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Usted y yo lo hemos visto al menos una vez: alas pequeñas, mejillas redondas, arco en mano. Algunos, incluso, le han pedido que tenga mejor puntería la hora de jugar con los destinos románticos.
Sabemos, además, que no hace parte de una tradición propiamente colombiana. Y aun así, cada 14 de febrero su imagen reaparece en vitrinas, tarjetas, posts de Instagram o campañas publicitarias: un niño alado con arco y flechas que promete unir parejas.
Pero, ¿conoce el origen de este personaje?
En la tradición romana fue conocido como Cupido y en la griega como Eros. Se le atribuyó el poder de intervenir en los afectos humanos y divinos a través de sus flechas: las principales, bañadas en oro, despertaban pasión, amor o atracción; otras, que se componían de plomo, generaban rechazo en quien recibía el puntazo. Esa dualidad no lo convirtió en otra cosa que en una deidad impredecible, capaz de alterar destinos a su antojo.
De todas formas, vale la pena recordar que, con el paso del tiempo, Cupido dejó de ser solo un personaje mitológico para convertirse en un tema recurrente en la historia del arte. De hecho, durante el Renacimiento, se multiplicó en talleres europeos.
Por ejemplo, este personaje tuvo apariciones estelares en obras como Amor vincit omnia, de Caravaggio o en la Alegoría de Venus y Cupido, de Bronzino.
Y aunque para muchos es la representación de un niño o angelito inocente, en distintos momentos también fue mostrado como figura ambigua o incluso perturbadora y traviesa. Esa dimensión menos amable quedó registrada en 1613 (aproximadamente), cuando Bartolomeo Manfredi pintó Cupido castigado o El castigo de Cupido.
En la escena, Marte —quien, recordemos, es el dios romano de la guerra— lo azota después de haber sido víctima de una de sus flechas. La obra también juega dramáticamente con las luces y las sombras, una tendencia pictórica llamada tenebrismo.
Su relación con el 14 de febrero
Hay que tener en cuenta que el Día de San Valentín se originó siglos después, gracias a la tradición cristiana. Valentín, San Valentín de Terni, fue un mártir del siglo III y, con el tiempo, surgieron algunas historias que lo asociaron con la celebración de matrimonios clandestinos y secretos.
Durante el Renacimiento, cuando el interés por la mitología volvió a expandirse, Cupido fue reinterpretado como emblema del amor terrenal y también espiritual. Desde entonces, quedó asociado a la fecha. Es algo que responde más a procesos culturales modernos que a los religiosos.
Fue así como la apropiación comercial terminó consolidando la versión amable de este arquero alado.
¿Y Cupido se enamoró alguna vez?
Por supuesto. La idea de que el amor actúa como una fuerza que irrumpe sin pedir permiso no le fue para nada ajena. ¿Alguna vez escuchó el mito de Psique?
Esta joven mortal despertó los celos de Venus, diosa del amor y madre del protagonista de este artículo. A modo de “venganza”, le pidió a su hijo que la enamorase del hombre más indigno que existiera.
Pero el plan se desvió. El propio arquero terminó herido por su flecha y quedó atrapado en el mismo hechizo que administraba por doquier.
Su relación fue clandestina y condicionada: la regla era que Psique no podía ver el rostro de su amante. Cuando decidió hacerlo, lo perdió. Así que, para recuperarlo, debió superar pruebas impuestas por Venus. Solo después de atravesarlas, y tras la intervención de Júpiter, Psique recibió la inmortalidad.
Según National Geographic, a diferencia de otras deidades paganas que se diluyeron con la cristianización del Imperio romano, Cupido sobrevivió como imagen cultural. Su figura atravesó mitología, pintura, escultura y literatura hasta instalarse en esta, nuestra cultura popular contemporánea.
Ahora sabemos que detrás de las flores, los chocolates y el tradicional arco también hay una historia de deseo, castigo, travesuras y hasta celos divinos.
Tal vez por eso su vigencia resulta comprensible bajo el panorama en el que vivimos: porque también encarna a los amores impredecibles, a veces dolorosos y tan difíciles de acertar como un disparo de flecha.
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