Amy Winehouse, un año después

Primer aniversario de la muerte de la artista británica.

Desesperadamente autobiográfica, pero incapaz de admitir sus propios problemas. Enamorada de la música, pero sin ganas de querer presentarse más de una vez al mes. Con ganas de que todos la oigan, pero llegando tarde a las reuniones que impulsarían más su carrera. ¿Qué vida no es una suma de contradicciones?

Lo que sucedió con Amy Winehouse fue que las contravías en su propia vida fueron muchas, demasiadas. Acaso víctima de su propio éxito, una variable más de una fórmula antigua: talento excepcional mezclado con una suerte de desequilibrio mental, no locura, tan sólo una ruptura interna que siempre la llevó a caminar por el borde del abismo; entrar a una cristalería con un tanque de guerra.

Sus primeras canciones comenzaron a llegar a los 10 años, apenas letras desperdigadas en un cuaderno. Una niña cantante; ella y 30 millones más en todo el mundo. En el formulario de inscripción a una academia de teatro escribió: “Quisiera que todo el mundo olvidara sus problemas por cinco minutos cuando oyeran mi voz”. Eso fue a los 12 años.

El cuaderno de nuevo y una vez más. Letras y dibujos, tachones, manchas y de ahí un disco, ‘Frank’. Tenía 20 años. Su padre se dio cuenta de que había criado una estrella, una cantante de talla mayor que le enrostraba su propia infidelidad en su ópera prima: “Entienda que alguna vez fue un hombre de familia… /¿Qué le pasa a los hombres?”.

Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y este sólo tiene por finalidad la autoflagelación”. Truman Capote habla del 1%, las excepciones de un mundo en el que, como canta otra canción, “la insensibilidad es el estándar”.

Las letras de los cuadernos siempre hablaron de su mundo más inmediato. El amor, pero no el arquetipo: no el espejo para reflejar a cenicienta, sino el resquebrajamiento de los afectos, el espejo, pero roto; enorme pasión que se transfiguraba en adicción, en consciente delirio.

Un don raro, una afortunada coincidencia que hace quedar mal al otro 99%. En el año 2000, Winehouse fue llamada de emergencia por una orquesta que se quedó sin cantante a tan sólo minutos de una presentación. Amy se subió al metro y en el camino hasta la casa de un amigo se aprendió todas las canciones. Se paró en frente del reflector y cantó a la perfección, recuerda un conocido en una nota para el periódico inglés The Guardian.

Su felicidad al parecer siempre fue más una tregua del drama, una pausa entre los problemas y las botellas. El padre, Mitch, recuerda en la biografía de su hija (‘Amy, my daughter’) que fue Blake Fielder-Civil, el exesposo de la cantante, quien la introdujo en la salvaje geografía de las drogas. En el relato paternal, Amy es princesa, Blake, el infame villano.

Su padre, que algunos incluso tildan de sobreprotector y ambicioso (dos cosas casi naturales para una superestrella con problemas de adicción), hoy la busca a través de médiums en el éter, a ver si logra despedirse de ella antes de… De pronto es culpa, de pronto es tan sólo pena. Padres que entierran a sus hijos, labor dura.

Cuando aún eran novios, las rupturas con Blake solían terminar con ella recostada en el piso de la cocina, bebiendo Jack Daniel’s y cantando hasta perder el sentido. Al despertar, la rutina se repetía. Y así.

Más que admiración por la muerte, la fácil idolatría del recuerdo, Winehouse inspira hasta hoy respeto profesional entre quienes la conocieron, incluso cuando llegaba tarde a audiciones o cuando aparecía en los tabloides británicos cubierta de moretones después de haber peleado con su eterno Blake.

Claro, era su voz: no un tono hecho para la ópera, sino más un instrumento versátil cargado de pasión y gravedad, un lamento en clave de R&B, rasgado, granulado, imparable en la carrera hacia la nota más alta. También lo fue la honestidad de sus canciones, una suerte de inevitable exhibicionismo que convirtió a su audiencia en seguidores y voyeristas. ¿Para qué las entrevistas o una cuenta en Twitter cuando sus dos discos bastaron para contar una vida corta y atribulada?

La cantante martirizada, la artista inmolada en el fuego de su propio éxito, la superestrella de la prensa amarillista. La música introspectiva, la voz milagrosa que cantó la desesperación y los detalles de una vida cualquiera, una existencia problemática cargada de pasión y sufrimiento. Apenas dos discos y poco menos de 30 años para soportar la eternidad.