4 Mar 2018 - 3:02 a. m.

Viaje al corazón de la deforestación

Mientras los incendios en Guaviare han consumido 20.000 hectáreas de bosque, una visita al resguardo indígena Puerto Zábalo Los Monos, en Caquetá, revela otra perversa estrategia: un “sistema de endeude” heredado de las épocas de cauchería.

Carolina Gutiérrez*

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La estrategia de los madereros que deforestan las selvas del Caquetá es la siguiente: barcos cargados de aceite, arroz, harina, implementos de aseo, gasolina, botas, machetes y todo lo que sea indispensable para vivir. Arriban a comunidades lejanas, de esas que viven a orillas de un río y a donde no llega casi nadie, donde el Estado rara vez aparece. Estos “barcos tienda” le ofrecen a la gente un crédito para que se puedan llevar los productos que se les antoje. No tienen que dar ni un peso porque el pago es en especie. O en árboles, para ser más precisos. Comida y gasolina a cambio de palos finos. Así ha funcionado el negocio de los madereros a lo largo del río Caquetá. O por lo menos en el territorio de los indígenas uitotos.

Llegamos al resguardo indígena Puerto Zábalo Los Monos, que ocupa 413.110 hectáreas y es habitado por 1.090 uitotos, para hacer un zoom a los puntos críticos de deforestación que el Ideam ha registrado desde que integrantes de las Farc dejaron los territorios en los que hacían la guerra para concentrarse en las zonas veredales, es decir, desde agosto de 2016. Desde ese entonces, la deforestación se acerca peligrosamente al resguardo.

¿Quiénes y cómo están deforestando los bosques amazónicos del Caquetá?

Es el primer día de diciembre del 2017 y hay revuelo en la comunidad de Puerto Berlín. Los hombres van y vienen con cajas llenas de mercado, las mujeres cortan verduras y arman arepas, mientras Cerafín Narváez, el periodista del resguardo, conocido como la Voz del Pilón, utiliza un altoparlante para darles la bienvenida a los invitados que empiezan a llegar a la ceremonia de graduación de 36 jóvenes uitotos que aprendieron herramientas para gobernar su territorio a través de un programa diseñado y desarrollado por la organización Amazon Conservation Team, la Universidad de los Andes, el Departamento Nacional de Planeación y la ONG Sinergias.

Uno de los primeros en arribar es Henry Guerrero, un líder veterano del resguardo que está al frente del Plan de Salvaguardia de los Uitotos: uno de los 34 pueblos indígenas del país que están en peligro de extinción física y cultural, como dijo la Corte Constitucional en el 2009.

Henry entra en la maloka, casa sagrada de los uitotos, construida con maderas finas y hojas de palma seca. Está sentado en la esquina reservada para los hombres y para el mambeo de coca. En el suelo reposa una vasija con el polvo verde, la planta sagrada tostada y molida. Los hombres se la llevan a la boca con una cuchara, se la acomodan en una mejilla y el polvo se va convirtiendo en una pasta que se disuelve poco a poco mientras ellos, liderados por el cacique Máximo Kiriateke, reflexionan sobre la vida y los asuntos económicos y políticos del pueblo. En esa esquina, Henry nos habla por primera vez de la modalidad de intercambio de víveres por árboles que los madereros implantaron en la zona. Él lo llama “el sistema del endeude”. El comerciante llega en su embarcación y le dice al indígena: “¡Coja lo que necesite!”. Cuando toma lo que normalmente es lo básico para sobrevivir, como un machete, unas botas, algunos medicamentos, el comerciante hace la cuenta y le dice: “Me debe $400.000”.

Lo que sigue es irse a montear. Es decir, meterse selva adentro con el maderero en busca de las especies de árboles finos: chocho, tamarindo, chaporrojo, granadillo de vega... El indígena se encarga de señalar el árbol, de “entregarlo o destroncarlo”, como dice Henry. Ahí acaba su misión. El resto lo hace la cuadrilla que va con el comerciante: un grupo de obreros que se ocupan de cortar los palos y transportarlos en mulas hasta el barco.

Cada bloque mide unos tres metros de largo por 30 centímetros de ancho. Y de cada árbol, en promedio, pueden salir unos 30 bloques (dependiendo del tamaño del árbol, pueden ser 15 o hasta 50). Eso significa que para pagar una deuda de $400.000 hay que reunir 200 bloques, y para eso hay que tumbar unos siete árboles primarios —o nativos, vírgenes— que pueden tener hasta 300 años de vida.

Hay algo más: el crédito nunca se cierra y la deuda sigue creciendo, porque cada vez que vuelve el barco tienda, al indígena se le han acabado el jabón o la harina o el aceite. Lo básico. Entonces el comerciante vuelve y le fía, y el indígena vuelve a quedar con el compromiso de señalarle más árboles. Mientras Henry habla, sus paisanos lo escuchan y complementan el relato: dicen que el maderero más famoso de la zona anda en un bote de unas 40 toneladas que puede cargar hasta 2.000 bloques. Otro hace cuentas y dice que para sacar esa cantidad son necesarios 20 días de trabajo y 100 árboles. Otro señala que esa madera va a parar a Florencia y que en Puerto Arango, el principal puerto fluvial de ese municipio, el comerciante puede vender el bloque por $80.000. A los indígenas se lo compran a $2.000.

Las cuentas de los madereros

Un hombre gordo y grande, de camisa de cuadros a medio abrir y jean amarillento, llega a Puerto Berlín y se sienta a hablar con Ignacio Kiriateke, o Nacho, el gobernador y líder político de la comunidad. Se está quejando porque las disidencias de las Farc —que según la Fundación Ideas para la Paz son entre 1.000 y 1.500 personas en departamentos como Antioquia, Caquetá, Guaviare, Meta y Nariño— están empezando a aparecerse por esa zona y a cobrar vacunas impagables. Los “tíos”, como les dicen, solían exigir un “impuesto” de $20.000 por cada tambor de gasolina que transportaban por el río. “Ahora quieren cobrar $100.000”, se lamenta.

Él trabaja para un maderero. “Uno es el que trabaja y los otros son los que se quedan con las ganancias”, dice. Según explica, cuando menciona las famosas “licencias” se refiere a un “patrón” encargado de tramitar una licencia de aprovechamiento forestal en Corpoamazonia, la autoridad ambiental encargada de esos permisos en esta zona del país. El patrón obtiene una licencia completamente legal, pero la trampa está en que, muchas veces, la tala no se realiza en el lugar autorizado sino en el bosque que más le convenga al maderero. Los comerciantes utilizan esa licencia para navegar libremente por el río, para tener un documento legal que mostrar si los detiene el Ejército o cualquier otra autoridad.

Mario Barón, director de Corpoamazonia, reconoce que “un porcentaje de la madera aprovechada no se extrae del predio autorizado”. Ellos entregan las licencias y seis meses después deben hacer una visita de campo para verificar que todo esté en orden, pero en selvas tan extensas como las de la Amazonia “no llegamos permanentemente”, dice. “Son áreas muy grandes, inmensas. Y nosotros somos sólo diez ingenieros forestales para el Caquetá. Es muy poquito, pero eso es lo que tenemos”.

Un funcionario de Parques Nacionales que conoce muy bien la región y que pidió no ser identificado dice que Corpoamazonia “siempre se escuda diciendo que no tiene personal para atender la situación”. Lo cierto es que el sistema del endeude y la tala ilegal de bosque son casi una institución en la Amazonia. Tanto Parques Nacionales como Corpoamazonia admiten que son un secreto a voces. “Esto viene pasando desde hace muchos años, sólo que ahora le entró la preocupación a todo el mundo. Me imagino que porque el cambio climático se volvió un tema internacional”, dice Mario Barón, de Corpoamazonia. “Estas comunidades, que viven en medio de tantas dificultades y en regiones con ausencia del Estado, han tenido que sobrevivir de alguna manera”.

En el 2017, el Caquetá fue uno de los departamentos con mayores amenazas por deforestación: en el primer trimestre ocupó el primer puesto en el listado de núcleos activos de deforestación del Ideam, y para el tercer trimestre (el último reporte que se tiene) seguía ubicado entre los primeros siete departamentos con mayores alertas. Buscando frenar esta problemática, en julio del año pasado se aprobó la ampliación de este resguardo a 413.110 hectáreas, para reconocer los territorios ancestrales de los indígenas y generar una figura de protección que ayude a detener la expansión de la frontera agropecuaria, que es el principal motor de deforestación en la región.

Con esta ampliación se logró consolidar uno de los corredores de conservación más grandes de la Amazonia, que conecta el Parque Nacional Natural Chiribiquete y el resguardo predio Putumayo. Son 10 millones de hectáreas que abarca, también, el territorio de Puerto Zábalo Los Monos. A pesar de esto, la tala selectiva, como la que los madereros practican en las comunidades de los uitotos, sigue siendo una amenaza.

“La cosa se nos salió de control”

Falta un día para la ceremonia de graduación de los jóvenes uitotos y ya casi todo está listo para recibir a los invitados. Los hombres madrugaron a pescar y las mujeres a recoger en los cultivos, o chagras, lo que hace falta para alimentar a las cerca de cien personas que llegarán. Las indígenas aprovechan para recolectar hojas de jizate y jigybe: unas plantas con las que preparan una tinta negra para que todos se maquillen los rostros y los cuerpos, porque están de celebración. Además de la graduación de los muchachos, la comunidad está emocionada porque después de muchos años volverán a bailar el yadiko o el baile de la boa: una danza de doce horas ininterrumpidas que hacen para el “manejo espiritual del territorio”, para proteger a la comunidad de enfermedades y purificar el ambiente.

Los uitotos saben que hoy más que nunca es necesaria una purificación del ambiente, porque perdieron el control de su selva. “Con la tala se pueden alborotar las pestes y las enfermedades”, dice Constantino Nonocudo, el médico tradicional de Puerto Berlín. “Cuando se tumba un árbol, uno está abusando. Ahí es cuando se rebela la naturaleza”.

Nacho dice que hace un año empezaron a tener conversaciones serias sobre el desastre ambiental que estaban provocando y reconocieron que si seguían a ese ritmo la madre naturaleza los podía castigar “individualmente con enfermedades y colectivamente con el cambio de calendario”, lo que significa poner en riesgo su seguridad alimentaria. “La cosa se nos salió de control”, dice Henry Guerrero. El agotamiento de sus recursos naturales es evidente: el pescado, una de sus fuentes principales de alimentación, está amenazado por la minería y el mercurio; luego de las bonanzas de la hoja de coca y la madera, sus cultivos no son tan prósperos como antes; han empezado a padecer enfermedades nuevas que no saben cómo curar con su medicina tradicional, y están tan aislados, así que pensar en un médico occidental es un lujo que casi nadie se puede dar.

Por eso los uitotos más viejos y sabios del resguardo llamaron a un encuentro de ancianos para tomar decisiones. Se reunieron en abril del 2017 en la comunidad de Puerto Belén, Resguardo Puerto Zábalo Los Monos. Los viejos tenían un mandato claro: no más deforestación ni minería. No más destrucción. Y a eso se comprometieron todos los miembros de la comunidad. Cada uno debía pagar las deudas que tenía y salirse definitivamente del negocio. Pero la necesidad ha ido deshaciendo esos pactos. “Yo sé que por aquí arriba hay un muchacho que debe cinco millones”, dice Henry.

Las oportunidades

Llega el día de la graduación y hay un aire esperanzador en la maloka. Los muchachos están pensando en el mandato de los más sabios y viejos de frenar la destrucción de sus recursos. Quieren volver a ser autosuficientes, como lo han sido por años, pero saben que la selva y el río no son los de antes, que por esas tierras han pasado otras bonanzas (caucho, pieles, coca, peces ornamentales, minería) que han dejado maltrechos sus recursos, y que no pueden seguir repitiendo la historia.

* Infoamazonia es una alianza periodística entre Amazon Conservation Team, Dejusticia y El Espectador. Amplíe esta historia en los mapas interactivos de colombia.infoamazonia.org.

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