El pueblo de Barú, no las playas sino donde viven los baruleros, los descendientes de la comunidad afro que llegó a esta tierra hace siglos, territorio de pescadores, de artesanos, de artistas y de agricultores, está ubicado en la punta sur de la isla del mismo nombre. Sin agua, menos aún soñar con alcantarillado y un alto porcentaje de informalidad, los baruleros ven cómo su población y su ambiente ya no ofrece lo que se vivió en épocas pasadas. Recientes encuestas hablan de un alto nivel de pobreza. Sin embargo allí están, viviendo y sobreviviendo, con una sonrisa, preocupados por lo suyo, con un corazón grande, un gran sentido de solidaridad y de pertenencia a sus raíces, al suelo que los vio nacer.
Uno de ellos es Wilner Gómez Rodríguez, defensor del territorio, del mar y del manglar, gran observador de aves, líder en su pueblo y un gran poeta que quiero presentarles con este primer poema sobre su familia, Tres flores, un capullo:
Cuando cumplí 20 años
me enamoré de verdad,
siempre quise conquistar
a la madre de mis hijos;
no tenía la intención
que fueran más de dos
pero nació la primera
seguía faltando el varón.
Linda mi primera flor
y siguió sana, qué encanto,
mi esposa quiso el varón
recuerdo lo soñamos,
y nació una nueva flor
tan linda como su madre
seis años dándole amor
para buscar el niño más tarde.
Pero miren qué alegría
el señor dijo ‘aun no’
porque en mi humilde familia
debía nacer otra flor.
Recuerdo que cuando nació
a todos nos confundió
y es que al despertar su llanto
creíamos que era el varón.
Se nos pasaron tres años
que quisimos esperar
rogándole al dios del cielo
por el que me iba a remplazar;
nuestro cuarto hijo llegó,
se habían crecido las flores
el capullo por fin nació
esta es mi historia señores.
Firma como Nerwil. Activo como el que más. Del otro poema, Mis recuerdos del ayer, el que habla de su niñez, extracto algunos de sus versos:
Grandes y tupidos colores se dibujaban en el mar
deditos, gallitos, sargazos, riscos, erizos, lajas, lapas,
estrellas, gusanos, pulpos, cangrejas y hasta calamar
nombres en la región con los que aprendimos a llamar
a esas maravillas que se veían en las costas al bucear.
El embeleso por las piedras se notaba de repente
cuando en los bajos por pescadores bautizados
con una leve brisa, aguas claras y suave corriente
destellaba el arcoíris de colores, crustáceos y peces
que se apreciaban con abundancia en tiempos pasados.
No había en la época actividad más emocionante
que estar sumergido en medio de dos aguas
ver el fondo reflejado de colores y especies abundantes
y arriba en el bote la grandeza por la pesca capturada
sin pensar que en el futuro solo se hablaría de la especie.
Para terminar su escrito recordando lo que los abuelos decían, porque hoy “solo contamos con la fe, la dedicación, el empuje y la esperanza de gozar en la tierra y el mar, la vida que los ancestros vivían”. Sabio. Para usted, su familia, y los baruleros, toda mi admiración.
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