Hablar de freno regenerativo no es solo entrar en una tecnología nueva. Es, en realidad, entender cómo ha cambiado la forma en que los carros pierden velocidad y cómo ahora también ganan energía en el proceso. Para ponerlo en palabras simples, se trata de una evolución que nace de comparar lo que siempre se ha hecho con lo que hoy permiten los sistemas eléctricos e híbridos.
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Según Andrés Nieto Ramírez, experto en seguridad vial y director del Observatorio de Seguridad y Convivencia de la Universidad Central, el punto de partida está en los frenos tradicionales, esos que durante décadas han hecho todo el trabajo.
Durante años, el frenado ha sido un asunto de contacto. Las pastillas presionan el disco, el disco gira con la llanta y esa fricción reduce la velocidad. Ese principio sigue vigente en los sistemas hidráulicos, electroasistidos o incluso en los más modernos desarrollos digitales. Todos, sin excepción, comparten algo en común. Están anclados a las ruedas.
El freno regenerativo rompe con esa lógica. Ya no actúa en la llanta. Actúa directamente en el motor.
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No reemplaza, complementa
Nieto es enfático en este punto. El freno regenerativo no sustituye al sistema tradicional. Ambos conviven.
Según el experto, en la mayoría de las situaciones cotidianas el sistema regenerativo se encarga de reducir la velocidad. Pero cuando se requiere una frenada más exigente, entran en juego los frenos convencionales.
“No es una decisión del conductor, es el propio vehículo el que administra esa combinación de tecnologías de forma automática”, señala.
Una conducción que se siente diferente
Una de las ventajas es que no obliga a cambiar la forma de conducir de manera radical.
Sin embargo, sí hay una adaptación progresiva. El conductor empieza a entender cómo responde el carro al soltar el acelerador, cómo disminuye la velocidad sin necesidad de frenar y cómo las revoluciones del motor influyen en ese comportamiento.
Nieto incluso plantea que esta evolución podría llevar a un escenario donde el pedal de freno pierda protagonismo, y donde gran parte de la desaceleración se gestione directamente desde el motor.
Más eficiencia, más control
Las mediciones de los fabricantes respaldan lo que explica Nieto. Cuando ambos sistemas trabajan en conjunto, los resultados son claros. Se han identificado mejoras en la eficiencia del frenado y en la maniobrabilidad. Según datos citados por el experto, estos avances pueden alcanzar hasta un 38% en condiciones específicas.
Esto no solo implica un mejor aprovechamiento de la energía. También busca una conducción más precisa y con mayor capacidad de respuesta.
Hacia dónde va esta tecnología
Para Nieto, el frenado regenerativo tiene un potencial evidente, aunque aún está en proceso de evolución.
En los últimos cinco años ha avanzado de forma significativa, pero todavía requiere desarrollo, pruebas y validación. Aun así, pinta bien el panorama.
Al actuar directamente sobre el motor, este sistema elimina un paso en el proceso de frenado. Según Nieto, esto puede traducirse en respuestas más rápidas, más exactas y más controladas, especialmente en situaciones de emergencia.
Eso sí, el experto insiste en que el respaldo del sistema tradicional seguirá siendo clave.
Una tecnología que suma a la seguridad vial
Desde la perspectiva de la seguridad, Nieto considera que el aporte es relevante. Mejor control, mayor eficiencia y una gestión más inteligente del frenado influyen directamente en la prevención de accidentes. Y aunque aún hay camino por recorrer, el potencial es alto.
“Si el desarrollo mantiene su ritmo, el frenado regenerativo podría consolidarse en pocos años como una de las herramientas más importantes dentro de los sistemas de seguridad de los vehículos modernos”, concluye.