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Bebés reborns: por qué estos muñecos hiperrealistas son tendencia

Lo que comenzó como curiosidad en internet terminó convirtiéndose en una práctica cotidiana que mezcla oficio, la exposición pública y decisiones éticas en su uso.

Paula Andrea Baracaldo Barón

08 de enero de 2026 - 12:59 p. m.
Las muñecas tienen su propio espacio en la casa de Sugely (@karlareborns1): ropa, accesorios y rutinas que replican escenas de la vida cotidiana.
Foto: KarlaReborn1
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Sujeiry Lemus estaba a dos meses de cumplir 11 años cuando llegó a Estados Unidos desde Guatemala. Le gustaba navegar en internet y, como a la mayoría de niñas de su edad, jugar con muñecas.

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Un día empezó a ver en redes sociales una muñeca distinta a todas las que conocía. Tenía rasgos tan reales, tan cercanos a los de un bebé de carne y hueso, que por un momento pensó que se trataba de un error o de un video mal editado. Buscaba información, imágenes, referencias, pero no lograba encontrar cómo se llamaban esas creaciones. No se dio tregua hasta que consiguió que sus papás le regalaran su primera muñeca reborn.

“Yo comencé a subir contenido a YouTube a esa edad porque me gustaba mucho hablar y escucharme, pero también porque me encantaba jugar”, recuerda. Karla es el nombre real de su mamá, pero por las restricciones de la plataforma y la edad que tenía cuando abrió su canal, Sujeiry decidió usar ese nombre como identidad digital. Así nació karla reborns1, como la conocen hoy en redes sociales.

Actualmente tiene alrededor de 19 muñecas y, calcula, más de mil prendas de ropa. En su casa hay leche de fórmula y papilla para bebés reales. Las muñecas tienen su propio cuarto: corral, cambiador, clóset, tapete de juegos, accesorios, zapatos y pañales. Entra allí todos los días, incluso cuando no está grabando contenido para TikTok, plataforma a la que migró después de YouTube. “Sería muy raro para mí no hacerlo. Se han convertido en parte de mi rutina y, además de que me gusta, también es mi trabajo de tiempo completo”, dice entre risas.

Las tiene de distintos tamaños, con variados colores de ojos y materiales. Cuenta que suele descartar muchos modelos antes de decidir una compra: es exigente con los detalles y, sobre todo, con el cabello, que prefiere siempre que sea humano y no de cabra, como algunas creadoras suelen utilizar. La muñeca más costosa que ha comprado tiene un precio, aproximadamente, de unos USD 2.500. “Pero los valores no tienen tope. He ido a ferias en donde eso se triplica”, aclara.

En Colombia, por ejemplo, los precios de los bebés reborns no están delimitados. Existen tiendas, como @tiendadeangels en Medellín, cuyo catálogo oscila entre los 350.000 y 850.000 pesos. Pero, en el caso de artistas que tienen un reconocimiento a nivel mundial, como Sandra Bortoleto, en Brasil, pueden llegar a los 8.000 Reales (más de cinco millones y medio en pesos colombianos).

Sujeiry está comprometida. Su pareja le ha regalado algunas muñecas y ha aparecido en varios de sus videos como “papá” de sus bebés, al igual que su suegra y su mamá, quien, de hecho, comenzó a crear contenido similar hace casi un año. En los comentarios hay quienes califican su contenido como “extraño”, pero eso no parece afectarle. “Creo que la gente tiende a generalizar mucho. Sé que hay personas que las usan porque perdieron un bebé, pero no es mi caso. Y aun si lo fuera, los comentarios son muy fuertes. No es la forma en la que a alguien le gustaría leerlos. Pero yo sigo con normalidad, es contenido y lo he hecho siempre”, afirma.

Para grabar sus videos se inspira en rutinas reales: mamás que llevan a sus hijos al colegio, a la guardería, al supermercado o de vacaciones. Cuando sale a un mall o a una tienda, siempre encuentra espacio en el carrito para cosas de sus “hijos”, como los llama en sus publicaciones. “En mi último video, de hecho, estoy armando un nuevo clóset porque el que tenía ya se había quedado pequeño”, cuenta.

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Hoy, Karla Reborn suma 2,1 millones de seguidores en TikTok. Gracias a la monetización de sus videos en YouTube logró independizarse, comprar su propia casa en Estados Unidos y dedicarse de lleno a la creación de contenido. Actualmente, tiene 22 años y planea continuar, al menos a largo plazo, en este mundo digital.

Cuando el hobby se convierte en oficio

Sthephanía del Campo Córdoba es barranquillera, supera los 30 años y hasta finales de 2020 trabajaba en áreas administrativas dentro del mundo de las ventas. Había dejado su ciudad natal para vivir en Cartagena. Estudió en el SENA y trabajó para, tiempo después, entrar a Contaduría Pública en la universidad nocturna.

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A su papá lo describe como “el negrito de las cocadas, el señor de las rifas, el que supo ser padre y madre a la vez”, por el que también siguió adelante. De pequeña, soñaba con comprar una casa que no fuera “la que todos decían que era la más feíta del barrio”.

Hoy la conocen como Nia Reborns, una de las pocas artistas que diseña bebés reborns en Colombia.

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Además del gusto, su camino hacia este oficio estuvo marcado por una condición de salud. En su trabajo debía permanecer mucho tiempo de pie, visitar casi 80 clientes y desplazarse por toda la ciudad. Cuenta que tenía que pedir ayuda, incluso, para amarrarse los zapatos.

Le diagnosticaron Lupus Eritematoso Sistémico (LES), que es capaz de atacar cualquier órgano o sistema sin discriminación. Una enfermedad autoinmune, silenciosa y sin cura, aunque con tratamiento.

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Hizo todo lo posible por conservar su empleo: el salario le permitía una vida estable, muy distinta a la que había tenido en su infancia. “Pero lo perdí todo. Tuve que vender incluso el apartamento porque ya no me alcanzaba para pagarlo”, recuerda. Oraba y pedía encontrar no necesariamente un trabajo, sino un motivo para vivir. “Caí en depresión. Había estado en el mejor momento de mi vida y sentía que todo se había venido abajo”, afirma.

Como Sujeiry, Sthephanía consumía contenido en redes sociales. Fue entonces cuando aparecieron esos bebés hiperrealistas. Pero contrario a las reacciones comunes, a ella le causaban fascinación y no incomodidad.

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Las piezas se habían vuelto virales, sobre todo en Estados Unidos y Europa. “En Colombia no los veía mucho. Yo me acerqué a ese arte, pero no lo vi como un negocio al inicio”, cuenta. Para ella, fue como una señal para canalizar lo que sentía y ordenar lo que le pesaba a través del arte.

Comenzó a buscar información, cursos y clases. Quería aprender, al menos como hobby. Tomó clases virtuales con creadoras y artesanas de otros países. Descubrió que tenía talento. Aprendió a pintar microvenas, a injertar cabello, a seleccionar colores de ojos y a trabajar los detalles que hacen que una muñeca se acerque, visualmente, a un bebé real. Comenzó a finales de 2020 y, en diciembre de ese año, le compraron unas pocas de las que diseñó.

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El proceso, explica, depende de muchos factores. Existen bebés originales y bebés réplica. Los kits originales se diferencian porque funcionan como “un lienzo en blanco, pero en forma de bebé”. Artistas extranjeras reconocidas fabrican moldes únicos, en ediciones limitadas, que solo algunas personas logran adquirir. Cada uno cuenta con un certificado que incluye el nombre del bebé (como el Kit Ethan, por ejemplo) y una referencia numérica que lo identifica como pieza original.

En su caso, los bebés que diseña comienzan desde un millón de pesos colombianos y el valor varía según el material (silicona o vinilo), si el cabello es humano o sintético, el tamaño, el diseño del rostro, manos, barniz, el color de la piel —pues asegura que las pieles oscuras llevan más trabajo—, el nivel de detalle, el relleno y si parece un recién nacido o un bebé más grande —diseños que son conocidos como muñecas toddlers—. A esto se suma, casi siempre, el envío internacional, que es de donde más provienen los ingresos.

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Cuando hablamos, su agenda estaba llena hasta abril. Cada bebé requiere tiempo, porque “no se trata de fabricar una muñeca de plástico, sino de construir una pieza que logre ese nivel de realismo que muchos buscan”.

El límite entre el acompañamiento y el dolor

Pero hay algo que Nia tiene claro y que define en su trabajo: no quiere promover el dolor. Quienes le compran suelen ser coleccionistas o niñas que no encuentran conexión con las muñecas tradicionales. También productoras audiovisuales, como Netflix, que las usan en grabaciones debido a las restricciones laborales con bebés reales. Y, por supuesto, han llegado madres que han perdido un hijo.

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Sin embargo, su respuesta siempre ha sido no. “Muchas veces me han pedido que les diseñe a su bebé fallecido, idéntico, a partir de una foto. Pero no es algo que me caracterice. Eso puede hacerlos sufrir más, o al menos así lo veo yo y siempre digo que no ante esas peticiones”, explica.

Sobre el uso de bebés reborns en procesos de duelo o infertilidad, la psicóloga Valentina Ospina (@una.aletafeliz) aclara que no se trata, por sí mismo, de una patología o de un trastorno mental, como suelen afirmar algunos comentarios en redes. “A la gente le encanta patologizar, pero hace falta mucho más que un video para afirmar que alguien tiene una enfermedad”, dice.

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Según Ospina, estos objetos pueden funcionar como recursos adaptativos dentro de ciertos procesos psicológicos, siempre que la persona pueda diferenciar claramente entre un bebé real y uno reborn, y no pierda contacto con la realidad. “No debe convertirse en una fuente de apego que reemplace o bloquee vínculos reales”, señala.

Freud ya hablaba de estos procesos como transicionales y válidos: los duelos y la melancolía pueden atravesarse mediante objetos simbólicos. Desde la pérdida de un embarazo en cualquier etapa, hasta personas con Alzheimer que conservan la sensación de haber sido madres o padres, aunque los recuerdos se desvanezcan.

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“La teoría del apego, desde un enfoque más cognitivo-conductual, resalta la importancia del entrenamiento en la crianza para generar apegos seguros. Si yo sueño con ser mamá y utilizo estas muñecas para prepararme, es un ejercicio válido”, explica. Y ahí, subraya, está ese espacio gris: entre el uso consciente, temporal y acompañado, y la sustitución de la realidad.

Los bebés reborns no ordenan el mundo ni reparan pérdidas por sí solos. En la vida de Sujeiry y Sthephanía funcionan como lo que son: objetos alrededor de los cuales se organiza una rutina, un oficio y una decisión consciente. Aseguran que es una pintura, una obra de arte que, en vez de una forma cuadrada, tiene la mirada tierna de un bebé. Que lo demás —la sorpresa, el juicio, el comentario ajeno— ocurre siempre desde afuera.

¿Los bebés reborns son solo juguetes? ¿O reflejan una necesidad emocional que la sociedad no quiere discutir? Los leemos en los comentarios.

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Por Paula Andrea Baracaldo Barón

Comunicadora social y periodista de último semestre de la Universidad Externado de Colombia.@conbdebaracaldopbaracaldo@elespectador.com

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