6 Dec 2015 - 3:32 a. m.

Sandra Vilardy, la protectora de Ciénaga Grande

Sandra Vilardy pertenece a las nuevas generaciones de científicos interesados en el ambiente como un tema general de estudio y de jóvenes apasionados que son capaces de dedicar toda su vida a mejorar los ecosistemas colombianos.

Julio Carrizosa Umaña, Especial para El Espectador

Sandra Vilardy pertenece a las nuevas generaciones de científicos interesados en el ambiente como un tema general de estudio y de jóvenes apasionados que son capaces de dedicar toda su vida a mejorar los ecosistemas colombianos.

Sandra obtuvo su grado inicial como bióloga marina en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, un importante semillero de ambientalistas colombianos que ha sabido responder en los últimos 50 años a la intención de sus fundadores. Tiene un doctorado de la Universidad Autónoma de Madrid con una tesis calificada por unanimidad como “cum laude”, honor con el que pocos colombianos cuentan. Además, hoy es profesora en la Universidad del Magdalena y ha publicado decenas de artículos científicos. Pero su principal valor es la forma entusiasta, insistente y rigurosa como ha logrado aplicar los conceptos más avanzados e innovadores de las ciencias ambientales a la realidad local colombiana.

En ese contexto, Vilardy, PhD en Ecología y Medio Ambiente, se ha convertido en una pionera en la aplicación de la ciencia postmoderna en la defensa del patrimonio ecológico y cultural del país. Conceptos como los de sistemas socioecológicos, resilencia, justicia ambiental y ecología política se aplican ahora en la costa caribeña colombiana como resultado de su actividad docente y de su colaboración continua con el Instituto Humboldt, con la Dirección de Parques Nacionales y con otras instituciones del Sistema Nacional Ambiental.

Esa labor de actualización científica de las formas como se realiza la gestión ambiental ha conducido a Vilardy a profundizar en una de las tareas más complejas de quien se enfrenta a la situación del país: la comprensión de las interrelaciones existentes entre la estructura ecológica y la sociedad colombiana.

Ella ha sido entrenada en las ciencias naturales al nivel europeo más alto, ha trabajado en cuestiones tan reservadas a las ciencias duras como “La Distribución Espacial de las Masas de Agua” o “La Dimensión Funcional de los Peces Arrecifales”, sobre las cuales ha publicado en revistas internacionales indexadas, pero al mismo tiempo se ha adentrado en el tema principal de sus investigaciones: cómo se genera el bienestar humano en los sistemas socioecológicos. En ese campo, complejo e indispensable, Vilardy ha investigado procesos etno-entomológicos y cuestiones que se encuentran en el borde del actual conocimiento científico como la resilencia socioecológica.

Esas “intromisiones” de Vilardy en cuestiones que parecerían únicamente propias de un especialista en ciencias sociales y humanas no las ha hecho por capricho o por soberbia. Las hace porque son necesarias si se quiere comprender procesos complejos como la deforestación de la Sierra Nevada de Santa Marta, el deterioro del parque Tayrona o, su caso preferido, la transformación de la Ciénaga Grande.

En un artículo reciente, ella, nacida en 1977, cuenta cómo conoció la Ciénaga cuando viajaba a pasar vacaciones entre Barranquilla y Santa Marta, cómo participó como estudiante en el Proyecto Prociénaga que en 1997 reunió esfuerzos estatales extraordinarios para salvar los manglares en ese lugar y cómo con los años, conforme ha avanzado en su formación como investigadora, ha sido testigo, analista y denunciante del proceso en el cual la ciénaga ha sido víctima de la tragedia local y nacional; de la violencia, de la pobreza, de la corrupción, de la ignorancia.

Siendo optimista, lo que ha pasado allí también ha sido útil para que contemos hoy con una investigadora de talla internacional que es capaz de comprender las intensas interacciones entre lo humano y lo no humano, interacciones que constituyen la esencia de lo que ha sucedido en Colombia.

 

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