Hace unos años, cuando la Fundación Bioethos todavía adelantaba planes de turismo etológico en el país, que consistían en llevar a gente sin bagaje científico a hacer prácticas de campo de lo que haría un etólogo —como se le conoce a quienes estudian el comportamiento de los animales—, su director, el biólogo Andrés Felipe García, empezó a notar varios problemas en algunos lugares donde se ofrecían planes ecoturísticos.
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Ya fuera en Puerto Gaitán (Meta), donde trabajaban con delfines rosados; en Mariquita, siguiendo a algunos primates; o en Buenaventura, con las ballenas jorobadas, García identificaba algunas prácticas que iban en contra de los principios del ecoturismo, que a grandes rasgos, define como la sostenibilidad, el componente educativo, los beneficios para las comunidades locales y los comportamientos conservacionistas. En el Pacífico, por poner solo un ejemplo, veía a algunos operadores que no respetaban la distancia mínima para observar a las ballenas, o varias lanchas que perseguían a las madres y sus ballenatos, en contra de las recomendaciones que existen para el avistamiento de estos animales.
A esta inquietud por el manejo del ecoturismo en el país, se le sumó otro factor que García veía en Colombia, pero también en otros países de la región y del mundo: el aumento en el interés por el turismo de vida salvaje dentro de la industria turística mundial, en particular, por la fauna silvestre amenazada. Aunque en Colombia es una actividad incipiente, a García le preocupaba el turismo de jaguares (Panthera onca). Después de todo, este félido, el más grande de América y el tercero del mundo, lo inspiró en gran medida al momento de fundar Bioethos.
Mientras iniciaba su doctorado en Gestión del Turismo, en la Universidad Autónoma de Occidente en México, el biólogo de la Universidad Nacional encontró que si bien el turismo de jaguares venía aumentando en la región, sobre todo porque se considera como una estrategia de conservación, sus efectos en temas ambientales, económicos y socioculturales, no habían sido analizados sistemáticamente. La literatura científica, recuerda, arrojaba resultados divergentes, con impactos tanto negativos como positivos.
Por esta razón, y en el marco de su tesis de doctorado, que todavía adelanta, García elaboró la primera revisión sistemática sobre los impactos de este turismo en América. Los hallazgos de esta investigación fueron publicados recientemente en la revista académica Studies on Neotropical Fauna and Environment. Además de ofrecer un panorama más claro sobre los impactos que esta actividad está teniendo, el biólogo espera que el trabajo sirva para identificar algunos puntos que, sin pasar por alto las diferencias ambientales, culturales y sociales de los lugares donde se desarrolla, se deben establecer para cumplir con el principal objetivo de este tipo de turismo: conservar al félido que está Casi Amenazado, de acuerdo con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
El turismo es como el fuego…
Si bien no se tiene certeza sobre cuál es el tamaño de la población de jaguares en el continente americano —las cifras más conservadoras hablan de 64.000 individuos; las más optimistas de más de 170.000—, las amenazas para esta especie son compartidas a lo largo de su rango de distribución, desde el sur de los Estados Unidos, hasta el norte de Argentina y Paraguay.
La agricultura extensiva, la minería, la ganadería, la caza por retaliación o por tráfico, así como la disminución de las poblaciones de sus presas, son las presiones que han llevado a que los jaguares habiten actualmente el 40.1 % de su distribución histórica en la región, y que esté extinto en países como Uruguay y El Salvador. Ante los múltiples riesgos que enfrentan estos felinos, escriben García y sus colegas Nataly Castelblanco-Martínez y Blanca Roldán-Clarà, “el turismo de jaguar ha emergido como una estrategia novedosa e innovadora para abordar el conflicto entre humanos y felinos”.
Sin embargo, advierte García, la forma cómo se desarrolla el turismo varía en función de las condiciones de los ecosistemas, de las características sociales y culturales y de las actividades mismas que ofrezcan los operadores. El Pantanal —el humedal más grande del mundo—, en Brasil, un “ecosistema abierto, como los llanos colombo venezolanos”, dice el biólogo, es quizá el lugar más famoso para el turismo de jaguares. En una salida durante la temporada seca se alcanzan a ver hasta once individuos diferentes. Estas actividades, como la observación, la fotografía y el video de larga distancia, el rastreo o el turismo científico —como el etológico—, se conocen como no consuntivas.
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Otro ejemplo de este tipo de turismo, y sobre el que García está ahondando en su doctorado, está al noroccidente de Sinaloa: “Allí se forma el corredor biocultural y turístico del jaguar. Usan el jaguar como imagen, pero no se llega a ver casi nunca. Hacen actividades con cámaras trampa, llevan a los turistas a ‘senderear’, mirar huellas y rastros”.
Del otro lado están las actividades consuntivas, e implican interactuar con ellos, sea para videos o fotos, acariciando cachorros o nadando con ellos, como todavía sucede en zonas de Honduras y México, apunta García.
Pese a las diferencias en el tipo de turismo y en las actividades que se ofrecen en cada lugar, el estudio de los tres investigadores buscó recopilar los impactos positivos y negativos que se han identificado a lo largo de América. Para esto, analizaron 88 documentos científicos, publicados entre 1989 y 2022, y que se adelantaron en 13 de los 18 países donde hay registros de jaguares.
El análisis de la revisión de la literatura arrojó 98 impactos distintos en las tres dimensiones de la sostenibilidad: ambiental, económico y sociocultural. Para sorpresa de los científicos, se identificaron igual cantidad de resultados positivos y negativos: 49. “Esto muestra la dualidad del turismo —dice García—, no solo con jaguares, sino que el turismo siempre muestra esa doble cara. Es una navaja de doble filo siempre”. En otras palabras, según un proverbio asiático, sobre el cual es difícil rastrear su origen, “el turismo es como el fuego, sirve para cocinar, pero también puede incendiar la casa”.
Maximizar lo positivo
Los impactos ambientales fueron los más numerosos, con 41 en total, de los cuales 28 fueron negativos. De los principales impactos ambientales negativos, los autores del estudio resaltan cambios en el comportamiento y afectaciones sobre el bienestar de los animales, sobre todo estrés, apunta García. También se evidenció la contaminación y la degradación del hábitat. Pese a esto, los científicos también concluyeron que “los impactos en la conservación son predominantemente positivos, resaltando el potencial del turismo de jaguar en la protección de la especie”.
Frente a los impactos económicos, el análisis encontró 23, 13 de ellos positivos. La generación de empleo, el mantenimiento y la realización de nueva infraestructura turística, así como la diversificación económica, son tres de las principales consecuencias positivas que rescata el biólogo colombiano, mientras que persisten las inquietudes sobre la distribución equitativa de los beneficios económicos y el potencial de prácticas insostenibles (como nadar o tomarse fotos con cachorros de jaguar) por motivos de lucro.
Finalmente, el equipo identificó 34 impactos socioculturales, de los cuales 23 fueron positivos, entre ellos la educación ambiental, la preservación de la cultura y el empoderamiento de las comunidades. En la otra cara de la moneda, se pueden presentar cambios culturales y desafíos para las estructuras de gobernanza tradicional.
“Hay que sopesar”, apunta García, tras repasar los impactos más considerables. ¿Qué sería lo ideal? Un punto medio entre los beneficios económicos que se producen Brasil, donde se estima que el turismo de jaguar logra generar hasta 22 millones de dólares por temporada, y México, que obtiene grandes resultados en términos educativos y de conciencia ambiental. A los ojos del investigador, Colombia es un gran ejemplo del equilibrio que se busca.
En nuestro país este tipo de turismo hasta ahora está empezando. Al margen de algunas iniciativas muy puntuales en el Magdalena Medio, el Caribe, la Amazonia y el Chocó, el sitio por naturaleza para avistar jaguares en Colombia es el Hato La Aurora, en Casanare. En esta reserva de la sociedad civil la actividad principal sigue siendo la ganadería, pero gracias a un trabajo que se inició en 2013 con la organización de conservación Panthera, ya se han podido observar algunos resultados positivos del turismo que allí se ofrece.
En un artículo científico publicado en la revista Scientific Reports (Nature) a mediados de 2023, un grupo de investigadores presentó las primeras estimaciones de abundancia y supervivencia de jaguares en La Aurora, donde se da un “manejo de sistemas productivos combinados con turismo e intervenciones para la mitigación del conflicto”. Como contamos en este artículo, la probabilidad de que los turistas avistaran un jaguar en el hato pasó del 0 % en 2014, a un 40 % en 2022. Esto, concluyeron los investigadores, demostraba la importancia que tenía el turismo en la conservación de la especie.
El reto, reconoce García, consiste en encontrar la fórmula para promover la educación ambiental con respecto a los jaguares, mientras se generan ingresos, como sucede en La Aurora, pero en las demás regiones del continente, pues, asegura, “no existe una receta común”.
A pesar de que cada zona tiene sus particularidades, lo cual puede delimitar el tipo de turismo que se ofrece y las actividades que se puedan desarrollar, los investigadores delimitaron una serie de acciones que son comunes: regulaciones caras, colaboración local, respeto por el significado cultural y espiritual de los jaguares, así como esfuerzos por promover comportamientos éticos y responsables entre los turistas.
De esta manera, consideran los científicos, “el turismo de jaguar puede contribuir significativamente en la conservación del jaguar y la preservación de los hábitats, al tiempo que se aporta el desarrollo local y el bienestar de las comunidades”. Eso sí, concluyen, “se debe balancear la conservación con los beneficios socioeconómicos”.
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