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Ser mamá o papá de un adolescente implica convivir con muchas preguntas abiertas y difíciles de contestar. El noviazgo es una de las etapas más complicadas de abordar, porque no importa la edad en la que surja el tema: la inquietud y el miedo siempre están ahí. ¿Cómo saber si es el momento adecuado para permitirlo y cómo acompañar sin prohibir ni soltar del todo?
Con la pubertad llegan cambios físicos y hormonales que también se ven reflejados en los vínculos. En esta etapa, que es la más común para que aparezca el interés romántico, muchas veces se confunde el amor con una mezcla entre ilusión, curiosidad y la necesidad de sentirse aceptado. Una emoción que resulta exteriorizándose y modificando comportamientos, al fin y al cabo.
Entonces, ¿sí existe una edad ideal para comenzar a tener novio o novia?
La realidad es que no hay una edad universal que rija esa experiencia. En esto influyen el contexto, la madurez emocional, la educación que se tenga respecto a lo sexo-afectivo desde casa y la forma en la que se conversa sobre los temas afines. Todo eso pesa tanto como la edad.
Aquí, los vínculos afectivos suelen estar ligados al descubrimiento de uno mismo, del otro y de emociones que aparecen por primera vez con mucha fuerza debido a su novedad. Para muchos adolescentes, tener novio o novia no implica realmente pensar en algo a futuro, sino probar cómo se siente estar con alguien, sentirse vistos y aprender a relacionarse.
No todos los jóvenes están listos al mismo tiempo. En la práctica, muchos de ellos comienzan a salir en grupo alrededor de los 12 o 13 años. Pero las citas a solas (es decir, románticas) suelen recomendarse más adelante, cuando hay mayor capacidad para tomar decisiones y entender sus consecuencias. Por ejemplo, entre los 14 y los 16 años, si lo hablamos en términos de experiencia y un poco más de autocontrol.
Para ser padres no existe un manual, pero que un adolescente tenga pareja siendo joven no tiene por qué tomarlos por sorpresa. Puede ser el momento para detenerse y pensar qué límites se quieren poner y qué mensajes se desean transmitir. Conversar sin dramatizar ni minimizar lo que sienten, hace que después sea más fácil hablar de temas más delicados.
Sobre el papel de los padres...
También hay que tener en cuenta que las primeras relaciones suelen vivirse con mucha intensidad. Cuando terminan —algo bastante común— el golpe puede ser fuerte, sobre todo si el adolescente todavía no tiene herramientas para manejar la frustración o la pérdida, aunque sea simbólica. Por eso es fácil que se normalicen actitudes como los celos, el control, la necesidad de saberlo todo del otro o acciones que se confunden con amor.
Para acompañarlos, entonces, vale la pena abrir el diálogo sobre temas que les importan; además de las emociones difíciles, la intimidad, el uso de redes sociales o la presión de un grupo por empezar la vida sexual o amorosa. Cuando la información o el llamado de atención llega con respeto, suele proteger más que las prohibiciones tajantes. Acompañar no significa desautorizar lo que viven, sino estar ahí para ayudarlos a entenderlo.
Recuerde que los adolescentes ven todo. Cómo los adultos se tratan entre sí, cómo manejan los problemas y cómo hablan de sus relaciones termina siendo, inevitablemente, una referencia. Cuando un hijo o hija se siente validado por quien es, con o sin novio, tiene más herramientas para elegir mejor y no quedarse en relaciones solo por presión social.
¿Qué otro consejo le daría a quienes son padres? ¿Qué cree que hubiera necesitado escuchar cuando era adolescente? Lo leemos en los comentarios.
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