París con Carlos Gardel

Todo el encanto se rompió cuando fue necesario trasladarnos a Londres a iniciarnos en una nueva vida, al ser designado mi padre como Ministro Plenipotenciario de Colombia ante el Rey Jorge V.

Aquellos años de permanencia en París al lado de mi madre, mientras Alfonso López Pumarejo dirigía al Partido Liberal Colombiano, debían tener un significado en mi vida mucho mayor que lo que yo podía apreciar en aquellos momentos. No se trataba solamente de mi formación intelectual o sentimental, visitando museos o asistiendo ya a conciertos, sino de las responsabilidades que en forma prematura recayeron sobre mis hombros como primogénito de la familia en país extranjero. El sentido del hogar, de la familia, que ya teníamos hondamente arraigado, por el ancestro Michelsen, cobraba un nuevo sentido en un medio hostil en donde se experimentaba la ausencia de una autoridad masculina. Era un vacío que, a los diez y seis años, yo me sentía obligado a llenar, así careciera, por completo de ascendencia sobre mis hermanos y hermanas, quienes en todas las circunstancias hubieran rehusado, con justa razón, someterse a mi tutela.

Con todo frente a mi madre, angustiada por los problemas económicos e inexperta en el trato con persona extrañas, me correspondía desempeñar el papel de confidente y consejero y trabar una intimidad que no habíamos conocido hasta entonces. Me abría el corazón para darle rienda suelta a sus celos de esposa confinada en un modesto departamento en donde vivía ocupada en sus hijos, a tiempo que su marido, admirado y cortejado por sus éxitos políticos recientes, llevaba en Bogotá una vida de hombre libre cuyos ecos apagados llegaban a su conocimiento a través de las cartas de amigas confidentes. Mi hermana María comenzaba a dar muestra de despertar a la vida y revelarse como mujer que no desdeñaba un ingrediente de coquetería. Los personajes más heterogéneos rodeaban de atenciones a mi madre hasta cuando descubríamos que su solicitud obedecía menos al deseo de servir una amiga o a la parienta remota que para poder frecuentar a su retoño. La pobre se escandalizaba con razón de ver un hombre que había sido médico de mi abuela, como el doctor Luis Felipe Calderón, que llegaba sistemáticamente a la hora de la cena y con cualquier pretexto se llevaba a María López al cine, y ella se divertía de lo lindo tomándole el pelo y poniéndole apodos. Otros, con menos años, pero a quienes mi madre de soltera había conocido de niños, nos visitaban con asiduidad, so capa de tener noticias de la patria lejana y nos obligaban a atenderlos hasta altas horas de la noche cuando ellos mismos hubieran dado cualquier cosa por mandarnos a dormir.

Por hogar entendían las familias de entonces algo más que el núcleo compuesto por los padres y los hijos encerrados tras de cuatro paredes. El núcleo que respondía a tal calificativo comprendía, como miembros de la familia, a la servidumbre que, después de algunos años acababa por integrarse de tal manera al grupo que perdía todo contacto con los suyos y acababa haciendo propios los reveses y fortunas, los duelos y los regocijos, de los amos. De esta madera estaba hecha María de los Ángeles Ramos, el ama de Pedro, que debió entrar al servicio de la casa López, como se dice ahora, hacia 1915 y vino a morir, ya ciega y sorda, en 1970, en la casa de María Mercedes, la menor de mis hermanas. Fueron cincuenta y cinco años de compartir nuestra vida, en Bogotá, en París, en Londres, en New York, viéndonos crecer y formarnos, casarnos y tener hijos, siempre pendiente de su papel de miembro de la tribu, diluida y discreta, como una sombra que caminaba en puntillas por los corredores, pendiente de que le solicitara su ayuda, con la eficacia de un robot.

León Daudet decía que el mejor poema de la lengua francesa era aquel de Baudelaire que comienza:

"La servante au grand coeur dont vous étiez jalouse,
Et qui dort son sommeil sous une humble pelouse,
Nous devrions pourtant lui porter quelques fleurs..."

Y que yo traduciría:

"Al ama generosa que te inspiraba celos
y que duerme tranquila bajo la humilde grama,
bien podríamos llevarle un ramito de flores..."


Siempre me ha recordado este poema a María de los Ángeles, tan próxima a nosotros como cualquier otro miembro del clan. No era solamente María de los Ángeles, quien en París atendía las faenas de la casa de la Rué de Berri. Una cocinera española joven, de nombre Amelia y cuyo apellido ya he olvidado, compartió por todo el tiempo que permanecimos en Francia nuestra vida de hogar. Era la imagen misma de la española de los grabados de Goya, con sus formas rollizas y unos ojos azabaches, saltones, que hablaban más que sus labios. Parecía que la hubiéramos conocido desde la eternidad y ella misma se fue familiarizando de tal modo con las cosas de Colombia que hasta había ido perdiendo el acento castellano y ya hablaba como cualquier campesina nuestra. Su marido, Miguel, trabajaba en alguna fábrica y era un gigantón impresionante, cuya gran pasión era el boxeo. En aquellos años, España tenía puestas sus esperanzas en un leñador vasco de nombre Paulino Uzcudun quien, después de alcanzar el campeonato de los pesos pesados de Europa, se aventuró en el combate por la corona mundial. Unos años antes, el boxeador argentino Firpo había estado al borde de arrebatarle el título a Jack Dempsey, y corría el rumor de que había sido víctima de una triquiñuela del árbitro. Con la aparición de Uzcudun, que escalaba, peldaño a peldaño, las distintas etapas que lo llevarían al título mundial, la gente de habla hispana tenía puesta sus esperanzas en el nuevo campeón Miguel y mi hermano Pedro, que era su compañero de incursiones en los ring, y asistía puntualmente a cuanto match tenía ocurrencia en el velódromo de invierno, el vel d' hiv, como lo llaman los franceses, que era el mayor estadio ciclístico de París. Allí se celebraron los encuentros de las grandes estrellas a las que asistían mi hermano y Miguel. Regresaban
tarde en la noche, pero jamás ni mi mamá ni Amelia, sospecharon que, por fuera de boxeo, se interesaran en otros menesteres, propios de la fogosidad de sus temperamentos. En toda Francia, una ola de interés por el español, como no se había visto desde la época romántica de Víctor Hugo y Teophile Gautier, imperaba en los años treinta. No era solo en los deportes, en donde se destacaban los hombres de la Península. La caída de la monarquía y el advenimiento de la República despertaban igual o mayor pasión entre quienes seguían la vida internacional.

Alfonso XIII había entregado pacíficamente el poder, a raíz de las elecciones municipales, que sus partidarios habían ganado por un margen demasiado estrecho, y había emprendido el camino del exilio, empezando por París. Yo recuerdo haber estado presente en la estación del ferrocarril cuando el monarca destronado llegó a la Ciudad Luz y un respetuoso silencio acogió al soberano, en medio de la multitud de latinoamericanos que esperábamos su arribo, cuando unos pocos monárquicos lanzaron en sordina unos contados vivas a España. Era el comienzo de la modernización de la Península, considerada hasta entonces como una parte del Norte de África, no obstante de la popularidad de que había disfrutado el monarca caído hasta la víspera de su derrota. Pocos meses más tarde, el renacimiento intelectual de España se pondría de presente, cuando fueron elegidos a las cortes valores de la cultura ibérica tan caracterizados como don Aniceto Alcalá Zamora, el Doctor Gregorio Marañón, el filósofo José Ortega y Gasset y escritores de la talla de don Fernando de los Ríos, Pérez de Ayala, Jiménez de Azua, Casares Quiroga y miles más, que escapan a mi memoria. Sus intervenciones en la elaboración de la nueva Carta republicana se citaban con encomio, como modelos de un nuevo estilo literario que unía la concepción política con una gran economía de palabras, y una riqueza de ideas, plasmada en fórmulas jurídicas de impecable factura. La tarea, que parecía concebida para la eternidad, desaparecería a la vuelta de pocos años, arrastrada por el torbellino de la guerra civil española, encabezada por el general Franco.

Con espejo retrovisor puedo apreciar que su influencia sobre la intelectualidad hispano parlante fue inmensa. Expresiones como la circunstancia, en singular, puesta en boga por Ortega y Gasset, y la "y", para empezar la oración, corrieron con fortuna en América y en Colombia, en donde el desplome del Partido Conservador revestía los caracteres de la caída de una monarquía hereditaria, como la española. Pronto los políticos del ala izquierda del liberalismo aspiraron a protagonizar un papel semejante al de sus congéneres españoles, pidiendo la convocatoria de una Asamblea Constituyente que diera cristiana sepultura al vetusto estatuto de 1886. No era nada insólito en nuestro medio. Ya, en 1848, la caída de la monarquía de Julio, en Francia, había cobrado igual significación en la América española, cuando una catarata de notas líricas sobre la hermandad de los pueblos y la paz universal había fluido de labios de Lamartine, invitando al amor y a la práctica de las virtudes ciudadanas a los pueblos del mundo. Un hálito de socialismo parecía abrirse camino entre los nuevos pueblos de la civilización occidental y el viejo Ambrosio López, mi bisabuelo, habría sucumbido ante su embrujo. Los años veinte del siglo XX se conocen en las crónicas de nuestro tiempo como los años locos y, en verdad, lo eran. París se había convertido en el centro de gravedad de aquella locura en lo cultural, como New York lo era en lo económico. Allí se dieron cita escritores, pintores y políticos de todas las latitudes, para poner en práctica sus innovaciones y teorías. Los grandes novelistas americanos habían fijado su residencia en el Barrio Latino y concurrían regularmente a las tertulias de la Coupole y la Rotonde, en Montparnasse. Hemingway, Dos Passos, Scott Fitzgerald, Joyce, Gertrude Stein, Alice Tokiass, eran nombres conocidos en todos los círculos bohemios de entonces.

En otras esferas, más frivolas, en donde los contertulios asistían de riguroso atuendo al estilo de la etiqueta inglesa, imperaban los exilados rusos y los millonarios latinoamericanos, que fijaron su residencia en París. Nosotros, los colombianos, los veíamos mencionados en las páginas sociales de los diarios y aspirábamos a conocer algún día a la señora Martínez de Hoz, dueña de una cuadra de caballos de carreras que se disputaban los grandes premios de Longchamps y Auteil en competencia con los puros ingleses, y con Papyrus, la estrella de los haras franceses. Un millonario homosexual de origen chileno, Arturo López, hacía las delicias de los decoradores de interiores y una de las hijas de Juan Vicente Gómez, el dictador venezolano, cautivaba con su belleza los salones parisienses. Por cierto, alguna vez, en un desfile de automóviles deportivos, en el Bosque de Bolonia, perdió el control ante las aclamaciones de la multitud y embistió con su vehículo, causándole la muerte a una decena de personas. Bien pronto un abogado experto en responsabilidad extracontractual y las arcas del dictador arreglaron el daño, y la señora siguió reinando sobre París. Su residencia en la Avenue Kleber es la actual Embajada de Venezuela que nosotros frecuentábamos por haber conocido, en unas vacaciones de verano, a sus dos hijas, dueñas de un raro encanto.


En el ambiente impregnado de reminiscencias españolas, un joven argentino, de origen francés, se abrió camino, interpretando el tango con una voz acariciadora. Se llamaba Carlos Gardel y su nombre quedó identificado para la eternidad con el son argentino que se conoce como el tango. Mucho se ha escrito sobre las fuentes de esta música nacida en los barrios periféricos de la ciudad porteña, y, entre tantos escritos, merecen especial atención, las páginas consagradas por Borges a su disección. Parece ser que en los barrios de Corrales Viejos y Carpas de la Batería, o sea el matadero de vacunos de Buenos Aires, surgió este aire que participa del compás de la antigua habanera y de los sones autóctonos del Sur del Continente como el Candombe, de estirpe negra. El tango se bailaba, en razón de su vulgaridad, entre hombres, a los acordes del piano y de la flauta, y carecía del texto poético que en las canciones
populares se llama letra. Sólo, hacia 1917, hizo su aparición el primer tango cantado, y, como se diría más tarde, el tango subió de los pies a los labios, según la definición gráfica de Arturo Santos Discépolo. Con Mi noche triste, se le abrió el camino de la universalidad a un son de barriada, que hasta entonces no había sido de recibo entre las familias argentinas. Curiosamente, fue necesario, en las dos primeras décadas de este siglo, que la sociedad francesa le diera carta de ciudadanía al tango para que se le admitiera en su solar nativo.

Carlos Gardel era el hijo natural de una francesa de apellido Garde. Nació en Toulouse, trasladándose, aún infante, a Argentina, sin haber adoptado formalmente la nacionalidad del hermano país. Con ocasión de la Primera Guerra Mundial Gardel hubiera debido enrolarse en el Ejército francés, y, para no ser condenado como desertor, inventó una falsa partida de nacimiento en Uruguay, que debía servirle para regresar en gira artística a su verdadera patria. Murió en forma trágica, como es sabido, en nuestra ciudad de Medellín, en un absurdo accidente, de aviación en el que perdieron la vida los pasajeros y los tripulantes de dos aviones, el uno de la Scadta (Avianca), estacionado en la pista, y el otro, de la Saco, que intentaba despegar.

No era Gardel una gran voz, pero poseía, en cambio, el don de la vocalización, como si se tratara de una melopea, en la que ninguna palabra se le escapaba al auditorio, y todas ellas se adentraban muy hondo en el alma latinoamericana. Tuve la fortuna de escucharlo en la Salle Wagram, a unas pocas cuadras de nuestra residencia, y quedé subyugado con aquellos relatos melancólicos sobre los machos abandonados por las mujeres malas, que les ponían los cuernos, y se perdían, más tarde en el alcohol y en la prostitución. ¡Hacía ya muchos años que yo estaba reducido a los bambucos y pasillos colombianos en los discos de 78 milímetros!

El público, en general, aun quienes no podían seguir los cantos, se sentía atraído por la ejecución en instrumentos desconocidos, como el bandoneón, y una música emparentada con las danzas apaches y las javas, que hacían furor en los cabarets de Montmartre. La palabra canaille (canalla) adquiría una connotación distinta, casi simpática, tratándose de estos bailes que reflejaban un estado de alma.

 

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