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El negocio de las baterías para vehículos eléctricos dejó de ser un componente más de la industria automotriz para convertirse en un pilar de la transformación productiva global. Solo en 2024 se comercializaron más de 17 millones de eléctricos en el mundo, y la demanda de baterías superó los 550 GWh. Esto consolidó un mercado que ya rebasa los USD 85.000 millones y que continúa expandiéndose a medida que avanza la electrificación del transporte.
De acuerdo con análisis de la International Energy Agency (IEA) y de BloombergNEF, el costo promedio de los paquetes de baterías descendió en 2025 hasta niveles cercanos a los USD 99 por kWh. Alcanzar esa franja de precio marca un renglón destacado en la competitividad frente a los vehículos tradicionales de combustión interna y, al mismo tiempo, crea condiciones más favorables para que nuevas regiones instalen capacidades industriales en esta cadena.
¿Por qué Colombia puede jugar un papel estratégico en la cadena de baterías?
Hoy el debate internacional va más allá de fabricar celdas, sino la conversación gira en torno a construir un ecosistema completo que abarque módulos, ensamblaje de packs, sistemas de gestión de baterías, integración electrónica, validaciones de seguridad, aplicaciones de segunda vida y procesos avanzados de reciclaje.
Esta ampliación del alcance tecnológico y productivo abre oportunidades para que economías emergentes participen no solo como proveedoras de materias primas, sino también en eslabones intermedios de mayor valor agregado.
ProColombia sostiene que el país reúne condiciones estructurales favorables. Y es que más del 70% de su matriz eléctrica proviene de fuentes renovables (principalmente hidráulica) y la expansión sostenida de proyectos solares y eólicos impulsados por la Unidad de Planeación Minero-Energética (UPME) permite proyectar procesos industriales con una huella de carbono más baja.
Según Carmen Caballero, presidenta de ProColombia, el mundo atraviesa una reconfiguración productiva en la que la cadena de baterías se convierte en un componente estratégico de la competitividad. Por eso, Colombia puede integrarse en eslabones de mayor valor agregado apoyándose en su energía limpia, su capital humano y su conectividad. “El desafío es atraer proyectos que desarrollen capacidades locales, impulsen empleo calificado y contribuyan a la transición energética”, señaló.
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En 2025 se matricularon 87.623 vehículos electrificados en el país, de los cuales 19.724 fueron eléctricos puros y 67.899 híbridos. Estas cifras duplican con holgura los registros de años anteriores y activan nuevas necesidades como infraestructura de carga, servicios técnicos especializados, soluciones de software para gestión energética y aplicaciones de almacenamiento estacionario vinculadas a la segunda vida de las baterías.
A medida que el parque vehicular eléctrico aumenta, también lo hace la necesidad de gestionar baterías usadas, abriendo un segmento adicional de negocio en reciclaje y recuperación de materiales críticos.
A todo esto, se suma una red logística con vocación exportadora. Puertos como Cartagena, Barranquilla, Santa Marta y Buenaventura facilitan tanto la importación de componentes como la salida de sistemas ensamblados hacia América del Norte, Europa y otros destinos regionales.
En el plano interno, las regiones ofrecen ventajas complementarias. La Costa Caribe combina acceso portuario con alto recurso renovable, condiciones atractivas para parques industriales de bajo impacto ambiental. Antioquia concentra capacidades metalmecánicas y electrónicas, además de talento técnico que puede integrarse en el ensamblaje de módulos, sistemas de gestión y procesos de validación. Santander y otros polos industriales aportan soporte manufacturero y encadenamientos productivos para componentes auxiliares.
El crecimiento del parque eléctrico convierte la gestión de baterías usadas en un nuevo frente de negocio con alto valor tecnológico y ambiental. Para inversionistas, gremios y autoridades económicas, el mensaje es contundente: la transición energética no solo transforma el transporte, también reconfigura las cadenas industriales. En ese punto, Colombia no parte desde cero. La cuestión es si logrará traducir su potencial en proyectos concretos que impulsen una nueva etapa de desarrollo productivo.