6 Jun 2020 - 4:00 p. m.

Una recuperación verde tras la pandemia

El 2020 pretendía ser el año de la ambición y acción climática. Debía ser un “año decisivo” para las iniciativas contra el cambio climático, como señaló el secretario general de la ONU, António Guterres. La COP26, que estaba programada del 9 al 18 de noviembre en Glasgow, iba a ser fundamental para que los países presentaran sus nuevos y más ambiciosos planes para cumplir con las metas del Acuerdo de París, pero tuvo que ser pospuesta para 2021. También fueron aplazados el congreso de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Océano y la Conferencia de la ONU sobre Biodiversidad. La pandemia ha dificultado las negociaciones climáticas, de por sí bastante complejas, pero también parece haber abierto la puerta para tomar una nueva conciencia ante la crisis climática.

Las medidas tomadas para evitar la propagación del nuevo coronavirus (SARS-CoV-2), que surgió en China a finales del año pasado y que rápidamente se extendió por todo el mundo, generaron un parón en actividades económicas y cotidianas sin precedentes. Un virus logró lo que en décadas de discusiones, protocolos, acuerdos, cumbres y reuniones había resultado imposible: reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

No solo eso. Mientras el mundo se apagó por un par de meses, pareció que la naturaleza reclamaba su espacio. Aparecieron animales silvestres deambulando por las principales capitales del mundo, los cielos estuvieron despejados y las aguas se vieron cristalinas. Una investigación publicada en la revista Nature Climate Change permitió ver cuáles habían sido las primeras consecuencias de ese apagón de la Tierra en cuanto a las emisiones mundiales del dióxido de carbono (CO2), uno de los principales causantes del calentamiento global. Tras analizar las políticas gubernamentales sobre confinamiento para 69 países (responsables del 97 % de las emisiones globales de CO2 y que representan el 85 % de la población mundial), el estudio evidenció que, durante el pico de las medidas de confinamiento, el pasado 7 de abril, se disminuyeron en un 17 % -el equivalente a 17 millones de toneladas de CO2 (MtCO2) en todo el mundo- los niveles de CO2, en comparación con los niveles diarios promedio de 2019. Solo en China, por ejemplo, se estima que las emisiones a raíz de la pandemia presentaron una disminución de 242 (MtCO2) entre enero y abril de 2020. En Estados Unidos la reducción fue de 207 MtCO2, en Europa de 123 MtCO2 y la reducción total está estimada en 1.048 MtCo2.

Según el estudio, se prevé que el impacto del confinamiento se traduzca en una reducción de alrededor del 4 y 7 % en las emisiones de este año en comparación con 2019. Lo curioso es que esa cifra -una caída anual del 7 % en las emisiones de GEI- es comparable justamente a la cantidad de reducciones de emisiones anuales necesarias durante una década para cumplir el presupuesto anual de carbono trazado por los objetivos climáticos del Acuerdo de París. La meta última del Acuerdo es evitar un aumento de 2 grados Celsius en la temperatura promedio del planeta. De hecho, los científicos del clima han argumentado que con un aumento superior a los 1,5°C traería consecuencias irreversibles.

¿Significa, entonces, que este 7 % de reducción en las emisiones por la pandemia un gran avance en la lucha contra la crisis climática? La respuesta que dan expertos de todo el mundo es la misma: “No”. El reporte en Nature también lo dice: “Las respuestas sociales por sí solas no impulsarán las reducciones profundas y sostenidas necesarias para alcanzar las emisiones netas cero”.

De hecho, según el último reporte de la Institución Scripps de Oceanografía y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés), la cantidad de CO2 en el aire en mayo de 2020 alcanzó una cifra récord: llegó a un promedio de un poco más de 417 partes por millón (ppm), frente a las 414.7 ppm de mayo del año pasado. Este es el valor promedio mensual más alto jamás registrado. Los niveles de dióxido de carbono alcanzados son los más altos en la historia de la humanidad y, probablemente, sean los más altos en tres millones de años. “El confinamiento de la población ha llevado a cambios drásticos en el uso de la energía y las emisiones de CO2. Sin embargo, es probable que estas disminuciones extremas sean temporales”, alertó la investigadora Corinne Le Quéré, de la Universidad de East Anglia, quien dirigió el análisis.

La razón es que el CO2 puede permanecer en la atmósfera durante siglos, por lo que las reducciones a corto plazo no tendrán un gran efecto general. La recesión económica pudo provocar una caída en las emisiones, pero la cantidad real de GEI en la atmósfera continúa en aumento porque la quema de carbón, petróleo y gas natural también han seguido creciendo. “Lo importante de esa reducción publicada en el informe es poder compararla. Es darnos cuenta de que para lograr mantenernos dentro de la trayectoria que nos permite reducir las emisiones a la mitad en 2030 y, por lo tanto, cumplir con el objetivo de limitar el incremento de la temperatura global, año tras año, tenemos que reducir un 7,9 % nuestras emisiones”, explicó Isabel Cavalier, directora de Transforma Global y quien lleva más de 10 años trabajando en cambio climático y desarrollo sostenible.

Es decir, ¿que solo con un parón como este todos los años podríamos lograr ese objetivo? “No. No vamos a resolver nuestros problemas estructurales a punta de cuarentenas. Nuestra transición hacia ese futuro bajo en emisiones tiene que ser de un cambio verdadero en nuestro sistema productivo, no puede ser producto de medidas de constreñimiento social o de medidas que nos impiden seguir cultivando la prosperidad en nuestras sociedades”, explicó Cavalier. “La reducción reflexiva de los gases de efecto invernadero tiene que ser intencional, no circunstancial, sostenida, no temporal. Sobre todo, debe conducir a un mejor bienestar humano, no al sufrimiento humano o económico”, escribió sobre el tema Christiana Figueres, secretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en The Guardian.

Según explican las expertas, lo más importante es que la recuperación que se planee para después del COVID-19 considere al cambio climático en sus respuestas, algo que Europa ya ha promovido como una “recuperación verde” a partir del European Green Deal y una nueva estrategia de biodiversidad para 2030. “En el contexto posterior a COVID, la Estrategia de Biodiversidad tiene como objetivo aumentar la resistencia de nuestras sociedades a las amenazas futuras, como los impactos del cambio climático, los incendios forestales, la inseguridad alimentaria o los brotes de enfermedades, incluida la protección de la vida silvestre y la lucha contra el comercio ilegal de vida silvestre”, aseguró la Comisión Europea.

Una nueva relación con la naturaleza

Tras la emergencia sanitaria por COVID-19, los países tendrán que enfrentarse además a una depresión económica grandísima. La gran pregunta ahora es cómo se saldrá de ella. Su espejo más cercano es la crisis de 2008, en la que la respuesta fue volver a darles un empujón a las industrias fósiles. Según Human Rights Watch, las emisiones de CO2 provenientes de combustibles fósiles se redujeron inicialmente con la crisis en un 1,4 %, y luego aumentaron en un 5,9 % en 2010. Esta vez los expertos piden a los países que no se repita la historia y que las consideraciones ambientales y climáticas se encuentren en el centro de la recuperación económica.

El Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia y miembro de la Academia Colombiana de Ciencias, Germán Poveda, pertenece desde hace 30 años al Panel Intergubernamental de Expertos Sobre el Cambio Climático (IPCC). Para él, “la pandemia ha sido una bofetada en la cara a la especie humana. Nos ha puesto presente la arrogancia del ser humano y nos exige una nueva relación con la naturaleza”.

“Para la pandemia podremos encontrar soluciones a corto plazo, seguramente una vacuna. Pero si seguimos deforestando, si seguimos acabando con los ecosistemas, entonces otras pandemias mucho más peligrosas que esta, que están escondidas entre los bosques de todo el mundo, seguirán apareciendo”, explicó. Por eso se requieren más que soluciones pasajeras. “El cambio climático, que también es resultado de la deforestación, se está manifestando ya, está sucediendo ya, y está superando todas las predicciones más dramáticas que se habían presentado desde IPCC. Y si estas amenazas no se enfrentan de manera resuelta, con un cambio fundamental de la relación de los humanos con la naturaleza, cada vez sus efectos van a ser más negativos, más fuertes y más desastrosos, no solamente para la civilización humana, sino para la vida en el planeta Tierra”, insistió.

Lo cierto es que este virus nos recordó cómo puede ser una catástrofe de escalas planetarias por una causa natural. Las crisis como consecuencia del cambio climático, que sentíamos lejanas en el tiempo, se volvieron en un par de meses reales y visibles. Aunque la pandemia por COVID-19 ha sido devastadora, las acciones para enfrentarla han sido inmediatas, y medidas preventivas como la cuarentena, el uso del tapabocas, el lavado de manos y la llegada de un tratamiento o una vacuna le darían fin en un corto tiempo. Sin embargo, no hay una cura mágica para una crisis climática. Los expertos coinciden en que, de no lograrse lo pactado en el Acuerdo de París, las pérdidas serían mucho mayores, imprevisibles y tomar acciones para contrarrestarlas podría tomar décadas.

Por eso, la posibilidad que se abre a raíz de la pandemia es fundamental y permitiría poner en marcha cambios estructurales. “Para Colombia es necesario que se establezcan medidas, planes y programas, primero que todo, para detener la deforestación ya”, aseguró Poveda. Colombia emite anualmente un promedio de 237 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera. Actividades en tierras forestales, incluida la tala de árboles, representan cerca del 33% de esta generación. “El país tiene que cambiar su paradigma de desarrollo basado en la explotación de recursos naturales y, en particular, de combustibles fósiles, y pasar a un modelo basado en la bioeconomía, en todo lo que nos pueden dar de riqueza nuestros bosques naturales. Creo que la última oportunidad de Colombia para salir de la pobreza y el subdesarrollo es basar su nuevo modelo en una bioeconomía muy potente”, insistió el experto.

Para Cavalier es fundamental que en el país y en el mundo “las medidas de recuperación impulsen cambios en los patrones de nuestro sistema productivo, privilegiando sectores de energía limpia y decidiendo a qué sectores se les imponen impuestos y a cuáles alivios”. “No podremos tener una población saludable si no resolvemos la crisis climática, esa es una relación directa que no podemos olvidar”, concluye.

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