilícita? El Espectador conversó con uno de ellos para conocer de cerca su historia.

Sergio Silva Numa / @SergioSilva03

La primera noche que estuve en Río Quito, Chocó, a una hora de Quibdó, un hombre de piernas flacas y espalda ancha se me acercó para hacerme una breve advertencia. “Amigo, hola —dijo en un acento brasilero que delataba su lugar de origen—. En esa mesa de allá estamos sentados varios mineros. No nos gustan las fotos así que, por favor, no tomes más. Acá nadie quiere problemas”. Un minuto después apareció otro hombre, mucho más joven, y me ofreció una copa de ron. “Ahí le manda el patrón. Tranquilo. Es que a veces se ponen como nerviosos. Pero es mejor no molestarlos porque después se ponen a llamar a los paracos. Es mejor dejarlos tranquilos”.

Sobre Río Quito, este diario ha hecho muchas denuncias. Sobre la presencia de grupos armados, sobre la minería ilegal y sobre el desastre ambiental que ha generado. Aunque hace un par de años la Corte Constitucional estuvo en la plaza principal y políticos de turno han ido a examinar los cráteres inmensos que ha dejado la búsqueda de oro, la explotación continúa. Las amenazas aparecen cada tanto y el paisaje sigue siendo alucinante. Las ansias de riqueza han inundado los ríos de mercurio y se han llevado por delante mucha selva. Tanta que en varios boletines de deforestación el Ideam ha incluido este municipio como uno de los puntos donde más se tumba bosque. Allí, como lo reveló en 2016 la Oficina de las Naciones Unidas contra la droga y el delito, es donde se hace el 30% de la minería de aluvión del Pacífico. En total, se ha extendido por 40.839 hectáreas.

Hoy la explotación ha mermado un poco. Los precios internacionales del oro ya no son los mismos de hace unos años y la violencia ha tenido treguas. Sin embargo, los mineros continúan removiendo el agua y la tierra día y noche en esos aparatos tan grandes como un edificio de tres pisos que los pobladores llaman dragones. Muchos son brasileros que llegaron a principio de siglo buscando riqueza. Otros son antioqueños. Caminan con frescura por las calles del pueblo y navegan en lanchas rápidas por un río que sigue controlado por actores armados.

Mientras estuve en Río Quito, intenté en varias ocasiones hablar con uno de esos mineros que gran parte de la comunidad rechaza pero deben aceptar para no someterse a amenazas. Todos, salvo uno, se negaron. Su única condición fue que habláramos “sin grabaciones y sin fotografías”. Su español era pobre y nuestra conversación fue breve. No duró más de treinta minutos y la hicimos en compañía de otros cuatro compañeros suyos que se limitaban a escucharnos en silencio, mientras tomaban colombiana a sorbos grandes y comían pan. Aún no era medio día. Estaban esperando que el sol bajara para que una lancha los llevara al lugar del oro. Este es su relato:

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Así es como ha destrozado el río la minería ilegal de oro en Río Quito. / Fotos: Sergio Silva

La mía es una historia muy larga. Empezó hace 35 años en Porto Velho, cerca de Manaos, en Brasil. Muy, muy lejos de aquí. Allá arranqué con la minería y no he parado desde esa vez. He ido por muchas partes buscando oro. Creo que nací minero y no he dejado de serlo. Y quiero seguir siéndolo porque sacar oro es lo único que sé hacer. Por eso vine a Colombia después de haber estado en varios países: del 90 al 93 estuve en Bolivia, en Madre de Dios. ¿Conoces? Luego, me fui para Iquitos, en Perú. Había mucho oro, pero al final el Gobierno nos sacó; nos echó. Eso fue como en el 2000. Y por ahí en 2008 nos contaron que este era un buen lugar para explotar. Yo estaba viviendo en Tabatinga, en la frontera de la Amazonia, pegado a Leticia, y cuando me enteré de que acá había una posibilidad no lo pensé dos veces. Varios amigos ya habían venido y les está yendo bien. En los noticieros veía siempre imágenes de la guerrilla. Hablaban mucho de la violencia; decían que Colombia era el país más violento, en el que más mataban gente. Pero no tuve miedo. Había oro así que decidí viajar.

Tomé un vuelo hacia Bogotá y de ahí volé hasta Montería (Córdoba). Luego, cogí un bus hasta Caucasia, en Antioquia; allá, hacia arriba. Ahí empezó todo. Y mira, después de diez años sigo por acá. Ha pasado mucho tiempo, ¿no? Ya tengo una esposa y cuatro hijos. Todos son colombianos. Pronto iré a Caucasia a visitarlos.

Después de que empezamos a explotar oro en Antioquia, fuimos bajando poco a poco. Nos pasamos al río San Juan, a Barbacoas y, finalmente, llegamos a Río Quito. La primera vez que me enteré de que existía este sitio fue en 2011. Cuando llegamos había buen trabajo. Ahora nos va bien, pero no tanto como antes. En verdad, está un poco regular. Ojalá todo fuera como en 2008. Ese año sí que había oro en Colombia. Muy parecido a lo que viví como entre el 80 y el 85 en Brasil. Ah, qué época. Creo que ha sido la mejor de toda mi vida. Porto Velho todavía sigue siendo un buen lugar. Hay empresas y dan empleo. ¿Por qué salí de allá? No sé. Supongo que es porque los mineros somos aventureros.

En todos esos lugares siempre he hecho minería de oro. Es la más fácil. Sacar otros minerales es muy complicado. No sé cómo hacerlo. En cambio, el oro está ahí no más; solo hay que saber dónde buscar. Aunque ahora las cosas se están poniendo difíciles por acá en el Chocó. El Gobierno no nos quiere dejar trabajar. Qué dificultad. No ha entendido que nosotros venimos es por trabajo y lo que hacen es tratarnos como delincuentes. Eso seguro lo escuchas todo el tiempo: “los mineros son delincuentes, los mineros son delincuentes”. No hacen más que discriminarnos, pero somos trabajadores con familias. A todos, seguro, nos gustaría legalizarnos. Hay que buscar la manera. ¿Por qué no cooperamos todos para que eso suceda? Qué bueno sería legalizar nuestros dragones; qué bueno sería que nos educaran; que nos enseñen a trabajar para no dañar el ambiente. Qué bueno que nos dijeran cómo podemos planificar, qué nos explicaran cómo sembrar. En algunos sitios ya empezamos a cultivar acacias para reparar el daño ambiental que hemos causado.

Imagen de una de las dragas que usan los mineros brasileros en Chocó para extraer oro.

Yo me pregunto ¿qué es lo que quiere el Gobierno? ¿Dónde está la paz? Soy brasilero, sí, pero me siento colombiano. Ojalá que el ganador de las elecciones apoye la minería. Al nuevo presidente yo le diría que busquemos formas para que nos diga cómo funcionar. Hay departamentos olvidados como el Chocó que viven de la minería, pero con la persecución no nos están dejando trabajar. Y nosotros somos los que movemos la economía en estos sitios. Todos se benefician. Mire esta panadería: su dueño saca adelante el negocio porque nosotros le compramos. Somos nosotros los que movemos el comercio: compramos pollo, pescado, almuerzos, comidas. Es que si hay plata, hay vida. Es así de simple.

Además, también le damos trabajo a la comunidad. En las dragas solo están dos operadores brasileros; el resto son colombianos. En total hay unas 15 personas por draga y cada una se gana unos dos o tres millones de pesos mensuales. Pero nos están quemando muchas. Solo en 2017, bombardearon como 40. Cada vez que lo hacen perdemos unos $500 o $600 millones. Es mucho dinero. Si siguen así o si el oro de por acá se acaba, pues nos vamos y buscamos en otra parte. Al menos yo y mis compañeros vamos a seguir explotando. Ya tengo 50 años y no soy graduado en nada. No tengo estudios. No puedo conseguir trabajo en ningún lado, así que la plata está en la minería. ¿Porque empleo de dónde? Apenas sé explotar oro. Es lo único que puedo hacer.

Es que mira: hasta con la Policía tenemos una relación excelente. A ellos les da mucha pena cuando los obligan a quemar nuestras dragas porque saben que somos importantes para la economía del pueblo. Pero para ellos eso es una orden y las órdenes se cumplen. También tenemos una muy buena relación con toda la comunidad. Bueno, con casi todos. Lo que pasa es que si no te beneficias de la minería pues no te caigo bien. Y si no te caigo bien, pues me criticas y no me quieres en tu territorio. Pero, por lo general, es gente maravillosa. Les tenemos un cariño muy especial.

—Pero ustedes tienen alianzas con grupos paramilitares, ¿no?

—(Risas).  Sólo te puedo decir que en Chocó es imposible evitar los grupos al margen de la ley. ¿Tienes más preguntas?

Imagen de una draga abandonada por los mineros en el río. 

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