23 Dec 2018 - 2:00 a. m.

Un acto patriótico para conservar el ambiente

El cambio climático y la imparable deforestación son la evidencia de los desafíos a la hora de proteger los ecosistemas. ¿Cómo cambiar esa realidad? El reconocido antropólogo Wade Davis tiene un buen consejo: considerar el ambiente como la verdadera riqueza de un país.

-Redacción Medio Ambiente

El 15 de diciembre, tras más de diez días de tensas discusiones, delegaciones de 197 países lograron un acuerdo que puso fin a las discusiones de la más reciente cumbre del clima. Las últimas horas que se vivieron en Katowice, una ciudad de un poco más de 300 mil habitantes al sur de Polonia, fueron maratónicas, pero culminaron con una buena noticia: Un “libro de reglas” que será la guía para luchar contra el calentamiento global en las próximas décadas. 

El proceso, no tan atractivo como el de las cumbres anteriores, estuvo lleno de tropiezos. El escepticismo de algunos de los nuevos gobiernos se sobrepuso a las advertencias hechas por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Brasil, liderado ahora por Jair Bolsonaro, fue una de las grandes sorpresas. Su comitiva estuvo en desacuerdo en la manera como se calcula la emisión de gases y pidió una compensación especial por ser dueño de la mayor parte de la selva amazónica. Unos días antes ya había dado pistas de su postura: renunció a ser sede de la próxima conferencia del clima. (Lea acá: Lo malo que dejaron las negociaciones climáticas en Polonia)

“Lo que hemos visto revela falta de comprensión fundamental por parte de algunos países de la crisis actual”, fueron las palabras con las que Manuel Pulgar, del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), resumió la reunión. “De ahora en adelante”, advirtió el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, “las prioridades de la ciencia en materia de lucha contra el cambio climático serán ambición, ambición, ambición, ambición y ambición”.

A lo que se refería Guterres era a la necesidad de combatir aquellas posturas que parecen omitir las conclusiones de la ciencia. Desde que en 1990 el IPCC empezó a publicar informes alertando sobre las consecuencias del calentamiento global, sus investigaciones han tomado un tono de urgencia. Los últimos resultados indican que si la temperatura del planeta supera los 1,5 grados celsius habrá cambios sin precedentes: el océano Ártico podría perder su hielo cada diez años, más del 99 % de arrecifes de coral estarían al borde de la extinción y las migraciones se multiplicarían debido a la frecuencia de desastres naturales. Las tasas de enfermedades transmitidas por insectos, como la malaria y el dengue, también se dispararán.

Alejandro Santo Domingo lo resumió de buena manera hace unos días en el discurso de la sexta edición del premio Caracol Televisión a la Protección del Medioambiente: “Tenemos 10 años para revertir las emisiones de gases efecto invernadero. Sobrepasar el umbral de los 1,5° C (…) traerá graves consecuencias sociales, económicas y ambientales”. (Vea: Estos son los ganadores del premio Caracol Televisión a la protección del medioambiente)

Entre su baraja de argumentos mencionaba una de las grandes paradojas a las que hoy se enfrenta la humanidad: “El acelerado crecimiento económico sumado a que la población mundial se ha multiplicado por más de 10 veces, ha venido con muchos beneficios para las personas, pero ha traído consigo un incremento en el consumo de recursos naturales”.

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La revista Science, una de las más prestigiosas del mundo científico, publicó en noviembre de 2016 un estudio titulado The broad footprint of climate change from genes to biomes to people. En él, 17 científicos presentaron las conclusiones a las que habían llegado tras estudiar la mayor parte de la literatura sobre el impacto del cambio climático en las plantas y los animales. Tras revisar 94 procesos ecológicos llegaron a una conclusión: el 82 % de esos procesos, tanto en ecosistemas terrestres como acuáticos, habían sufrido serias transformaciones. Las variaciones en las temperaturas habían generado mortandades de corales en masa, una disminución del 6 % de los cultivos de trigo en el mundo en comparación con 1980 y unos rendimientos pesqueros 23 % inferiores en el mar del Norte frente a lo que se producía 40 años atrás.

Los múltiples ejemplos que citaba Scheffers y su grupo demostraban que el cambio climático había estado alterando la vida del planeta y que buena parte de los recursos naturales que sostienen a los humanos se estaban agotado. “Se está acabando el tiempo para dar una respuesta global sincronizada que integre la protección de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos”, sentenciaban.

En Colombia, hace menos de una semana, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) también publicó una muestra más del colapso de aquellos recursos. En su última Alerta temprana de deforestación, que resumía lo que sucedió entre julio y septiembre, señalaba un problema incontenible: la tala ilegal de bosques continúa a un ritmo frenético.

“La Amazonia concentra la mayor proporción de este fenómeno, con el 43 %”, apuntaban los técnicos del Ideam. Los municipios más afectados estaban en Guaviare y Meta. En Chocó, en cercanías del río Atrato, las alertas también se habían disparado. En otras palabras, como dijo en su discurso Santo Domingo, aunque el 68,7 % de la superficie del país colombiana está cubierta por 314 ecosistemas naturales, el 50 % de estos se encuentra amenazado. “Es una señal alarmante del deterioro del capital natural del país”, señalaba. (Le puede interesar: Se disparó la deforestación en La Macarena)

Una cifra resume la complejidad del problema: más 220 mil hectáreas fueron taladas en 2017. Eso quiere decir un espacio equivalente a siete veces el área urbana de Bogotá. Como hace poco escribió en este diario el ambientalista Juan Pablo Soto, frenar la deforestación y la pérdida de biodiversidad se convirtió en uno de los retos a corto plazo para el Gobierno y la sociedad colombiana.

Pese a las malas noticias, Ruiz Soto identificaba algunas iniciativas para combatir los problemas. La Alianza para la Restauración de la Amazonia, que aglutinó a diez organizaciones y a varios grupos indígenas, era una de ellas. Otra tuvo lugar el 12 de diciembre en las oficinas del Ministerio de Ambiente: a través del Fondo Colombia Sostenible, Noruega, Suecia y Suiza desembolsaron US$7 millones para, entre otras cosas, restaurar y conservar la serranía de La Macarena y contener la destrucción de bosques en el Pacífico. Se trata de un trabajo donde será clave el rol de las poblaciones locales.

En los premios de Caracol TV el reconocido antropólogo y etnobotánico Wade Davis, autor de El río, sintetizó todos esos esfuerzos con una frase: “Colombia, a diferencia de cualquier otro país, ha asegurado sus bosques y sus suelos”. Además, dijo, ha logrado algo que suele pasarse por alto: “Ha reconocido que el pueblo indígena merece un lugar en el conocimiento humano. Ningún país ha hecho por esos pueblos lo que se ha realizado aquí”.

¿Cómo, entonces, entender la actual destrucción de bosques? ¿Cuál es el antídoto para contenerla? Davis no tiene las respuestas, pero luego de explorar varias veces el Amazonas y recorrer los ríos colombianos tiene buen consejo: “El medioambiente es la riqueza del país. Protegerlo no consiste, únicamente, en un acto de conservación. Se trata de un acto patriótico”.

* El Espectador forma parte del grupo de medios propiedad de la familia Santo Domingo.

 

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