“No, no es amor, lo que tú sientes se llama obsesión”, decía una de las canciones más recordadas de Aventura. La línea puede sonar exagerada, pero toca una pregunta que sigue vigente: ¿cómo saber cuándo lo que sentimos por alguien nace de un vínculo real y cuándo, en cambio, está alimentado por la fantasía, la incertidumbre y la necesidad de ser correspondidos?
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Ese límite es el que intenta nombrar la limerencia, un término que Psychology Today define como un estado de obsesión involuntaria hacia otra persona, marcado por la incertidumbre de si ese interés será correspondido. Además, suele incluir pensamientos intrusivos, idealización y un fuerte deseo de reciprocidad.
Para la psicóloga Sofía Velásquez Mesa, de la Universidad CES de Medellín, quien habló con El Espectador, la diferencia clave frente a un enamoramiento real está en el tipo de relación que se construye. “El enamoramiento real tiene presencia, mientras que la limerencia tiene más proyección”, explica.
En un vínculo real, añade, hay experiencias compartidas, cierta coherencia entre lo que la otra persona dice y hace, y elementos concretos que permiten verla como es. En la limerencia, en cambio, “hay mucha intensidad, pero muy poca experiencia compartida”, y la relación se sostiene más sobre una versión mental que sobre la persona real.
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No siempre se ama al otro, a veces se ama la idea
Uno de los riesgos de la limerencia es que puede confundirse con amor profundo precisamente porque se siente intensa. Pero sentir mucho no siempre significa conocer bien. Vogue España la describe como un estado de enamoramiento obsesivo atravesado por rumiación, dependencia emocional y ansia de reciprocidad, y advierte que la idealización puede llegar a pesar más que la relación concreta.
Eso es lo que Sofía Velásquez pone en palabras más sencillas: a veces no se está en relación con la persona que se tiene enfrente, sino con lo que esa persona representa. No con quién es, sino con lo que parece prometer.
Señales de que puede no ser amor, sino limerencia
La limerencia no convierte cualquier flechazo en un problema, pero sí tiene rasgos que ayudan a reconocerla. Psychology Today señala que suele haber pensamientos repetitivos y difíciles de controlar, idealización y una necesidad intensa de interpretar señales del otro.
Algunas pistas que pueden encender alertas son:
- pensar en esa persona de forma constante, incluso cuando se quiere dejar de hacerlo;
- releer mensajes o analizar gestos mínimos como si escondieran una prueba;
- pasar de la euforia a la angustia según haya o no una señal de interés;
- depender emocionalmente de una respuesta, un like o una atención;
- sostener más la ilusión de ser correspondido que el vínculo real.
Sofía Velásquez lo resume así: la diferencia está entre lo que puede llevarse a la realidad y lo que se mantiene, sobre todo, en la imaginación.
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¿Qué puede haber detrás de esa fijación?
La psicóloga advierte que la limerencia no aparece porque sí. Puede engancharse con necesidades emocionales profundas: “hambre de validación emocional”, necesidad de sentirse elegido, miedo a la soledad, dificultad para sostenerse internamente, herida de abandono o herida de rechazo.
También menciona la falta de amor propio, el bajo autoconocimiento y los pensamientos negativos como factores que pueden dejar a una persona más expuesta a refugiarse en una fantasía.
Ese punto cambia la lectura del problema. Ya no se trata solo de cuánto gusta alguien, sino de preguntarse qué lugar está ocupando esa persona en la vida emocional de quien la idealiza.
Las redes sociales pueden agrandar la fantasía
Ahí también entra un elemento muy actual: la vida digital. Para Sofía Velásquez, las redes sociales intensifican bastante la limerencia porque dan acceso permanente a fragmentos de la vida del otro, pero no a su totalidad. “Uno puede ver lo suficiente para alimentar una historia, pero no lo suficiente para aterrizarla”, explica.
La observación coincide con otra idea clave de Psychology Today: la incertidumbre no es un detalle menor, sino una de las condiciones que mantienen viva la limerencia. En otras palabras, cuando no hay claridad, la mente rellena los vacíos.
Por eso una historia, una foto, una reacción o una respuesta intermitente pueden hacer sentir cercanía sin que exista realmente un vínculo claro. Como advierte la psicóloga, la disponibilidad digital puede hacer que se le dé más valor a una ilusión de contacto que a la disponibilidad real, emocional.
Intensidad no es sinónimo de amor sano
Una de las confusiones más frecuentes es creer que, si algo se siente muy fuerte, debe ser verdadero. Pero Vogue España advierte que la intensidad de la limerencia no es prueba de compatibilidad ni garantía de una relación sana.
Psychology Today va en la misma línea al señalar que, en este estado, el centro no siempre es el bienestar del otro, sino la obsesión por saber si la otra persona corresponde o no.
Ahí aparece una diferencia de fondo: el amor puede ser intenso, sí, pero también necesita realidad. Necesita ver al otro sin pedestal, tolerar sus matices, construir algo compartido. La limerencia, en cambio, se alimenta mejor donde hay ambigüedad, distancia y espacio para fantasear.
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Ponerle nombre para entender lo que pasa
Nombrar la limerencia no resuelve automáticamente el malestar, pero sí puede ayudar a recuperar perspectiva. Psychology Today señala que reconocerla como tal puede ser un primer paso para salir del enredo entre amor, ansiedad e idealización.
Y tal vez ahí esté la pregunta más útil: no solo cuánto se siente, sino qué tan real es eso que se siente. Porque a veces no se ama tanto a una persona como a la historia que se ha construido sobre ella.
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